domingo, 1 de mayo de 2022

    Prímulo Camino de invierno 

Puente de Barxa de Lor

       Antes del amanecer he abierto las ventanas de la habitación del albergue Cabo da Vila de Fisterra. Aquí he dormido como un niño la última noche del viaje. Tan profundo ha sido el sueño que me ha costado recuperar la conciencia de la realidad hasta que el aire fresco del Atlántico ha ventilado la reducida estancia y ha oreado mi conciencia, ahora sí, mecida en la calma de un logro. Me he asomado al alféizar para llenarme con el olor salino que sube desde los adoquines aún brillantes de la humedad de la madrugada para distinguir los sonidos de la vida en este enclave del que fue en la Antigüedad el fin del mundo conocido. Oigo unos pasos que se acercan por la estrecha acera de la rúa Coruña. Alguien ha saludado al vecino de enfrente que acaba de abrir el portal de su casa de piedra. ¡Bos días, Xuxo! No puede ser un mal día para cerrar la experiencia de haber primavereado por el Camino de invierno. Una aventura de siete días que tuvo larga incubación.

    A principios de enero compré una libreta de dibujo y apuntes para confirmarme a mí mismo que sería realidad unos meses después, hacer en bicicleta uno de los ocho itinerarios históricos  del Camino de Santiago, el conocido como Camino de invierno. El proyecto se materializaría en la primavera. Al final del mes me reuní con Alvil para fijar la fecha, las etapas, los recorridos, los perfiles orográficos de cada una, las posibilidades de alojamiento en cada localidad y las opciones de transporte hasta Ponferrada, tanto en la ida como en la vuelta. Dos días después resumí los contenidos de cada una según la documentación que me pasó el futuro compañero del viaje. Primero con una bici prestada de ruedas de 26 pulgadas hasta que para la tercera salida dispuse de otra de  ruedas de 29 pulgadas que fue importante para darme confianza en la potencialidad de la máquina y en mi capacidad de resistencia y de esfuerzo. Desde entonces comencé a familiarizarme con la bicicleta de montaña haciendo una ruta semanal por los senderos del Aljarafe y otros de la Campiña sevillana. A modo de ensayo general hicimos una etapa del Camino de la Vía de la plata, desde Sevilla a Guillena para hacer noche en Castilblanco de los Arroyo. Ese relato formará parte de otro texto.

    Cerramos las reservas de los alojamientos y la previsión de gastos en uno de los veladores  de la plaza de Los terceros de Sevilla en la mañana nublada y cálida del 18 de marzo a la espera de recoger las bicis, ya puestas a punto en el taller. A poco más de veinticuatro horas de la partida, me columpio en el cordel de la ilusión y de los breves vértigos, a la cobija de los carballos soñados y de la experiencia del  Camino francés,  larga caminata revivida en destellos para horadar los muros de los duelos en este Camino de invierno. Treinta años después, ahora en bicicleta, entonces a pie. La  mujer con la que lo compartí  también partió a su último viaje hace un tiempo.

    Dormí unas horas en casa del compañero de la ruta. Pretendíamos salir a las tres de la madrugada para estar antes del mediodía en la Estación internodal de Santiago. Fui agasajado con el calor hospitalario de la familia en una cena compartida con dos de sus hijas, sus parejas y el matrimonio anfitrión. Las viandas del menú no fueron adecuadas para mi delicado aparato digestivo, pero por deferencia a la atención recibida me obligué a no rechazarlo a sabiendas de que empezaría el viaje con malas consecuencias para mi tracto evacuatorio. Heces y aprensiones que no deberían importunarme más de lo preciso. A las 2:50 de la madrugada del domingo 20 de marzo, enfilábamos la autovía de la Ruta de la plata desde Tomares. Casi novecientos kilómetros con un solo conductor y con un acompañante poco acostumbrado a los largos trayectos en coche, en una vía por la que circulaban demasiados camiones para una noche festiva que escapaban así de la presión los piquetes de los convocantes de un paro del transporte propiciado desde una plataforma minoritaria contundente en sus coacciones. Tuvimos ocasión de participar de la tensión de uno de esos camioneros amenazados en la  larga noche. En un adelantamiento, uno de ellos aceleró sin sentido y por unos segundos nos sentimos en peligro, solo pisando el acelerador más allá de la velocidad permitida salimos del aprieto. Cuando se anunciaba el amanecer en el Valle de Ambroz, paramos en una gasolinera para entonar el cuerpo con una bebida caliente. En el no-lugar de paso, una pareja en la barra en atuendo deportivo y un vecino de la zona de aspecto descuidado cerraban el triángulo para ser servidos por un camarero somnoliento. Poco después asomaba un sol tímido sobre los llanos charros. Cambió la luz, cambió la transparencia del aire, volvía a las cabezadas descontroladas por la vigilia. En una lucha contra el sueño fuimos adentrándonos en la grandes llanuras de Castilla, en toda su extensión, en su evidente pobreza, en la expresión modesta de una cultura milenaria como la que supuso la segunda parada del viaje en la localidad natal de León Felipe, Tábara. Curiosamente sus apellidos, Camino y Galicia, serían un buen presagio si creyera en la causalidad de las casualidades. El paseo alrededor de la iglesia previsigótica fue un ungüento de alivio para los ojos irritados de la noche de conducción monótona. Y ¿cómo no recordar los versos más conocidos del olvidado poeta zamorano, muerto en el exilio como tantos otros creadores?

                             Yo no sé muchas cosas .es verdad.

                             Digo tan solo lo que he visto.

                             Y he visto:

                             que la cuna del hombre la mecen con cuentos,

                             que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,

                            que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,

                            que los huesos del hombre los entierran con cuentos,

                            y que el miedo del hombre...

                            ha engendrado todos los cuentos. (1)                            

    Al oeste quedaron las estribaciones de la Sierra de la Culebra y desde Tábara continuamos a La Puebla de Sanabria tras superar una larga recta que transcurre paralela al llamado Camino Sanabrés, uno de cuyos tramos compartiremos más adelante en el Camino de invierno. Accedimos a Galicia por el puerto de Padornelo. Una niebla leve se derramaba sobre la autovía de las Rías Baixas. A la salida del túnel, otro repostaje de combustible y un café espumoso para compensar el cansancio del desplazamiento y la pesadez de la inmovilidad en el habitáculo del coche. La trabajadora única del establecimiento cobra los repostajes, sirve los cafés y atiende todos los consumos con una actitud amable en su habla mixta de gallego y portugués. 

    Poco antes de la una llegamos a la estación internodal de Santiago. Las vivencias y los recuerdos emulsionaron en una bronca lucha interna. Me quedé en la entrada guardando las bicis y el equipaje mientras que Alvil conducía hasta el parking para dejar allí el coche hasta la vuelta. En ese mediodía, la niebla de la mañana había dado paso a una luz radiante que hacía más intenso la variedad de verdes, de las leiras a los bosquecillos de las lomas; que afilaba los perfiles de los tejados a dos aguas de los bloques tradicionales de los barrios de la periferia santiaguina, enlucía a su vez la diatriba entre el dolor por su ausencia y la resignación de imaginar el placer de sus sensaciones penúltimas antes de que el negro azar actuara, al atisbar ese mismo paisaje desde la canastilla de un globo un Día del libro. Una vez más, la respuesta fisiológica condicionada por la vivencia inmediata requirió con urgencia de un servicio para soslayar la íntima derrota. 

    A las tres montamos en el bus con destino a Ponferrada que no va directamente a la capital del Bierzo, no. Su primer destino es Coruña, una visita a la ciudad en la que él creció con la que no había contado. La estación de autobuses no queda lejos del tanatorio donde fue velado. En los descuidados andenes esperan numerosos viajeros también desastrados. El cielo intensificó su gris de tristeza, los altos edificios anodinos de la zona se erigían adocenados en el mal gusto. El malestar por la falta de sueño y las horas de inmovilización en el asiento del bus agravaron el desequilibrio de la percepción en presente del viaje. De Coruña a Lugo y subida a su estación de autobuses, de muretes desconchados y andenes repletos de pasajeros de la Galicia más pobre.    

    Por íntima desesperación escribí en el bloc de notas del teléfono estos haikus:

 

Vuelvo a Santiago

desde el sur, ya sin llanto.

Bruma en el aire.

 

Cerco el tanatorio

donde fuiste velado.

Mar huido.

 

Océano escondido

tras galerías

de altos edificios.

 

Tú no estás,

la ciudad es otra.

Maromas sin noray.

 

      Al fin superamos el puerto de Piedrafita del Cebrero, agobiado por la transmisión radiofónica del fútbol de la tarde dominical en la cadena de los obispos, cuyos cronistas cantan los goles y los eslóganes publicitarios con desafinados gritos. Con ellos, el conductor castigó a los sufridos viajeros a lo largo del cansino trayecto. Aún tuvimos que esperar  diez minutos de parada de regulación horaria en Villafranca  a escasos kilómetros de Ponferrada. 

     La capital berciana parecía desierta en la zona baja. Solo cuando accedimos al casco histórico, en la parte alta, algunos paseantes de domingo y unos pocos grupos de turistas de la región en las exiguas terrazas animaban el frío atardecer ponferradino. Compartí con el compañero del viaje la última vez que estuve en la ciudad como peregrino del Camino francés, aún en la treintena, cuando  « la obligatoriedad del estricto horario del albergue nos hizo desdeñar la posada gratuita para acampar al pie de las murallas del castillo templario. Aún se veían pintadas como “Puta León, Bierzo libre”. A más de cincuenta metros sobre el cauce del Sil establecimos la tienda. Cuentan algunos estudiosos que bajo el torreón del castillo del Temple se esconden tesoros y griales. Las leyendas crecen según te acercas a Galicia, el gusto por los cuentos emana de sus tierras brumosas. Este caminante sufrió en sus carnes el acoso de los caballeros de la Orden, fue atacado por todos los flancos con agrias lanzadas y feroces puñaladas de templarios transmutados en chinches picajosas. Los infames bichejos, como cruzados crueles, dispusieron todas sus huestes al ataque y consiguieron que la vigilia de la noche se hiciera interminable. Ansioso del alba para superar la paliza picajosa, amanecí con el cuerpo cubierto de pupas de las que tardaría días en reponerme. Aquellos verdugones violetas que estigmatizaban la piel requirieron dosis masivas de antihistamínicos, baños de agua caliente y todo un día encerrado en la habitación de un hotel digno. Aún así no fue del todo suficiente. Chinches del Temple, vengativas almas transmutadas desde el fondo de los siglos que dejaron en mí un doloso testimonio de su afán de mal». (2) Vas por el mismo camino pero eres otro. Amalgamas lo que fuiste con quien ahora eres. No te reconoces, solo el hilo de la memoria te da continuidad en la conciencia de ti mismo. 

     Para cerrar la larga jornada de sur a norte, de norte a noroeste y de nuevo al sur, después de haber circulado por la autovía de la Ruta de la plata, por la de Las Rías Baixas, por la del Atlántico y por la del Noroeste, de haber cruzado cuatro comunidades autónomas, con paso de ida y de vuelta por León, nos sumamos a la expectante afición local al derbi por excelencia de la liga futbolística en el bar La tertulia, que más que favorecer la plática, favorecía con sus dos pantallas gigantes enfrentadas  la presencia masiva de los vecinos dispuestos a apurar más de una copa de tinto de la tierra llevados por la seducción del balompié. Hasta tres llegamos a degustar por nuestra parte para justificar nuestra presencia en el previsible coro de loas, críticas y frustraciones por la llegada de la pelota a la red ¡Goool! Gritan unos, silencios de disgusto y gestos de aparente enfado en los otros. Me asombra la capacidad de seducción del juego, las vibrantes emociones  que pueden generar este juego de territorios y la fidelidad a unos colores que permanece más allá de la espectacularización del mismo y del capital que moviliza. 

     Desayuné muy temprano a solas en el bar del hostal San Miguel, mientras el propietario repasaba la contabilidad en un libro de cuentas tradicional con su Debe y su Haber. Me preparaba para  el reto que tenía por delante. Empezaríamos realmente la pedalada. A la salida de Ponferrada, una indicación mal interpretada nos hizo volver a las murallas del castillo templario por una callejuela  empinada que me obligó a echar pie a tierra por primera vez. Mal presagio para la primera jornada que empezaba con una subida suave por la falda del monte Pajariel bordeando el río Sil,  mientras que la ciudad de tejados grises quedaba a nuestra derecha. En la primera media hora de pedaleo, el compañero pinchó. Giramos a rueda para que actuase la grasa antipinchazo sin resultado. Pronto tuvimos que cambiar la cámara, la jornada no acababa de fluir. El ascenso por las estribaciones del Pico Pajariel obliga al esfuerzo constante. De nuevo vuelvo a tener que arrastrar la máquina que parece duplicar su peso para superar los desniveles. En el corazón de la comarca berciana atravesamos  pueblos silenciosos, pasamos bajo  los voladizos de sus balcones apolillados de dejadez y de abandono hasta llegar a Priaranza del Bierzo con intención de emprender la subida al Castillo de Cornatel pero un error de orientación nos llevó a la ruta de las impresionantes Barrancas de Santalla, unos erosionados farallones arcillosos que se levantan majestuosos en su tonos rojizos sobre el valle del Sil. A sus pies se extienden extensos bosques de chopos aún desnudos de invierno en este día primero de la primavera. El desvío nos obligará a dar un largo rodeo en torno a la cumbre del castillo de Cornatel que a pesar de las expectativas originadas por los comentarios de Alvil sobre el interés del paraje no llegaré a apreciar. En los avatares de la ruta vas conociendo al compañero, su capacidad física y su resistencia mental, su apoyo cuando desfalleces y también su autoexigencia y su excesivo enfado consigo mismo cuando se equivoca en algo tan banal como no percatarse de un mojón del Camino que nos obligó a hacer algunos kilómetros de más. Tras varias dudas y esforzadas subidas, conseguimos desembocar a la ruta  por carretera hacia Borrenes.  Una aldea más en franca decadencia, en la que intentamos ayudar a Socorro, una mujer de noventa y seis años que nos pidió agobiada que le abriésemos el portón de una habitación al borde de la calle en la que guardaba los comestibles porque llevaba dos días con la llave en la mano sin conseguirlo. Tampoco nosotros lo logramos. La pobre señora, con unos pocos dientes oscurecidos, más de un pelo recio en la barbilla y una mirada ida, desprendía un fuerte olor a mugre, con una falda grasienta sobre unos pantalones sucios, expresaba con palabras desabridas su desesperación y su rencor contra un mundo incomprensible. Al poco apareció Luisa, una vecina algo más joven y de mejor presencia con la que entró en discusión sobre los hijos que vivían en Ponferrada, sobre el porqué se la habían llevado del pueblo contra su voluntad y contra su opinión la habían devuelto, sobre la actitud de una nieta que “era un caballo”, sobre nuestra imposibilidad para socorrerla…Y uno se deja envolver en el problema de tantos mayores sin cuidados, en las condiciones de una sociedad en la que los viejos estorban y los llevamos a morideros o les damos de lado. En el futuro que me resta como viejo pronto. Una ligera llovizna arrinconó por unos instantes mis preguntas. 

    El esfuerzo en el primer tramo de la subida hasta Las médulas, ese paisaje de alucinantes pilares de  tierra rojiza, erigidos como fantásticas estalagmitas,  restos de la montaña horada hace dos mil años por los maestros de obra romanos al frente de miles de esclavos para conseguir la mayor mina a cielo abierto de extracción de oro, declarado Patrimonio de la Humanidad, casi me llevó al desfallecimiento. Los últimos tres kilómetros hasta el enclave, ya por el arcén de la carretera, fueron una dura prueba de resistencia. Llegué exhausto, necesitado de glucosa que busqué compensar  con avidez con un té caliente  y una magdalena. Por el desgaste sufrido, renuncié a subir un tramo más hasta el alto de Las Predices, que según todas las guías ofrece la mejor de las vistas. Renuncias para evitar otra crisis. Solo el descenso de cinco km por el valle del Valdebría hasta Puente de Domingo Flórez, lugar de paso entre León y Galicia, por una pista de tierra que serpentea por laderas aromadas de pinos silvestres y pinos negros, te compensa en tus vacilaciones. Te dejas mecer en la bajada entre verdes y juegos de luces. En el comedor del hostal San Miguel saldamos el almuerzo apurando el primer menú de la ruta por doce euros. La cocina popular berciana, marcada por el cerdo en casi todos los platos, condicionaría de nuevo mi bienestar  digestivo para liberar urgencias en la continuación del pedaleo hasta Sobradelo, la meta del día, subiendo por la margen derecha del río Sil en paralelo a la vía del tren. Ya en la comarca de Valdeorras, en tierra gallega, quedan a nuestra izquierda  las canteras de pizarra de las que el país es el primer exportador mundial. Contrastan los tonos grises de estas explotaciones a cielo abierto con sus altos montículos de restos a los que aún no se han encontrado soluciones de reutilización con los intensos verdes de los bosques de la Sierra del Eje. Para entrar a esta localidad que no llega a los seiscientos habitantes pasamos frente al cementerio situado en la parte más alta como es habitual en esta tierra definida por el culto que rinde a los muertos. Olvidables las pésimas condiciones higiénicas de las destartaladas estancias en las que nos alojamos en el único albergue del pueblo,  solo mitigadas por la amabilidad y la atención en el trato que recibimos del propietario de luengas barbas, gorra permanente y pasos bamboleantes en ajadas  babuchas de fieltro más que usadas. El miembro activo de Los amigos del Camino de invierno nos preparó con cariño unos filetes de pollo a la plancha y una rica ensalada para la cena que, regada con una jarra de áspero tinto de Mencía y dos chupitos de licor de hierbas o de licor café, alivió el cansancio y ayudó a superar la repulsión hacia la suciedad del dormitorio. Incluso a la mañana siguiente cumpliríamos con el rito de una fotografía para endosar su nómina de peregrinos. Bicigrinos, según nos había definido a nuestra llegada uno de los dos caminantes que también hicieron noche en el sucio albergue. Un tipo habitual entre el variopinto peregrinaje, exultante al final de la jornada, estrafalario en su chándal amarillo con el escudo de la Orden de Santiago, personaje locuaz y fanfarrón, caldeado con el cumplimiento de la etapa y con algún trago largo que se extendió más de lo necesario en el relato de sus proezas del día. Antes de la partida, después de nuestro posado para la asociación de Los amigos, el peregrino del chándal amarillo apareció con la cara desencajada y con aire compungido,  preguntó al hospedero por el centro de salud para ser atendido de una urgencia estomacal. Su compañero en el peregrinar había salido una hora antes. 

     En Sobradelo empezamos la rutina de la ruta, la llegada a la meta del día, la instalación en la habitación, la organización de las alforjas, el paseo por la zona, la programación mínima del día siguiente, la cena y el imprescindible retiro temprano cada cual a sus vivencias. Frente al monumental puente sobre el Sil insistió mi amigo en que nos hiciéramos un selfi a lo que accedí a pesar de mi rechazo a esta iconolatría narcisista. El puente, del que no tenía entonces información, me llamó la atención por la factura de arquitectura industrial y sus siete arcos de piedra roja. Después recopilaré información en la red en la que se afirma que “… en la Guerra de la Independencia contra los franceses, el abad de Casaio, Juan Ramón Quiroga, al frente del ejército de voluntarios de Valdeorras, mandó derribar el arco principal para evitar el paso de las tropas enemigas al otro lado del Sil. Se había construido entre los siglos XVI y XVII, tras ese incidente, tardó bastante tiempo en repararse, pero finalmente se hizo a finales del siglo XIX”. Asimismo, me llamó la atención la curiosa arquitectura racionalista de la iglesia de Santa María de Sobradelo, levantada sobre una antigua planta térmica y que según se expone en una placa informativa fue erigida con la subvención del Estado alemán de 1943 para la atención espiritual de los técnicos germanos desplazados allí durante la Segunda Guerra Mundial para la obtención de wolframio necesario para la industria armamentística por lo que según se cuenta el núcleo de población fue conocido como “ciudad de los alemanes.” La información no me convence, dudo de  la veracidad y la objetividad de la Historia y de las historias que nos conforman. Con posterioridad he leído que la Xunta subvencionó su reforma recientemente y que se  pretende incluirla como referencia para el peregrinaje. Al fin y al cabo, los caminos siempre son resultado de crisoles de culturas y tiempos sobrepuestos sobre el mismo itinerario, sobre espacios enriquecidos por diferentes creencias y percepciones del mundo ¿Por qué nos atraen tanto recorrer los caminos anteriores a la sociedad industrial, sea el Camino de Santiago o  cualquier otro que no coincida con su sistema de comunicación? ¿Por qué gusta seguir los trazados sobre el relieve que fueron surcados a pie, a lomos de animales o en carro? Caminos difíciles para el transporte de mercancías y para los desplazamientos rápidos. Para el transporte de turistas se impone el antiecológico transporte aéreo, para el transporte de la energía la contaminante navegación de los grandes petroleros, de los gaseros, de los contenedores para los productos de consumo masivo y sin embargo, cada vez resultan más sugerentes los desplazamientos lúdicos por los antiguos caminos. Quizá los centenares de miles de años de nomadismo como especie y los cinco mil años de civilización agrícola nos resultan muy cercanos y aún permanecen en el ADN del homo sapiens frente a los escasos tres siglos de civilización industrial. Quizás aún recordemos tantos pasos y tantas búsquedas bajo la oscuridad de los bosques, tantas búsquedas titubeantes por los accidentes del terreno sometidos al terror a lo desconocido, a la proyección del propio miedo a la muerte y avivemos en el subconsciente el culto a los dioses paganos a los que reservábamos lugares inaccesibles y cuevas oscuras. Restos del politeísmo de las primeras religiones con sus entidades protectoras de la naturaleza y sus dioses malignos frente a los monoteísmos indiferentes al medio natural o claramente utilitaristas: “…y llenad la tierra y sometedla; dominad en los peces del mar, en las aves del cielo y en todo animal que serpea sobre la tierra...” escribió alguien en nombre del Dios único. Porque buscamos encontrar  raíces y conexiones con la realidad física, con el terreno, con el aire libre, con los sonidos de los vientos y con los silencios de los páramos en un anhelo de un tiempo ajeno a la virtualidad del presente.

     Salimos de Sobradelo, subiendo por la rúa Real  por el segundo puente de origen medieval de un solo arco sobre el río Casaio, bajo una ligera llovizna que ni siquiera impedía la visión del valle que se nos ofrecía desde la carreta OU-981 de cómodo asfalto hasta O Barco de Valdeorras.  A la salida de Villamartín, antes de tomar un cruce para A Rúa, una conductora bajó del utilitario para una pregunta obvia ¿sois peregrinos?  Sonia R. se presentó como periodista y nos pidió permiso para hacernos una foto, accedimos por cortesía y después nos pidió hacernos una entrevista. Trabajaba para un medio local de la comarca de Valdeorras: Somos comarca. Se comprometió a mandarnos el enlace una vez que la hubiera editado y le dejé mi número de teléfono. Cuando pasaban los días sin recibirlo, le comentaba al compañero que no lo haría  como era propio del ser periodista. Pero me equivoqué. El último día, ya en Fisterra, recibimos el enlace, el texto escrito y la interviú grabada. Siempre se aprende a rectificar y a pensar mejor de los demás. Más allá del relativo interés de nuestras respuestas a sus preguntas improvisadas sobre la marcha, las preguntas de una profesional de la comunicación que aprovecha cualquier ocasión para la crónica del día a día, transcribo su respuesta a mi agradecimiento por haber cumplido y a mi deseo de que su medio siguiera creciendo porque “Las personas son las que nos hacen crecer y las que son como vosotros nos hacen grandes. Gracias”. 

     En el centro de la comarca, ya en A Rúa paramos para el desayuno. Frente al rico café con la cremosa leche gallega y al aceite de oliva, opté por la seguridad del té verde y de la no menos rica mantequilla para evitar nuevas alteraciones fisiológicas como así fue desde entonces. Pequeñas renuncias para obtener otros beneficios más duraderos. Desde la desviación de A Rúa hasta la aldea de Albaredos en el municipio de Quiroga. En la tercera jornada, superé con ritmos acompasados en series la subida de más de siete km. A partir de ese puerto volvieron a flaquearme las fuerzas pero el cuerpo va adquiriendo una capacidad de sacrificio y empieza a dar señales de resistencia de las que me creía incapaz. Bordeamos las laderas de la Sierra del Caudel hasta ver en el fondo del valle el cauce ya ensanchado del Sil, que por algo seguimos La Ribeira Sacra, la siguiente denominación de origen, la nueva comarca al paso. El nuevo paisaje me ayuda a superar la primera crisis de la mañana. A las doce y media cruzamos la primera aldeíta de la provincia de Lugo, Albaredos, silenciosa y desierta. En el horizonte los primeros viñedos en bancales. A la salida, en el lavadero público hicimos una parada breve de recuperación y solaz acompañados por el runrún de la fuente sobre el pilón bajo la estricta vigilancia de una diosa desconocida de inspiración hindú tallada en el tronco de un carvallo. El descenso, largo y con una pronunciada pendiente exigía atención y cuidado; después llegaría la nueva subida y la primera bajada para  retomar oxígeno hasta un nuevo descanso en un antiguo molino de aceite o muiño poco antes de Bendilló. Picamos unos frutos secos sentados en una de las piedras de amolar dando la espalda a un reducido monolito dedicado al industrial local que promovió su aceite, de un alto porcentaje de acidez y extracción sobre balsa de agua. La planta rectangular de una ermita en ruinas flanqueó el momento. Mas los pistachos no fueron suficientes para recuperar fuerzas y en el peralte siguiente volví a gustar del paseo con la bici a rastras hasta normalizar la respiración y conseguir aliento para continuar en el pedaleo. En la siguiente bajada hasta Soldón sufrí la primera caída de la ruta. Atenazado por el miedo, no conseguí mantener la rueda trasera enfilada al superar una zanja en las lascas y salté a besar el lado derecho de las pizarras sin más consecuencias. Desde Soldón un obligado tramo de bajada cómoda por carretera y un arcén ancho y seguro fue un regalito de la etapa hasta la meta del día: Quiroga.  El rico almuerzo en Casa Aroza, local de comida casera, abundante, de sabores tradicionales y un trato excelente por parte de la camarera, así como contar con un más que digno hospedaje por uno de los precios más módicos en el hostal Quíper de esta ciudad pequeña y cohesionada de Lugo, me hizo olvidar las duras condiciones de la pitanza y del alojamiento del día anterior. Alternancias de bienestares y displaceres del esfuerzo diario.  

    Si en El Bierzo, el carácter áspero de los leoneses es una seña de identidad más allá del tópico, como compruebas en las respuestas recibidas cuando hemos preguntado por alguna dirección o alguna bifurcación dudosa, en Galicia, cuando preguntas a cualquier paisano por la dirección adecuada si te has desviado del camino, este te va a ofrecer siempre una primera posible y otra también “porque puedes llegar tomando esa rotonda y después la segunda salida, o bien sigues hacia adelante y despides el puente a la izquierda o mejor antes os desviáis por la derecha…” Tú pones cara de estar comprendiendo el mensaje y la información que con la mejor voluntad te ofrecen pero no has entendido nada. Le das las gracias y procuras  organizar las múltiples opciones, entre ellas la de guiarte por la intuición, la de recurrir a un nuevo informante o la de volver al punto de la duda. A los gallegos mayores de las numerosas aldeas les gusta contar historias, fabulan incluso para informar de un recorrido, se sienten portadores de un conocimiento único respecto a su medio cercano en este tiempo de globalización de datos, de dependencia del GPS y de redes. En otra ocasión, un septuagenario del rural, de inequívoco aspecto celta que trabajaba su sembrado, nos precisó que el pueblo por el que preguntábamos estaba por carretera a mil ochocientos metros aproximadamente y que si cogíamos por el camino a dos mil cien metros, que él lo tenía comprobado. Magnificencia en la exactitud de la medida. Otro de los placeres de la ruta, el gusto por el valor de la palabra viva nacida de la inmediatez física con los otros.

    Aunque en ese día será Galicia la única comunidad autónoma en la que no llueva mientras que en el resto del país las lluvias abundarán, salimos de Quiroga con el piso mojado por una ligera llovizna caída antes del amanecer como pude ver desde el ventanal de la habitación del hostal en mi despertar temprano. La subida al pinar de Nocedo es larga y dura, su prolongada pendiente se hace aun más áspera porque una parte de estos pinares han ardido hace poco. El olor a madera quemada batalla en la pituitaria con el aroma de los nuevos pinos de repoblación. Los pulmones se quejan por falta de aire, cada célula requiere más oxígeno, se imponen paradas breves para recuperar el tono y el aliento. Un motivo cualquiera ayuda a la recuperación. Alvil me espera poco antes del final del puerto cuando mi agotamiento es evidente. Durante unos minutos observamos en silencio la labor de tala de troncos y despojamiento de ramas que realiza el brazo mecánico de una máquina de oruga, manejada con soltura por un solo hombre. 

Ermita de Los Remedios
    “Que el camino nos sea útil a todos en el esplendor de la naturaleza, aunque quemada, que resurge en cada estación, como resurge la paz en el corazón de los peregrinos afanados en sus búsquedas”. Nota del momento en el cuaderno de dedicatorias que dejan los peregrinos en el alféizar de la entrada a la pequeña Capela dos Remedios, modesta ermita, ejemplo de la religiosidad popular, de planta rectangular y tejado de pizarra a cuatro aguas que ni siquiera cuenta con espadaña, levantada en el alto de una loma en la que se amontonan los troncos quemados, a la que había llegado  con el ánimo avivado por la superación de otro escollo. La bajada serpenteante por el valle del Lor añadió optimismo al pedalear hasta Carballo de Lor y su enclave hermano sobre el río, Barxa de Lor. En Barxa volvimos a hacer un descanso que aproveché para hacer un apunte a lápiz del lugar. Uno de los  más acogedores en la riqueza de su cromatismo, en la conjunción del puente medieval sobre el río con sus dos molinos, sus manchas de olmos y fresnos. Una estampa del poblamiento disperso en esta bendita tierra de montes antiguos y valles encajonados. Ásperas pendientes, algunas que pueden rozar un desnivel del 30%, bajadas y subidas, impensables senderos y caminos  escondidos que llevan a recónditas aldeas, casas erigidas en lugares imposibles y reducidos porches abiertos al vértigo. Me dejo llevar en el placer de los trazados curvos, por continuar en los rodeos en espiral para superar cualquier collado, en la ascensión y en el descenso. Frente a la línea recta de la civilización industrial, el gusto posmoderno por la vuelta a lo sinuoso de la realidad… 

    A la una de la tarde entramos en Monforte, la segunda ciudad de la provincia lucense cercana a los veinte mil habitantes. Atrás quedaba el largo vadeo por la ribera del Saa con corredoiras inundadas entre bosques de abedules y de pinos. En la memoria inmediata los líquenes y las yedras vistiendo los troncos, los olores de la hojarasca en descomposición, el efluvio del humus regenerador del estiércol del vacuno, los ladridos de los perros encadenados a sus funciones de alarma, los troncos de las cepas a la espera del injerto. Cuando aparcábamos las bicis  ante la puerta de la Pensión Miño, un hombre de mediana edad con chaleco amarillo de la policía local, bajó con diligencia de un coche particular y se dirigió a nosotros preguntándonos con contundencia si éramos peregrinos. Con expresión aturrullada, en un gallego “muy de Lujo” nos conminó sin más a que fuésemos a la comisaría que estaba al final de la calle para conseguir el sello nuevo con una concha de la Policía. Respiramos aliviados, habíamos creído que venía a amonestarnos por algún motivo o por haber tomado una calle a contramano. En la tarde nos dirigimos a la comisaría indicada por el supuesto agente del orden para que nos sellaran la credencial compostelana. El uniformado de puerta se extrañó de nuestra intención y contuvo una sonrisa al oír la conminación del supuesto compañero. Nos hizo pasar a  una dependencia en la que un policía de paisano nos pidió el DNI y nos selló la dichosa hoja con indiferencia. Un sello común del C.N.P. sin más florituras. A esa hora, el presunto agente del orden seguiría riéndose de la ingenuidad de los dos ciclistas sexagenarios. 

   Dedicamos el resto del día a conocer la ciudad del Colegio de Nuestra Señora de la Antigua, conocido como el Escorial gallego, enorme edificio de planta herreriana levantado por los jesuitas y hoy regido por los escolapios. La fachada principal se abre a una gran explanada, plaza de Campo de la Compañía en la que los críos jugaban a la pelota y las mamás y las abuelas pasaban las horas al inesperado solecito de marzo. En los bancos del parque cercano al río Cabe y en el entorno del Puente Romano, que a pesar de su pomposa denominación fue construido en el siglo XVII, se palpaba cierto ambiente de ciudadanía  viva. Subimos después a pie hasta la mal llamada acrópolis monfortina por las callejuelas surgidas en torno a la antigua muralla para acercarnos hasta la torre del homenaje del castillo, la parte mejor conservada de la fortaleza que fue saqueada por las tropas napoleónicas. Se conservan en buen estado tanto el palacio de los Lemos, los señores que dominaron durante siglos la villa y el monasterio de San Vicente de los pinos, reconvertido en parador de turismo. Un ejemplo más de una restauración adecuada del patrimonio artístico pero en la que no se tiene en cuenta las necesidades de integración en la vida del municipio y de sus habitantes. De todos modos, la caminata merece la pena porque se aprecian unas vistas inmejorables de todo el valle del Cabe. Antes de salir para la frugal cena, tomo las notas del día en la mesita camilla de la habitación que me ha tocado en la pensión de doña Elpidia. Un paño de crochet cubre la enagua del reducido escritorio, una tulipa de botella acoge la bombilla de vela de la lámpara sobre el cabecero de brocado, en el espejo del baño un grabado a fuego modernista decora el ángulo izquierdo, el rollo de papel higiénico de repuesto cuelga de otro paño con calado hecho a mano, las puertas del armario lucen varias capas de barniz lustroso…una hostería modesta y digna propia de un tiempo de viajantes de comercio y de funcionarios de paso hacia plazas más prometedoras. En esta habitación, después de una noche de sueños inquietantes, tuve que desayunar en la mañana siguiente una triste manzana y unos frutos secos ante la imposibilidad de que el bar más cercano abriese a las siete y media aunque  intenté negociarlo con el camarero la noche anterior sin conseguirlo. 

     Diez horas después, pasadas las seis y cuarto de la tarde llegamos a Rodeiro. Setenta km de subidas y bajadas, de pasos por antiguas calzadas, de  arrastres de la bici y de las alforjas, de  caídas y de experiencias reconfortantes en la templanza del esfuerzo. El paso del ecuador del tiempo previsto fue una de las jornadas más extenuantes. Habíamos salido de Monforte cruzando a pie el Puente romano también conocido como Puente viejo por ser de un solo sentido. Tras dejar atrás A vide continuamos por un camino de lodos paralelo a un canal en el que fui al suelo al cruzar una zona inundada. La patinada me dejó dolorida la rodilla izquierda por el impacto contra una piedra, sin más daño que el del enfado con mi propia torpeza. No sería la última del día. Subimos sin demasiada dificultad hasta el alto de Moreda y en la fuente de Piñeiro, pude renovar el agua de la botella comprada en Monforte. Necesito agua y más agua cada vez para frenar la deshidratación en el esfuerzo. Aún es posible degustar el agua potable de las fuentes y de los manantiales en esta tierra de humedades  y verdes. Después de  hijuelas enfangadas bajo bosques de robles y de castaños continuamos hasta Diomondi en un tramo de rodada fluida por pistas de grava y de asfalto desgastado. Parada inexcusable para admirar su iglesia de estilo románico santiaguino y considerar los errores de la restauración de las archivoltas de la portada con materiales nuevos. En dos días inaugurarían un albergue ubicado en el edificio parroquial anejo al templo, según nos informó un paisano que contribuyó con su comentario a que Alvil decidiera continuar la bajada por la antigua calzada romana conocida por Codos de Belesar hacia el valle del mismo nombre surcado por el Miño.   Alá baixan os rapaces pero vostedes sodes patrós ̶  había sentenciado el paisano. Y como si fuésemos jóvenes incautos, por allí bajamos descartando la opción de la carretera. Una larga bajada no ciclable, es decir de imprescindible frenado constante por el desnivel  con una pendiente vertical a la derecha que hacía difícil contener el peso de la máquina, ni siquiera a pie. Un resbalón precipitado, una raspadura seca en los gemelos de la pierna izquierda para desembocar en crisis abierta, sin fuerzas y desfondado en el pueblo de Belesar. Una manzana y más nueces en otra parada imprescindible. Noté en mi compañero la duda sobre mi capacidad  la continuidad en la ruta. Yo mismo llegué a plantearme el abandono. Pero la luz espléndida se desparramaba generosa sobre los bancales de viñedos en un mediodía esplendoroso con una temperatura impropia de esta tierra y en esta fecha. Así lo había comentado un poco antes una señora desde la ventana de su casa sin enfoscar en la aldea de Galegos, esto es el cambio climático que dicen…Y decidimos continuar en la ascensión de cinco km hasta San Pedro de Líncora, con pausas en la respiración y series en el pedaleo, haciendo de  cada herradura del camino un escalón más de superación, parando casi al final del monte para refrescarme en una fuente de un recodo, aligerarme del maillot y empaparme de agua el pañuelo. Continuar, seguir, mantener el tipo hasta Chantada y disfrutar de un condumio breve con un par de cañas de Estrella, unas exquisitas tapas de tortilla de patatas y otra de queso del país  servidas por Rosa, que además hacía sonar a Mahalia Jackson en su local sin estridencias. Animados y optimistas, dejamos pronto atrás los soportales y las casonas de la villa. Una suave espuela para abordar la parte más dura que aún restaba de la jornada: la subida hasta la Ermita do Faro, el lugar desde el que se pueden ver las cuatro provincias gallegas. En el estribo de la subida, poco antes de la empinada cuesta, en Penasillás, un pueblito de unas pocas viviendas, paramos junto a su peto de ánimas. Uno más de los monumentos  populares en memoria de los idos que van más allá de la intención recaudatoria y de la propagación de los dogmas de la Contrarreforma. Fueron  erigidos a partir del siglo XVI en estas tierras que cimentan el permanente culto a los difuntos, tan presentes, tan suyos, tan nuestros. Postes de granito con remate triangular o en arco semicircular como en  este caso, coronados por una cruz y una  hornacina en la que se esculpían en bajo relieve las almas penantes del ardiente Purgatorio asomadas a una hendidura en el peto o bolsón en el que depositar las limosnas para conseguir su ascenso al Cielo y de paso colaborar con el mantenimiento del clero. No conseguimos que nos abrieran el albergue-bar O peto, situado frente al limosnero de piedra, aunque se oían voces en su interior. Nos hubiera venido bien para tomar una cola que aportara azúcar al previsible desgaste que nos esperaba, una necesidad de glucosa que sufriría irremediablemente minutos más adelante cuando el desnivel que llega a un 15 %, me haga perder el resuello tirando de la máquina y de mi desesperación para superar la Dorsal Gallega y pasar del último concello de Lugo al primero de Pontevedra, Rodeiro, meta del día con alojamiento reservado en el hostal y albergue Carpinteiras. Hacia la mitad de la subida, a partir del monolito de homenaje al poeta Uxio Novoneyra, una carreterilla asfaltada para la ubicación de un campo de aerogeneradores  fue un acicate para conseguir un ritmo adecuado en el pedaleo y acompasarlo con la respiración en series, mecanismos de resistencia y aprendizaje imprescindible para coronar una bifurcación y una decisión:   subir hasta la Ermita do Faro o iniciar la bajada hasta Rodeiro. Mi capacidad de resistencia ya no daba para más y con resignación asumida esperé al borde de un bosque de pinos, mientras Alvil hacía la subida y la vuelta para cumplir su objetivo de llegar hasta la capilla. En poco más de veinte minutos la temperatura había bajado ostensiblemente. A partir del cruce de la renuncia, con la aquiescencia del compañero, opté por la bajada por la carretera para no acabar agotado sin remedio. En el descanso de la  tarde camboteña decidimos reducir el tiempo de la ruta y alargar la próxima pedalada hasta Ponte Ulla con la intención de cerrar la penúltima en Negreira e intentar llegar a Finisterre con un día de antelación. A pesar de la extenuación, te superas y te arriesgas porque estás imbuido en la constancia del esfuerzo. En la remembranza de la jornada retuve con gusto el regalo de Diana en la primera hora de la mañana, la belleza de los saltos armónicos de una cría de corzo en un pradiño antes de llegar al Pazo de Reguengo cuando la bruma aún no había levantado. Una etapa cerrada con una copiosa cena en el único establecimiento abierto en el municipio, el pub-cervecería-cafetería Quirós poco antes de que cayese del todo la noche en sus calles solitarias con algunas farolas de luces tímidas.

    Será el día más suave en el esfuerzo, que empiezas a sobrellevar con más técnica y más equilibrio en el riesgo. Habíamos salido de Rodeiro con un leve nublado y una temperatura agradable. El compañero había reparado antes su segundo pinchazo a las puertas del hostal. Solo una cámara de repuesto para cuatro ruedas. Tendríamos suerte y no nos hizo falta. La estadística del incidente ya estaba cumplida. Pronto llegamos a Lalín para el desayuno en esta capital de la comarca de Deza, en la que nos comprometimos en el reto de no dormir en Silleda, precisamente en su día feriado y pedalear hasta Ponte Ulla. Continuamos la mayor parte del recorrido por la carretera nacional, pues a veces el Camino te lleva en un breve bucle y te devuelve al asfalto. No merece la pena entrar en un peralte, meter riñones y volver al mismo arcén con unos centenares de metros añadidos sin más objeto. Sí nos adentramos en un denso bosque de abedules para continuar la linde de una soberbia casa de recreo, de las pocas edificaciones civiles de estilo barroco gallego. Para ir buscando la bajada al valle del Ulla, hollamos una antigua calzada inundada casi en continua corredoira en la que tuvimos que echar pie a lodos. El compañero sufrió su primera caída y quedó con la muñeca dañada para el resto de la ruta. A partir de Bandeira entramos de nuevo en el Camino, quizás en su orografía más suave a pesar de las frecuentes “cuestecitas” ¿Ayudarán los diminutivos a coger fuerzas? Aquella mañana, la  naturaleza domeñada con cuidado por el minifundismo del pasado nos ofreció su cara más alegre, el optimismo del trabajo hecho con amor por la tierra. Pasamos por senderos limpios de maleza; esperamos unos minutos para que desde un tractor del servicio público  se desbrozara la hierba de los márgenes con cuidado para no dañar a los árboles jóvenes. Poco más allá otro trabajador conduce una aplanadora del piso. En un amplio prado pastan vacas lecheras de una granja intensiva. Se acumulan pirámides de estiércol cubiertas de grandes plásticos para su fermentación y aprovechamiento. El olor intenso y ácido del abono inunda el aire. Desde el volante de su trilladora, su joven conductora nos dedica al paso un saludo y una sonrisa que llenó de luz la jornada. A la una y media del mediodía cruzábamos el majestuoso puente medieval de tres ojos que conecta las dos riberas del Ulla. Después de una bajada muy pronunciada, señalizada como peligrosa para los ciclistas, cuyas cerradas curvas imponían tal pavor,  que la  hice con risas para ahuyentarlo y buscar al ciclista que no seré. Entramos en la primera parroquia de la provincia coruñesa. Es conocida como el Jardín de Santiago y en esta ocasión, la exuberancia de su vegetación da razón de realidad a la frase de promoción. Su ubicación en el seno del valle  limitado por dos altos puentes ferroviarios, el de Gundián, levantado en 1950, famoso entre los puentingueros, y el más reciente de 2008, fue una grata sorpresa por la belleza del entorno, por los numerosos caños de agua que bajan por las laderas y por la amabilidad de sus habitantes. Aunque tuvimos que subir a pulso las máquinas por una escalera de piedra de cuarenta y ocho altos peldaños para salvar la vuelta al asfalto y a la carretera nacional que me dejó una vez más al borde del desfallecimiento para llegar a la pensión O cruceiro, nos vimos compensados por el buen trato de las hospederas y por la relación entre la calidad y el precio de las habitaciones. A estas fechas de la ruta había aprendido a acompasar la respiración con el pedaleo en los ascensos, en periodos numéricos varios, en paciencia medida y en cadencias pero no conseguí superar la escalinata con comodidad y los treinta kilos a pulso. Olvidaremos el mal dormir que nos provocó a ambos el sonido de un televisor que no dejó de estorbar durante toda la noche en la habitación interpuesta entre las nuestras. Ni Alvil ni yo conseguimos que el huésped desvelado  la apagase a pesar de los golpes que cada uno dio en los tabiques respectivos. Cuando quedan dos etapas para culminar el viaje, la rutina de la ruta ha facilitado nuestra convivencia, en el tiempo en común y en el tiempo individual. Ya desayunado aviso al compañero unos minutos antes de la salida. A media mañana, el hará su primer desayuno y yo lo acompañaré con mi segunda ingesta antes del mediodía. Salvo en dos ocasiones, preferimos hacer la comida principal una vez instalados y aseados para disfrutar de lo que pueda enseñarnos la localidad de cierre, para pasear con calma y decidir donde repasar el programa de la siguiente jornada con un té o una estrella, .antes de una tapa y cumplir con el chupito de rigor para retirarnos temprano sobre las diez y media para el imprescindible descanso.   

     A pocos metros del puente medieval, en la calle principal, en el centro de un patio enlosado de tumbas y rodeado de nichos familiares, se levanta la iglesia de Santa María Magdalena, de planta románica, que conserva su ábside y sus canecillos en buenas condiciones y ofrece una lección de la evolución de estilos desde la fachada casi renacentista a la culminación de su espadaña del barroco santiaguino. Pero en la monumentalia para el recuerdo, queda nítida en la memoria la visita en la mañana a la igrexiña de San Martiño de Dornela, una aldea en el corazón de un coto donado por la reina Doña Urraca en el siglo XII al episcopado de Santiago. Me atrae el románico en la sencillez de sus líneas, en la humildad de sus gruesos muros, en el orgullo de quienes los levantaron impulsados por el miedo ancestral a la muerte y por la doctrina exigente de la sumisión, con la intención de aplacar la ira de un dios severo, oscuro  y omnipotente. Canteros pegados a la cotidianeidad del frío, del fuego alentador, del sexo jocoso, valientes hasta mofarse en las escenas de los capiteles de la institución promotora. Capaces de las dovelas más sólidas para  expresar la solemnidad de la celebración campesina, de los bautismos y de los entierros. En su patio, también al borde de la calleja principal del lugar, sobresalen margaritas entre los tréboles de la primavera recién llegada. Las ortigas restan seriedad a los epitafios al uso de estas modestas lápidas ¡Cuidado, no pises las tumbas! Omnipresencia de los difuntos familiares en sus lares comunales. Cementerios en las entradas, en los altos más visibles a los vecinos, desde las leira y los bosques. Y continúan publicándose en las fachadas de las iglesias las esquelas recientes y los recordatorios de las misas por los aniversarios. Tanta información en torno a los finados no puede entenderse fuera de este medio, de veredas estrechas y árboles de bosques centenarios cubiertos de líquenes y de yedra, de noches de soledades y de silencios con patacas y unto al fuego del lar. Mañana llegaré por segunda vez a Santiago en el sexto día de la pedalada.  

    En una hora cubrimos los veinte kilómetros que distan desde Ponte Ulla a Santiago por la carretera N-525 hasta cruzar el puente sobre la curva de Angrois en la que fallecieron ochenta personas en julio de 2013 en el más grave de los accidentes ferroviarios de este siglo en España. No fue un momento dulce del camino. Regresaba a la capital gallega como nunca hubiera imaginado, más fuerte y con el dolor enchiquerado en el burladero del recuerdo. Volvía después de seis días de gozar esa tierra en la que tanto creció y amó, a encontrarme en su Santiago, al lugar último de su juventud. A vivir el adiós de quien escribió estos versos premonitorios poco antes de su partida: 

 Mi Santiago

Lluvioso te hallo como siempre te imaginé.

Es como te veo, como te siento

Y… ¡Ay, cómo me mojas!

Siempre humedeces mis ideas,

haces de mi alma un triste trapo mojado,

haces que presienta negruras,

el miedo, la angustia.

El olor a tierra húmeda

Me recuerda a aquellos años de tierra quemada,

de sombras aciagas.

Y la luz, siempre dispuesta

a extinguirse en la siguiente esquina.

Como la vida que se fuga en los poros de estas piedras,

piedras que rezuman tiempo y muerte

porque ellas sí son inmortales,

saben que los muros de nuestras almas

están levantados con el mismo material

que ellas soportan cada día. (3)

      La luz indecisa de la mañana santiaguina, “siempre dispuesta a extinguirse en la siguiente esquina”, el silencio bajo los soportales de la ciudad vieja, los pasos lentos por el enlosado húmedo hasta la Plaza del Obradoiro, la explosión de belleza monumental del conjunto y la pregunta sempiterna en mi conciencia,  se sumaron en una sima de emociones contradictorias y sentimientos encontrados hasta las penúltimas lágrimas de un largo duelo. Durante la travesía a pie por los soportales, Alvil había guardado unos metros de distancia y un respetuoso silencio. En el centro de  la plaza, frente a la imponente fachada restaurada con tanto mimo, me preguntó entonces si podía darme un abrazo. Por supuesto, nos lo dimos en silencio. Nos dirigimos lentamente hacia la oficina de acogida del peregrino para cumplir el trámite de la credencial de la compostela. La Iglesia, como siempre, al día del diezmo, para el creyente y para el no creyente, actualizando su recaudación a través de un código QR que has de descargar previamente al paso a la cola de peregrinos cumplientes con el rito del documento. En el certificado irá tu nombre manuscrito en latín vulgar y con una grafía pseudogótica desarrollada con pericia amanuense por la administrativa que te atiende. Además te ofrece una certificación del kilometraje recorrido que se te extenderá por tres euros y un cilindro de cartón del Año Santo para conservar el diploma que por dos monedas más será tuyo. Y allí, en una de tantas propiedades de la institución más longeva de la Historia, más ausente que nunca, aguardé con mi papeleta número 23 en la mano a que me llegara el turno ¿por qué cumplía con el trámite? ¿por qué hacía la cola? Por respeto a la fe honda del compañero del viaje al que sí le importa el documento. A la salida del trámite, cuando los grupos de turistas se agolpaban frente al edificio,  un inoportuno holandés insistía en preguntarme sobre el Winter Road. En mi mal inglés debí mandarlo a la mierda, pero soporté su mala educación y su agresiva curiosidad a pesar del doloroso momento. Cuando salíamos de la ciudad hacia Negreira, al girar en una esquina frente al parque de la Alameda sufrí la caída más inexplicable. Un golpe seco contra el pavimento que me dejó doloridas la de la muñeca y la cadera izquierdas al parar el impacto. Ya metidos en los senderos de los alrededores estuve a punto de tener otro percance porque al recomponer la sujeción de las alforjas olvidé atar el pulpo de seguridad. Una vez más, el compañero se percató de mi despiste. Señales de aturdimiento que me enseñan a conocer mis límites y mis carencias. Camino de aprendizaje.  Poco a poco, el esfuerzo sostenido por las travesías del Concello de Amez, una zona privilegiada de la periferia de Santiago en la que abundan los chalés de alto nivel en los que parece que se ha instalado cierta burguesía, me fue devolviendo a la realidad del ruteo. En otro de los imprescindibles descansos breves acabamos hablando sobre las visiones de la Edad Media en la Península y de sus mistificaciones desde el presente y desde el próximo pasado. No solo de afecto se nutre la amistad, también crece con el diálogo y con la argumentación de las diferencias.

     En la penúltima noche de la ruta nos alojamos en el albergue San José de Negreira. La relación entre el servicio y el precio no permite publicitar para bien el establecimiento. Tengo la sensación de que hay demasiada dejadez en torno al hospedaje del Camino, al menos en este último tramo en el que se diversifica el tipo de peregrino. Se supone que al ser más jóvenes, en su mayor parte extranjeros e “iluminados hacia el fin del mundo” van a ser menos exigentes sobre las condiciones del alojamiento. El hospedero, que tiene mi misma edad,  te entrega la ropa de cama y te dirige a una habitación individual, destartalada y fría, con dos colchones de mala espuma y un baño anejo que se inunda con cualquiera de sus usos, sea la cisterna, la ducha o el grifo del lavabo. Afortunadamente, una ventana grande se abría a un bosque de chopos aún sin hojas, en cuyas ramas secas vería aparecer la luna y alumbrar la amanecida al lucero del alba. Fue el escenario más adecuado para la reconstrucción de los altibajos emocionales del día. Herida que va suturando con cauterios ácimos y perdurables en la aceptación íntima de su cicatrización. En la tarde de Negreira, paseamos por los jardines del Pazo do Cotón, cuyo nombre me llega por la expresión gaditana, refrendada en una letrilla de un tango con tono de exageración (Por la gloria de Cotón). Es una espectacular edificación de estilo barroco y una impresionante muralla con un arco de entrada a esta villa de origen medieval por el antiguo Camino Real a Finisterre. La excepcionalidad del pazo ubicado en el entramado urbano frente a la imagen típica del edificio aislado y la riqueza de su flora llaman la atención. Sin embargo, un ala de antiguas dependencias del mismo no están conservadas como debería y sin uso. Saldríamos a las ocho de la mañana con la luz de las nueve del día anterior. Fue la noche del cambio horario estacional y apuramos la iluminación solar en su orto y en su ocaso. Más luz para la larga jornada que nos aguardaba. Me predispuse a ella con todo el ánimo, aún  enardecido por la opípara cena de la noche anterior en El café imperial, en la que conseguí que mi austero compañero de viaje renunciase a su habitual frugalidad para apurar una botella de Alán de Val de 2019, un buen vino de Mencía de la D.O. de Valdeorras, profusamente explicado por la camarera que nos hizo distinguir los ribeiros tintos de otros caldos cercanos con delectación profesional. Una cena de dulce final con un delicioso postre de arroz con leche.

    En la  última jornada el paisaje cambia radicalmente. Hemos atravesado la Galicia más rural y de poblamiento disperso con modos de vida aún con rastros del minifundismo tradicional, aunque con mejores condiciones de vida que aquella que conocí siendo un joven casi imberbe. Hemos ladeado por los emparrados  viñedos de Orense y por los extensos campos de heno para las explotaciones intensivas de ganadería bovina de Pontevedra hasta Coruña, la provincia más urbanizada y con un nivel socioeconómico más alto. Ya con la vista puesta en el final de la ruta, iremos desdeñando partes del camino antiguo para aprovechar los arcenes de vías rápidas que nos permitan cubrir con comodidad los 72 km hasta Fisterra y soslayar en parte el cansancio acumulado. No obstante también tuvimos alguna ración de fuerte subida para no desacostumbrarnos del esfuerzo mantenido y de la dichosa épica del sacrificio, ¡Por la gloria de Cotón! Los bosques de repoblación de pinos para madera y de eucaliptos destinados a la producción de celulosa han sustituido a los carballos y a los abedules cubiertos de yedra de las anteriores etapas. Se yerguen  como símbolo de otros modos de aprovechamiento de los recursos, como se levantan en el horizonte de estas lindes de las Rías Altas los  nuevos bosques de aerogeneradores en su rotar de aspas de fibra de vidrio y carbono. Una paisaje en el que continúan los recientes mojones con el logrado logo del único Año Xacobeo extendido a dos por la pandemia marcando la ruta hasta el km O en la Costa da morte. Bien ha entendido la Xunta las posibilidades de este turismo ávido de experiencias de todo tipo al que se le pueden ofrecer varias alternativas para conformar las varias necesidades que se hayan creado. Uno caso claro de creación de demanda  a partir de la invención de la oferta. Cuando al mediodía posamos para una foto testimonial entre los dos postes de la bifurcación del camino con los sentidos enfrentados,  o a Fisterra o a Muxía, supimos que la meta estaba conseguida. Es de suponer que también en Muxía habrá un mojón con el km 0, las dos opciones eran posibles y excluyentes. Pero solo un faro se levanta en el  fin del mundo. Hasta Cee nos quedaba una larga bajada de once km por una carretera de piso muy cuidado que nos impulsó en nuestro afán de meta. Antes de llegar a la bifurcación de las dos señales ya habíamos avistado una mancha del océano desde un promontorio, pero la llegada a la ría de Corcubión por sus laderas bajo una luz pálida, logró que incluso los graznidos de las gaviotas me sonaran acompasados de alegría infantil. Continuamos por la otra banda de la ría hasta Corcubión, en la que hicimos una parada para conocer el exterior de la iglesia de San Marcos, obra de transición del románico al  gótico marinero, así conocido por la ubicación junto el mar y por la búsqueda de la ligereza. La proximidad del templo a una cantina del puerto, nos llevó a una segunda recesión para el mantenimiento del ritmo en el pedalear. Allí apuramos un par de cañas y una ración de croquetas de marisco mientras en la pantalla del televisor retransmitían una competición de un juego popular, la chave, al que había jugado alguna vez en un barrio suburbial de Coruña y del que no recordaba ni el nombre. Recuerdos muy remotos de un adolescente curioso y tímido en un corro de adultos de habla incomprensible y humor desconocido en el patio trasero de una tienda no autorizada de salazones, ribeiro y percebes a modo en la década de los setenta del pasado siglo. Un último refrigerio para seguir hasta Fisterra. Dejamos la playa de Sardiñeiro e incluso tuvimos que retomar parte de lo rodado para incorporarnos a la carreta AC-445 con un denso tráfico de tarde de domingo. Se hizo interminable y pesado, más por la precaución necesaria que por las subidas. Dejamos a nuestra izquierda la playa de Langosteira para entrar a Fisterra y dirigirnos al albergue reservado que aunque abría dos días más tarde nos había admitido a un precio más bajo por estar en temporada baja. Dejamos en la recepción los equipajes y con las bicis aligeradas nos dispusimos a la subida hasta el faro de Finisterre y hasta la Cruz de la Costa da morte. En la bajada, aún nos quedaron ganas para una última parada para conocer el atrio y la planta de la igrexa de Santa María das areas. Numerosos creyentes voluntarios se esforzaban en la limpieza del entorno y en el remozado del interior para los ritos del cercano Viernes Santo. Ese día se saca la talla de un ángel para anunciar la resurrección del Cristo de un templete minúsculo adosado a la loma enfrentada al templo que a mí me había parecido un morabito, según nos explicaron estos activos feligreses a la pregunta del compañero. Mis intuiciones sobre la liturgia católica y la religiosidad popular no son muy acertadas…

    Una última subida para cerrar el círculo que se había abierto en mí al llegar a la estación internodal de Santiago siete días antes. Una última subida realizada con menos esfuerzo del previsible. Un primer broche al triste paseo bajo los soportales de la ciudad vieja el día anterior. Una sutura favorecida por el apoyo amigo en esa mañana de luces furtivas sobre el platillo de la Plaza del Obradoiro. Un segundo cierre de la herida que solo podía ser sellado en la Costa da morte. A los pies de una cruz instalada en la roca en 1987, a unos centenares de metros de la punta del cabo, aprendí de la función terapéutica de los ritos para paliar el miedo a la nada de los hombres. Porque yo también sé, que los miedos de angustia del hombre los ahogan con  cuentos. He aprendido que los miedos acendrados en nuestros genes pueden ser superados desde la asunción de la condición maravillosa y única de nuestro ser humanos. Contamos con todas las herramientas y todos los instrumentos. Somos capaces de arriesgarnos, de luchar contra las limitaciones de la edad y de la pesadumbre del vivir. Donde unos dijeron que allí se acababa el mundo, otros intuyeron que el mundo no se acababa allí, que la esfera terrestre es una perfecta imagen de la infinitud del Universo.

     A la breve sombra del faro, asentados en las rocas del cabo periclitado como último peldaño al vacío, reunían sus ensoñaciones nuevos peregrinos de los mitos recidivos  en la posmodernidad. Un gaiteiro vestido de blanco con su instrumento de viento y tripas hacía sonar acordes luminosos sobre las aguas del océano silenciado de la muerte.

Kilómetro 0 del Camino de Santiago
 

                                                                           En Sevilla, a 30 de abril de 2022                                                                             

 NOTAS

1.- De Llamadme publicano. León Felipe  (1950)

2.- De Ucrónica Jacobea (1992)0

3.- De Deprisa, demasiado deprisa. Roberto R. Rodríguez (2002)

sábado, 31 de agosto de 2019

En tránsitos a Madeira


                     En tránsitos a Madeira


     Un desastrado taxista, de vientre prominente y pelo blanco grasiento nos ha recogido en la zona de llegadas del aeropuerto Humberto Delgado de Lisboa a las once de la noche del 25 de julio. Nos ha llamado a gritos desde la acera contraria para que no confundiéramos el orden de los servicios, casi me quita de las manos el talón del hospedaje para localizar el hotel que nos ha adjudicado la TAP para descansar unas horas, antes de volver a las seis de la mañana al mismo aeropuerto para tomar el vuelo de regreso a Sevilla. Si el aspecto del conductor es sospechoso, su conducción ha sido temeraria. No se ha colocado el cinturón de seguridad, ha empezado la marcha manipulando y discutiendo con el GPS, no ha dejado de hablar consigo mismo en un monólogo alucinado mientras cambia de carril sin aviso de intermitentes, sortea con brusquedad a los demás automóviles que a esas hora circulan con rapidez por las carreteras periféricas de la capital lusa hasta llegar a la recepción del hotel Corinthia, abarrotada por varias colas de otros pasajeros ante los mostradores, también desplazados por los desarreglos horarios de diferentes vuelos. El taxista ha entrado en tromba saltándose cualquier orden de espera y ha conseguido hacer efectivo el importe estipulado por parte del hotel. Se ha despedido amistosamente de mí con una manotazo en la espalda y ha salido raudo a la caza de un nuevo cliente. A estas horas deberíamos estar atendiendo a la cinta transportadora del aeropuerto de San Pablo de Sevilla para recoger el equipaje. A estas horas, aquí estoy, incrédulo y cansado, revivo la mirada de terror de Irena durante la carrera, asida con fuerza a la agarradera trasera del auto verdinegro del taxista enloquecido, miro al cielo lisboeta desde la planta trece de un hotel impuesto en un día más, añadido al viaje por deferencia de la compañía de aviación comercial que como tantas, son imprescindibles para mantener esta extraña actividad que ha llegado a ser el turismo de masas.
     
    ¿Cuándo empieza el viaje? ¿Con la intención, con el deseo, con las expectativas generadas en la elección del destino? ¿Una vez cerrado el pago y dispuesto el equipaje? Preguntas como estas me hacía unos días antes, pensando ingenuamente desde una óptica pasada. Me recreaba por puro asueto en los pecios genéticos que aún perduren en el ADN de nuestra especie sobre los cientos de miles de años de nomadismo y los escasos milenios desde la sedentarización. Algo quedará de las largas caminatas prehistóricas que nos impulsa a cumplir con el desplazamiento estacional, aunque sea sometido a unas reglas muy definidas, las del mercado del ocio proletarizado. Sí, buscamos experiencias conformadas desde la gestión profesional, goces medidos y tasados. Sí, formamos parte del circuito vacacional masivo que en la segunda mitad del siglo XX tomó el relevo del gran tour que los hijos de las clases burguesas europeas habían empezado en la anterior centuria. Sí, somos elementos imprescindibles para el funcionamiento de la economía global del presente. En el viaje turístico la proyección de la felicidad encuentra su mejor expresión porque absorbe los rasgos más superficiales de la realidad y las encadena en la virtualidad conectiva de las redes sociales.

    ¿Cuándo empieza el viaje?

    En las horas previas he acudido a la consulta del médico de familia para pertrecharme de los medicamentos preventivos ante un asunto molesto de salud que pudiera condicionar mi estancia en la isla. La edad te hace meter en la maleta productos que hasta hace poco tiempo veías innecesarios.
Por una vez he pasado el control de embarque sin dificultad, no me han obligado a abrir la ligera mochila ni he tenido que someterme a ninguna humillación añadida al trámite, ya enojoso en sí. La mañana de la partida ha amanecido con brumas matinales, impropias de este tiempo, que dejan una luz gris sobre la rampa de pista en la que esperamos veinte minutos hasta que nos recoja la jardinera que nos acercará al bimotor Santarém de ochenta plazas, con llegada prevista a Lisboa a las once y cuarto. Las llanuras de la Campiña se desdibujan pronto bajos las nubes persistentes. La temperatura en cabina es excesivamente baja, pero la vista aérea del impresionante estuario del Tejo te hace olvidar el repelús del vuelo. Poco más de dos horas en la zona internacional y saldremos para Madeira. Ilusión vana.

(13:55)
Accedemos a la cabina del Airbús320 que debe despegar en diez minutos. Me ha tocado al lado de la puerta de emergencia de acceso libre y sin asiento delante, me prometía un cómodo vuelo...
(14:35)
Aún en tierra. Las explicaciones que dan por megafonía no son convincentes. Vagos problemas de tráfico aéreo...El pasaje comienza a dar muestras de inquietud educadamente. Necesidad de ir al baño, reparto de vasos de agua por parte de los auxiliares de vuelo. El ambiente se ha ido caldeando, la temperatura ha subido. Los miembros de una numerosa familia anglolusa sentada detrás de nuestra fila van perdiendo la compostura.
-Oh, my God! Grita la joven madre a la niñita que lleva un rato golpeando rítmicamente el respaldo de mi plaza.
-Open the window! Requiere la cría con desesperación sin dejar su baqueteo pedestre en el asiento delantero. La supuesta flema británica está a punto de saltar por los aires en el sopapo que le suelta la joven mamá.
Uno no quiere ser mal educado ni llamar la atención a la aspirante a la percusionista en ciernes.
No es la primera vez que recibo un NO mayúsculo, radical y rotundo como el que me ha dado una azafata cuando le he preguntado si habla español. Portugués o english ha respondido como un resorte. Estoy de acuerdo con la imagen negativa de los turistas españoles en el país vecino, pero no todos respondemos a tal prejuicio. Culpas históricas me lleven.
(15:00)
Se ha cumplido la primera hora. Afortunadamente la amplitud del habitáculo permite cierta comodidad en la postura. El ruido permanente en la cabina funciona como una carga narcótica para el adormecimiento del personal. El sistema de refrigeración deja de funcionar. Las frecuentes visitas a los servicios colapsan el pasillo.
(15:45)
Seguimos en tierra. Parece ser que los referidos problemas de tráfico aéreo impiden el despegue según nos ha explicado en español la única azafata que habla el idioma. Todo el personal auxiliar pide a cada pasajero que identifique sus bolsos de mano abriendo y cerrando una y otra vez las portezuelas de los maleteros. Las maniobras de distracción son cada vez más burdas. Algunos pasajeros se han cambiado de asiento, pero no justifica esta identificación gratuita. El sistema de refrigeración solo funciona a ratos.
(16:00)
En una comunicación breve y monótona, el comandante ha informado de que a los problemas de tráfico aéreo se ha añadido un incendio en la zona norte del aeropuerto y todos los vuelos han retrasado sus operaciones. Continuamos a la espera…
(16:30)
Una azafata ha hecho la pregunta tópica:
¿Hay un médico a bordo?
Un señor mayor con un bigote majestuoso y una camisa de cuadros de leñador se ha levantado desde las filas delanteras con cara de fastidio y le han indicado que se dirija a la cola de la cabina. Una mujer se ha desmayado. La curiosidad añadida al estado de inquietud generalizado hace subir la temperatura y empiezan a oírse todo tipo de comentarios. Cinco pasajeros han discutido con la tripulación mientras el doctor atiende a la enferma y han conseguido que les dejen bajar. A continuación, por el mismo acceso un equipo médico de urgencias del aeropuerto ha accedido a la nave. La atención al incidente sirve de entretenimiento hasta que media hora más tarde una ambulancia acude a recoger a la señora. El doctor viajero ha vuelto indiferente al asiento junto a su esposa.
(17:30)
La familia mixta lusobritánica no puede contener la desesperación de las criaturas. Al menos la percusionista ha entrado en un ligero sueño. Vuelves a sentirte una marioneta en el escenario de un transporte colectivo destructor del medio y denigrante para el individuo.
A las seis de la tarde nos anuncian la suspensión del vuelo y nos hacen dirigirnos hacia otra puerta de embarque en el que nos dicen que darán explicaciones. En el grupo de pasajeros ya se han establecido algunos vínculos de familiaridad tras las cuatro horas encerrados en un avión que no llegó a despegar. La larga espera no había originado respuestas de mala educación ni siquiera reivindicativas. Pero ante el mostrador, donde dos auxiliares de la compañía se encargan de asignar nuevas salidas en la misma tarde o adjudican los vales para pasar la noche en un hotel lisboeta sin explicación alguna sobre los criterios empleados. “¡Quítate tú pa ponerme yo!” Los intereses individuales se han desatado. Empujones, presión, no se respeta ninguna cola, quien estaba detrás ha pasado delante de ti a base de codazos. ¿Qué haces en medio de un grupo que te empuja y acosa con la insufrible indiferencia ante el otro que tiene el mismo derecho que tú a viajar? Y supongo que la mayoría lo hace por placer, ¿qué no podríamos hacer en un caso de verdadera necesidad? ¿Qué nivel de presión se vivirá en la estrechez de una patera? Preguntas que me producen un repentino cansancio que va más allá del incumplimiento del plan previsto para el día de la ida. Creo que sopesaré de ahora en adelante las ventajas e inconvenientes de viajar en avión.

    Tres años antes había vivido la experiencia de recorrer a toda prisa la terminal 1 del aeropuerto Humberto Delgado, siguiendo a un auxiliar de tierra de la TAP para ser llevado en autobús hasta un hotel en el que pasar la noche breve y volver al día siguiente muy temprano para coger un vuelo al pospuesto destino. Entonces fue a Ponta Delgada en la isla de Sao Miguel. Ahora, deberíamos coger el vuelo de las 7:30 con destino al aeropuerto de Funchal en la isla de Madeira. Cierre de ciclo de las visitas a las Macaronesias portuguesas y cierre de ciclo de mis vuelos con transbordo. Esta vez, la vivencia del recorrido por las instalaciones aeroportuarias no tendrá anotación jocosa. No esperaba ver la estatua del Marqués de Pombal en este viaje, pero el bus la ha rodeado para dejarnos en el hotel de la cadena Sana que nos servirá de apeadero forzado y del que saldremos muy pronto, otra vez más, para repetir el paseíllo por los corredores zizagueantes de las cintas hasta el control de seguridad. Las consecuentes hojas de reclamación cumplimentadas. La vista desde el aire de los azules del estuario del Tejo y sus puentes me reconcilian brevemente con el vuelo por sí mismo. Será la penúltima ocasión que pueda disfrutarlo. Deberíamos haber despertado en la Isla de las flores pero hemos visto amanecer desde el no-lugar de la sala de embarque. En la vivencia de un tiempo uniforme, en el tránsito de dos espacios y en lo efímero de la oferta del viaje. Desde las seis de la mañana se abren todas las tiendas, todas las marcas de complementos y modas de pseudolujo exponen sus muestras, bisutería y joyas asequibles, bebidas y recuerdos presentados por dependientes de imagen trabajada como intermedio preciso para favorecer el deseo hacia el innecesario objeto. La intensidad monocorde de la luz hace olvidar el ciclo natural del día y de la noche. Los pasajeros, meros portadores de su ansia de tránsito quedan absolutamente sometidos al vaivén del no-lugar sin tiempo. Solo los que malduermen sus esperas en cómodos sillones o en improvisados descansaderos recuerdan a los recién llegados del exterior que las categorías normalizadas de los acontecimientos pueden romperse en cualquier momento. Aeropuerto. En la primera jornada había pasado más de siete horas en un avión, cuatro de ellas inmovilizado en la pista y más de ocho en dos aeropuertos. Solo habían quedado nueve exentas del sistema de transporte de masas más contaminante y sin duda, también me había afectado a la percepción del mundo.

    La intensidad del aplauso de los pasajeros al comandante, investido casi con la aureola de héroe, tras el aterrizaje en el aeropuerto de Madeira, ha sido una muestra espontánea de agradecimiento y de alivio por la dificultad que la operación encierra. Ha girado 180º para encarar la única pista de no más de 1800 metros que caracteriza al recién bautizado aeropuerto con el nombre de Cristiano Ronaldo. Parece que todos los pasajeros han leído sobre la requerida experiencia de los pilotos para llegar hasta aquí. Nuevas leyendas en viejos moldes. Una vez pasado el denso manto de nubes bajas, los perfiles abruptos de las Islas Desiertas y de Las Salvajes anunciaron la cercanía de la isla de destino. Desde el NE, la visión desde la ventanilla de la Ponta de Säo Lourenço con su extrema sequedad y sus oscuros acantilados puede llevar a engaño sobre la vegetación del resto del territorio. Las empinadas laderas de las riberas sobre las que serpentean las viviendas de Machico y Santa Cruz y la proliferación de cultivos en terrazas por todas partes confirman la falsa impresión de la aridez del extremo oriental.

    Es tan frustrante llegar un día después al destino que el hecho de haber podido recoger la maleta facturada en origen sin dificultad te resulta un gran alivio. El transporte contratado para el transporte a Funchal no ha aparecido: no pasa nada. Las dependencias del recogido aeropuerto son manejables. Gestionas un taxi, cuyo el importe nos será devuelto por la agencia del operador. Has llegado al fin. El hecho de que el taxista haya conducido hasta el hotel como un niñato exhibicionista por los túneles que anulan los saltos de los acantilados no tiene importancia. El hecho de que en el hotel hayamos tenido que esperar porque nuestra llegada ha sido más tardía no supone ningún contratiempo. La pausada gestión del recepcionista es achacable al ritmo lento de la insularidad según los más trillados tópicos. Y llegan las primeras impresiones del medio desde el hotel encargado a Niemeyer en 1966. La impronta vanguardista de su planta curvilínea, el complemento de un edificio destinado a casino aunque concebido como cine por el maestro brasileño, su ubicación privilegiada junto al parque de Santa Catarina y a la casa de la presidencia de la región abren perspectivas a una estadía agradable. Pertenece a una de las empresas significativas del oligopolio hostelero de esta ciudad que en principio solo llama la atención por la acumulación de edificios mastondónticos de grandes cadenas hoteleras. Desde la terraza de nuestra habitación el panorama no es muy alentador. Balconadas de otros hoteles y apartamentos sobrepuestos, hacia la derecha se atisba la montaña, hacia la izquierda asoma una esquina del Atlántico. Afortunadamente, la profusa vegetación compone diversos verdes que ayudan a digerir el paisaje hosterizado de la capital madeirense.

    Hay que regular la descompensación horaria del retraso y salimos hacia el casco antiguo para cumplir con el primer almuerzo isleño. Entramos al restaurante O lampiäo, a la espalda de la catedral porque solo había fuchalenses. Pruebas el bollo do caco tradicional, las lapas típicas o el pez de espada con banana que hacen olvidar los agobios del trayecto. Después de una imprescindible siesta, salimos para pasear hacia la zona este por la avenida do Almirante y la Estrada Monumental con la intención de recorrer la línea de costa urbana y de acercarnos a las calas incrustadas en los acantilados. Frustración primera, los pasos a la costa son inaccesibles al público. Los atractivos paisajísticos de esta isla, publicitada como la mejor del mundo en no pocos folletos y campañas de promoción, las bondades de su clima subtropical y la estabilidad política actual del país al que pertenece desde hace seiscientos años han convertido el territorio urbano de Funchal en un claro ejemplo de los efectos de un urbanismo especulador, sujeto a las leyes del mercado del turismo global y alejado del interés público. Las grandes edificaciones de las cadenas hoteleras, Pestana, Savoy, Carlson, Lydo… flanquean con su apabullantes moles las estrechas aceras de la línea cercana a la costa, entre bloques recientes de apartamentos levantados sin mesura y una pobre oferta de restaurantes con afán internacional unos o con atributos regionales otros. Si no fuese suficiente con la aglomeración de la oferta al turista, en las rúas perpendiculares que desembocan a esa desdichada avenida se erigen horrorosos edificios pastiches que pretenden ser villas con encanto enfocadas hacia la hostelería y a la restauración, con nombres pomposos y cartas caducas respecto a los modos culinarios del presente. El tráfico de utilitarios con muchos años de rodaje, de los ruidosos buses del transporte público, de las innumerables furgonetas dedicadas a la realización de tours por la isla, con breves paradas en los rincones más atractivos para cumplir con las fotos de rigor, que no dejan de ser los únicos vehículos renovados del parque insular y una común conducción temeraria por parte de todos, constituyó con sus notas discordantes la banda sonora del difícil paseo a pie hasta el extremo oeste de la capital. Solo al acercase a la zona antigua vuelven los peatones a las aceras, parejas uniformadas de turistas mayores que caminan lentamente para dirigirse a la cena en los locales típicos del barrio de pescadores. Si acaso, grupos familiares de edad media, la mayoría alemanes, con hijos niños o adolescentes aportan alguna variedad cronológica al geronturismo mayoritario en el que tendré ocasión de sumergirme durante la estancia. Una jornada deslavazada y larga para este geronturista que no cumplirá ya sesenta y al que ahora asedia el sueño pronto.

    La primera excursión, el tour del este- nordeste, nos la ofreció a poco de llegar la misma empresa que no estuvo en el aeropuerto. Un joven venezolano de padre madeirense, ejemplo de la segunda generación de inmigrantes de vuelta a la isla, se encargó de convencernos para contratar el paquete de varios recorridos. No será el único venezolano con el que tratemos en este viaje. Camareras de hotel, encargados de cafeterías, trabajadores de mantenimiento o residentes haciendo rutas por las levadas, todos de orígenes isleños y satisfechos de haber recalado en la tierra de los ancestros ante el desastre que vive Venezuela. Supongo que la integración de la comunidad venezolana en Madeira será positiva y ayudará a desmontar estereotipos respecto a lo hispano. Así que, superando los propios prejuicios contra las excursiones dirigidas, en la primera mañana funchalense, hemos subido a un vehículo monovolumen de diez plazas, conducido por Manoel Santana, junto a dos parejas más. Una de Granada, de mediana edad, cuya primera expresión es de alegría por ser todos españoles (me da mala espina su contento por la homogeneidad patriótica), y otra de Tenerife, también mayores de sesenta que se acribillarán a selfies a los largo del día. Lo reducido del grupo obliga a compartir la jornada viajera. Poco a poco el guía va comentando detalles de interés, anécdotas curiosas o nimias de la ruta y expresando algunas opiniones comunes sobre la política y los políticos que no viene al caso. La primera parada la hacemos en el Miradouro de Francisco Alvares Nóbrega, poeta local conocido como el Camoes Pequenho. Un pilar central de bronce con un soneto del autor de loa a su patria chica es el motivo para apreciar desde allí el conjunto urbano de Machico, la primera capital de la isla. Me enteraré más tarde que fue perseguido por la Inquisición y que se suicidó joven. Similar final al de Antero de Quental, poeta insigne de Sao Miguel, la principal isla de Las Azores. Curiosos meandros de la literatura y la muerte en las islas macaronesias. Cercana a los treinta mil habitantes, Machico conserva un aire recoleto y villas señoriales entre “La refriega de los altos acantilados.”Mas no hay tiempo para recrearse en las vistas, se supone que el grupo de excursionistas ha cumplido con el rito de las fotografías y hay que continuar la ruta. Siguiendo la costa sureste llegamos a una paisaje desolado y seco. La Ponta de Säo Lourenço, un cabo de acantilados abruptos y tierras rojizas azotado por los vientos en la mañana fresca en la que hacemos la segunda y breve parada. Más fotos y más grupos de excursionistas repitiendo las mismas conductas. Mirar, fotografiar y fotografiarse.

    Hasta Porto da Cruz por antiguas carreteras estrechas en un brusco cambio de paisaje. Después de las laderas áridas del cabo oriental, fue impactante la inmersión casi sin transición gradual en la densa vegetación subtropical. Las servicias del viaje organizado se imponen. El guía aparca en un antigua planta de transformación de caña de azúcar, Ingenho do Norte, recuperada y puesta en funcionamiento por iniciativa privada como bien se encarga de repetir Manoel. La exposición para el turismo es el primer objetivo y el especial ron insular 970 allí fabricado, el objeto del deseo. Aneja al ingenio, la tienda para la degustación en escasísima muestra, las galletitas de miel y diferentes pruebas de la bebida fuerte insular, la poncha, aguardiente con limón, naranja o maracuyá, a dos euros la copa. Un lingotazo seco a las once de la mañana gris para buscar otras luces al día y un paseo breve por la playa de piedras negras amparada bajo la Penha de Águila, enorme roca que resisitió la erosión y alcanza quinientos ochenta metros sobre el nivel del mar. El océano sigue en un tono oscuro a pesar de la falsa luminosidad de la poncha y de la espuma de las olas sobre las que chapotean jóvenes aprendices de una escuela de surf, embutidos en neopreno entre risas y zambullidas. Santana, localidad costera, de calles limpias y profusión de orquídeas en los parterres, popularizada para el turismo porque conserva numerosas muestras de casas tradicionales madeirenses, la mayor parte reconstruidas, con cubiertas a dos aguas hasta el suelo y estructura de madera, fue la parada para el almuerzo. Al no haberlo contratado con la empresa tuvimos oportunidad de degustar la mejor espetada, el plato típico a base de carne de vaca a la plancha en pincho de laurel y abundante guarnición con legumbres, ensalada y patatas dulces o batatas en la plaza del pueblo. Se celebraba un festival gastronómico regional y tal evento nos vino a pedir de boca. En la caseta de La Casa da Chá de Faial cumplimos golosamente con el empeño de conocer la cocina tradional. De vuelta al monovolumen, el resto del grupo formaba ya un compacto bloque de amistades recién nacidas al calor de la jornada viajera. Y Faial, el pueblo de origen de nuestro buen yantar, fue el eslabón de la ruta por Ribeiro Frío hasta el Pico de Areeiro en la dorsal central, el segundo en altura de la isla, donde el bosque desaparece y desde los escasos prados se puede apreciar su especial conjunción geológica y entender la belleza de este macizo volcánico. Una última parada en Poiso dentro del Parque Ecológico de Funchal nos permitió caminar durante media hora por uno de los ansiados senderos paralelos a las levadas, esas nombradas acequias cuya red de tres mil kilómetros recorren la isla de norte a sur. Tendríamos ocasión de hacer una ruta a pie por ellas, teníamos que conocer más de esta obra de ingeniería y tozudez. La presión del grupo impera y el tiempo del paseo ha pasado pronto. Hay que volver al punto de partida, se acaba pronto el recreo. - ¡Niños a clase! Aún con la belleza de las cumbres sobre las nubes bajas en la retina, me doy de bruces con la realidad más triste en la vuelta Funchal. Han pasado tres años del gran incendio que trastornó el delicado equilibrio del bosque de laurisilva de la mitad sur de la isla y solo matorral cubre las laderas pardas de las ribeiras. Cuando redacto estas notas, aún quedan rescoldos de un gran incendio en la isla de Gran Canarias y las noticias que llegan del desastre agrogenocida de la Amazonia apabullan por su extensión e intencionalidad. A las cinco, cumplida la ruta prevista, nos devolvieron al hotel. Paseamos en la tarde por la marina de Funchal en un intento de captar el aire portuario de los límites de la ciudad levantada en campos de hinojos. Las lagartijas abundan por los muelles, las aceras y los parques.

    Con la contratación de la ruta del oeste-noroeste completaríamos a grandes rasgos una visión del territorio insular. Otro monovolumen, otro guía que se presenta como Rafael aunque “los amigos me llaman Bardem por parecerme al actor español,” comenta al grupo de ocho excursionistas del día con una sonrisa de boca desdentada y modales cuidados para las edades a las que se dirige en su comunicación bilingüe. Esta vez vamos al 50% entre británicos octogenarios y sexagenarios españoles, geronturismo a tope para ser llevados con cariño en la conducción y en la comunicación profesional. A las diez hemos hecho la primera parada de media hora para pasear por Ribeira Brava. Una población tranquila en la mañana de domingo con ceremonia religiosa solemne en su iglesia, con numerosas plantas en la nave central y curiosa fachada asimétrica en tres cuerpos. La factura de su retablo barroquizante es de una factura más sobria que los del continente ye incluso menos cargante que los de las Azores. Los ritos de la liturgia llegan hasta la plaza desde la que la siguen un buen grupo de feligreses y algunos turistas que no han conseguido acceder al interior. La religiosidad de los isleños es patente, la presencia de tipos humanos marginales también. Aquí se constata el aprovechamiento total de las tierras en bancales o poios para el cultivo de plataneras, batatas y cualquier otra legumbre. Las terrazas se despeñan por las laderas del alto valle y cierran las rúas transversales al río, en la actualidad con un caudal escaso. Un modesto mercado de frutas, legumbres y especias, abierto al público a pesar de la festividad, ofrecía su modesta oferta a la corta clientela local. Seguimos bordeando la costa sur, dejando la Ponta do Sol, así llamada porque una roca aislada en el océano no deja de recibir sus rayos a lo largo del día. Curiosidades nimias, información local sin trascendencia para conformar la pequeña historia del día.

    En Madalena do Mar nos desviamos hacia el interior para la única meseta madeirense conocida como Paúl da Serra a 1500 metros. Antes hemos paseado por los estrechos carriles de las extensas plantaciones de plátanos que caracterizan la localidad costera. Con los datos aportados por el guía y por la pareja tinerfeña con la que hemos vuelto a coincidir en esta ruta por el oeste, he aprendido toda una lección vívida sobre cultivos subtropicales. Del sistema de cosecha de las plataneras, del régimen de propiedad, de las señales para aprovechar el único racimo anual de cada planta, de su rápido crecimiento, de las cualidades del fruto según la ubicación del cultivo, de los sabores según el moteado de la piel y del tamaño...Y ya lanzados en la comunicación de sus conocimientos, sabiéndose escuchados con atención, los tinerfeños se extienden en la información sobre la condición de planta silvestre del ñame y su manera de cocinarlo en Canarias para la cena de Nochebuena, sobre las clases de papayas y sus combinaciones gastronómicas. Placeres modestos de aprendizajes de modos culturales que también ofrece el turismo de masas. En la condición del geronturista prima más la vista y la escucha que la experiencia física. Cuando nos desplazamos por los altos llanos de Paúl da Serra, nos ha adelantado un jeep de supuesto safari en cuya trasera brincan imprudentemente varios jóvenes turistas. Otras alternativas de consumo según las edades. Las pocas vacas libres de la isla pastan en estos prados. En el café de Rabaçal, anexo al único establecimiento hostelero de este mínimo altiplano, se encarga de las brasas un venezolano más de segunda generación, que a poco de ser inquirido por su situación, manifiesta con crudeza la rabia por su país y su contento por haber sido acogido en la tierra paterna por el propietario, también venezolano, como bien demuestran dos enormes banderas prendidas en la techumbre. la portuguesa y la tricolor de las ocho estrellas. - Aquí soy libre, aquí me siento seguro y tranquilo y duermo con la ventana abierta. ¿Saben quien es una de las grandes fortunas del mundo? La hija de Chávez.- Afirma con la arrogante mirada del despecho. Después se vuelve para la preparación de la plancha.

    Porto Moniz, en el extremo noroeste, al que descendemos después de la parada de rigor en el miradouro para las obligadas fotos, es un ejemplo plástico de urbanismo integrador entre la montaña y el océano. La diversidad de los azules, el perfil rotundo del islote de Moles, el impacto de las olas contra la barrera de rocas volcánicas que cierran sus piscinas naturales, dispuestas para el recreo y el baño público ofrecían ese mediodía una estampa perdurable. Allí biencomimos en el restaurante “Orcas” en un amplísimo salón volcado sobre las cercadas aguas de las ingeniosas piscinas enrocadas. La vuelta fue por la Ribeira da Janela, en la que no faltó la explicación precisa sobre la ventana del roquedo aislado que nomina esa zona por parte del guía y alguna parada más para disfrutar de las cascadas que bajan de los numerosos veneros de la zona norte hasta Encumeada, la divisoria de aguas de este-oeste donde la laurisilva alcanza maravillosas densidades y donde el atento conductor recomendó al grupo con anunciada imparcialidad que hiciese las compras de recuerdos por ser el lugar más barato. Preferí disfrutar del desborde de agapantos de las cunetas y de los densos olores del bosque. Por la Serra de Água retornamos desde el norte del valle de Ribeira Brava hasta Cabo Giräo, desde cuya plataforma de suelo transparente a más de quinientos metros se puede ver la playa conocida como Faja dos padres y no deja de ser otro foco más de atracción de vistas de los altos acantilados. Con toda la delicadeza, el conductor ayudó a bajar del vehículo a los octogenarios británicos, un tanto ajados por la excursión rodada y los acompañó hasta el hall de su hotel. Gesto respetuoso que honró al Bardem de Funchal.

    Una vez vistas las tierras del este y del oeste de la isla desde el habitáculo de un vehículo, las ganas de patear algún sendero se acentúan. El arriero también ha de bajar a sentir la tierra bajo sus pies, dejar el pescante del carro, apostar por el camino en silencios, intentar al menos la conexión pedestre con el paisaje de origen volcánico bajo la densidad de sus bosques. La inmersión en la laurisilva ha de ser también guiada. Es casi imposible hacer una ruta por tu cuenta y bien se advierte en los folletos publicitarios. Diferentes alternativas y precios para cualquier necesidad. La ruta desde el Parque de Queimadas hasta el Caldeiräo Verde fue la que contratamos con otra empresa desde el mismo hotel. Esta vez la composición mayoritaria del grupo de senderistas era alemana. Nueve germanos, una pareja madura y dos familias con hijos adolescentes, una profesora universitaria de geografía de Madrid y una joven venezolana completamos el grupo dirigido por Cidonio, profesor de de Educación Física, buen conocedor y mejor comunicador. Seis horas entre la ida y la vuelta, tras aprovisionarnos de agua y de un bolo de miel, pastel típico a base de frutos secos en un supermercado de la multinacional Continente en el pueblo ya conocido de Santana. La subida no es difícil aunque el sendero paralelo a la acequia o levada es angosto en ocasiones y hay que atravesar algunos túneles excavados en la roca, de piso húmedo y salientes peligrosos en las paredes si no se presta atención. Hasta tres mil kilómetros constituyen esta red de levadas construidas para llevar el agua desde la vertiente norte a la vertiente sur desde el siglo XVII hasta mediados del siglo XX. El sistema de riego es alternante y regulado manualmente por los levadeiros o atandadores. Fue bajo el salazarismo cuando la red se hizo pública en su totalidad. En la actualidad, se integran a la perfección en la oferta para el turismo paseante. A lo largo del recorrido, las vistas hacia la ribeira de Santana y las hondas quebradas cubiertas del denso bosque de laureles ofrecen un regalo visual y aromático a los excursionistas, siempre que se atienda a la vez a lo resbaladizo del suelo y a las raíces a flor de superficie de las zonas más anchas de la vereda. La altura de determinados tramos muy estrechos sobre el vacío no la hacen apto para muy mayores ni para personas con vértigo. El afán de la joven venezolana de inmortalizar vanamente todas sus expresiones en la cámara del móvil, llegó a bloquear en ocasiones el caminar, interrumpiendo el disfrute pausado que esta naturaleza requiere. El caminar junto a los alemanes me confirma en la belleza de su idioma y en la predisposición casi mística hacia el bosque que estas familias de latitudes más frías demuestran. Al hilo de la corta experiencia como senderista guíado, me han informado de la importancia para la conservación del medio que tiene la pomba trocaz o paloma torcaz, ave endémica de Madeira y he identificado el alegre canto del pinzón o tentilhoes como es conocido aquí, pajarillo de vivos colores que se acerca sin miedo para aprovechar las migajas dejadas por los visitantes. La fuerza de la cascada que se despeña sobre el antiguo cráter del Caldeiräo Verde en una laguna helada fue una meta agradable en la ascensión, aunque te quedas con ganas de continuar en los senderos. Solo el ruido de la perorata interminable de la profesora de geografía con el guía supuso una nota discordante en la vuelta, cuando estás hecho a la caminata y te dejas ir en los pasos regulados y rítmicos del grupo que va integrándose con los sonidos del bosque. Pretendo empaparme de esta orografía transformada a lo largo de quinientos años por el ser humano constructor, explotador de sus semejantes, destructor, inteligente, vil, cruel, tenaz en sus empeños, capaz de tamaño esfuerzo y que hoy me permite el disfrute como caminante, aunque las divagaciones verborreicas sobre los grados universitarios de la referida docente no dejen de percutir con su ruido en la inmersión. La jornada senderista tuvo un broche culinario con una deliciosa cena en el restaurante Londres, recomendado por el primero de los guías, que dio de pleno en la diana de la buena cocina tradicional.

    En el antigua barrio de pescadores de Funchal, casas bajas y calles estrechas, de puertas decoradas con imágenes residuales del poshipismo, conviven las presiones carta en mano de los camareros a la masa de turistas para que ocupen los acosados veladores con las miradas turbias de los náufragos de adicciones varias, en un desagradable revoltijo de insistentes reclamos de los hosteleros, con las insistentes fotos a las puertas decrépitas redecoradas en tristes tonos naif, figuras de piratas y sirenas para obviar las ruinosas viviendas e ignorar la oscura presencia de algunos grupitos de marginados agazapados en sus miserias. Para agravar la sensación del fracaso social, los guías turísticos advierten a sus seguidores antes de entrar al Mercado dos lavradores de los posibles hurtos que pueden sufrir durante el recorrido por el edificio modernista proyectado por Edmundo Tavares en la década de los cuarenta. Poco antes he disfrutado de la visita sin notar tensión alguna en la clientela habitual. Pero este pobre rito de la levedad del turismo de masa requiere un poco de suspense y de la mirada desconfiada de unos a otros para dotar de singularidad a la anodina experiencia de mirar sin comprender, para asomarse a las realidades ajenas a través de los propios prejuicios. La exótica oferta de las fruterías con una panoplia extensa de colores y sabores desconocidos, de incógnitas flores endémicas y la riqueza de las plantas aromáticas y especias compensan la vulgar exhibición de objetos de corcho en las tiendas de souvenirs que compiten con las de la alimentación diaria. Como si del corcho se hubiese encontrado una feliz réplica en un material parecido capaz de nutrir todas las nuevas tiendas de recuerdos de Europa. Es imposible este crecimiento exponencial de la producción de los alcornocales mediterráneos.

    Sentado en un banco delantero de la Seo, más conocida por la torre del reloj que por su calidad artística, procuro apreciar la feliz resolución de la bóveda que acoge el altar y la sobriedad en el retablo. Pero a pesar de mi buena disposición estética, la infantilización de las tallas que lo completan me llevan a por otros derroteros. La presencia de locales de mediana edad de ambos sexos en una mañana de un día laborable es significativa. Allí quedan los fieles, unos, arrodillados en profundo silencio, otras, entregadas al bisbiseo de las plegarias en los labios, con miradas petitorias ante los santos pobrecitos. De la soledad del templo y tras el deleite de un café cortado en la terraza circular de la cafetería Penha dé Aguia, pasamos al ajetreo comercial de la parte antigua cruzando el puente de la Ribeira de Santa Luzia para pasear por la Rúa da Alfándega el eje más tradicional de esta ciudad que escala hacia los montes y se expandió desde la rada aprovechando dos ribeiras. Bastan dos días para entender su trazado y la función de avituallamiento de las flotas españolas y portuguesas en sus largos periplos. Parece ser que la isla mantuvo su importancias estratégica hasta principios del siglo XX y que la emigración masiva caracterizó a sus población hasta la década de los sesenta, cuando el turismo de lujo especialmente británico comienza a hacerla destino vacacional. En el presente, “The best island on the wordl” como refiere el penúltimo eslogan, no puede entenderse sin la presencia masiva del geronturismo al que se intenta añadir el de aventuras y naturaleza. Me pregunto cuánto tiempo podrá mantenerse esta presión turística sobre un medio natural tan delicado. En el caso de Funchal, su población de 112.000 habitantes cuenta con más de 30.000 plazas hoteleras, un 26% de población flotante. Mas de un millón trescientos mil visitas tuvo la isla el pasado año. Para preguntarse una vez más sobre las consecuencias del hecho turístico masivo en un territorio tan reducido.

    Vuelvo a las búsquedas estéticas, imbuido en la leve banalidad del turista en ejercicio. No encuentro ningún rasgo diferente en la arquitectura popular de las demás islas macaronesias. Quizás el uso del granito negro en los dinteles de los portales y en las jambas de las ventanas sobre las fachadas blancas, poco más. La segunda visita fue a la Igreja do Carmo. Para no quedar alejado del sentido devocional de los madeirenses, completamos las cuentas del rosario visitante subiendo hasta la iglesia matriz de la capital, la ermita de Nossa Senhora do Monte, según la información de último guía de un corto circuito regalado dentro del paquete de los tours del este y del oeste. Dispusimos de una hora para visitar a la santinha de la devoción popular en su sede. La talla de la Señora del Monte es tan pequeña que se guarda en el sagrario de un decadente altar reformado en la onda de un pomposo manierismo del XIX, flanqueado por una espantosa talla de la Virgen de Fátima con los tres pastorcitos del milagro elegidos de alguna juguetería de muñecos de terror de las posguerras del siglo pasado. En tan abigarrado espacio de culto, la guinda al pastel la pone una capilla lateral con el catafalco de Carlos I, el último titular nominal del imperio austrohúngaro que a la sazón murió allí en 1922. Posteriormente en 2004 fue beatificado por sus esfuerzos por evitar la Primera Gran Guerra. Allí yacen los restos del supuesto pacifista rodeado de estandartes imperiales y a los pies de una talla de un Cristo cuyo barniz da uniformidad a la madera del cuerpo, del madero y de las potencias. Alucinada visión de un dios fusionado en la materia de su tormento. Parece que la relación de Madeira con los miembros de la casa de los Austria es alargada, pues también la casquivana Isabel de Austria pasó dos temporadas en la isla. Nunca falta un ramillete de flores silvestres en la cursi estatua que la recuerda en los jardines del hotel, inspirada claro está, en la Sissi inmortalizada por Romy Schneider, siempre fresca y joven. En el mismo circuito regalado hicimos paradas en dos miradores periféricos de la capital, uno de ellos, el de la estatua de Cristo Rey, en la Ponta do Garajau, una ostentosa mole levantada en 1927, cuyo mayor mérito es ser anterior al de Río, según decía en tono cansino el guía-conductor mientras cuesteaba por las lujosa urbanización playera de Garajau. A su playa solo se puede acceder en barco o por teleférico.

    En la actualidad, el Monte es la freguesia de recreo y el punto de atracción turística más conocido de Funchal, la meta del vistoso funicular que recorre más de tres kilómetros y permite apreciar el trazado urbano y el aprovechamiento de cualquier porción del terreno para el cultivo en terrazas desde más de quinientos metros. En su entorno se ubica el Jardín Tropical y los Jardines públicos en la falda de la ermita. También es el punto de enlace con otro teleférico sobre una ribeira paralela para llegar al interesante Jardín Botánico. Más de cinco hectáreas sobre la falda de una ladera que fue propiedad de la familia Reid´s hasta 1936. En la antigua Quinta do bom sucesso, más de tres mil especies de todo el mundo y unas magníficas vistas de Funchal paseamos al día siguiente. En el Monte exhiben su pericia los cesteiros. Encargados de conducir los cestos tradicionales para vertiginosas bajadas de recreo turístico por las empinadas calles de la localidad. Presencié la agresión de uno de los más jóvenes a un compañero mayor ante la indiferencia de los demás, con tal violencia que creí que bromeaban. Gondoleros de las pendientes, vestidos de blanco, con canotiers y zapatones recauchutados al servicio del riesgo controlado para el recreo de los visitantes. Los cestos vuelven al punto de partida en una camioneta y los cesteiros en microbús. Pobres oficios adaptados a la industria del ocio.

    Aprovechamos la penúltima mañana en Funchal para visitar el museo de titularidad municipal dedicado a los hermanos Henrique y Francisco Franco, creadores plásticos de principios del siglo XX en el que se exponen buena parte de su obra. Me llegó la tristeza de los retratos femeninos de Henrique y su factura en el límite de la figuración frente a la tradición. De Francisco, el escultor, el trabajo entre planos y volúmenes y la fuerza de algún busto supera a las estatuas patrioteras de encargo, según muestran sus proyectos. Éramos los únicos visitantes de unas salas cuidadas aunque no espaciosas. Al parecer, no es un objetivo elegido por el turismo de circuitos, a pesar de la gratuidad del acceso y de la calidad de la producción de estos hermanos Franco.

    Debía ser el último día del viaje y después de una noche de mal dormir y de un desayuno frugal para evitar la pesadez de los excesos en el luminoso salón del hotel, vives las horas previas a la partida con adornos de nostalgia por lo mejor de lo vivido y aferrado a esos momentos que sepultarán las malas experiencias en cuanto el tiempo cumpla su poda de los recuerdos desagradables. Momentos para asumir el final de tu tiempo de geronturista, objeto final de una industria cuyo nivel de resultados son más simbólicos que materiales: hacer sentir al objeto-sujeto de decisiones previstas al consumir la experiencia ya definida con antelación. Última mañana en Funchal, al fresquito de una alta canhoneira en los cuidadísimos jardines de la Marina. Un imponente crucero, el “Aurora,” acaba de atracar en el puerto. Miles de turistas se dirigen prestos hacia las callejuelas del barrio de pescadores para el almuerzo típico. La maquinaria continua a pleno rendimiento.

    Con el debido tiempo llegamos al aeropuerto para el vuelo de vuelta. A las 17:50 estaba previsto el embarque para despegar a las 18:35. A las 18:10 se suprime el dato del tablero de información y se anuncia por megafonía que el embarque será a las 19:10. Empiezas a vivir con descreimiento y desesperación por lo repetido, el tiempo de espera. A las 19:20 vuelve a desaparecer el dato del tablero. Nadie de la empresa da explicación alguna. Al fin, una hora después estamos dentro del avión. El comandante cuenta la causa del retraso: un pájaro se ha introducido en la turbina del avión al despegar de Lisboa y ha habido que sustituir el aparato. Me pregunto si no hay halcones en todos los aeropuertos del mundo. Con toda seguridad pernoctaremos obligadamente en Lisboa. Al menos el despegue ha tenido la emoción de los primeros vuelos. Ante la incómoda noche a la vista aceptas con resignación la cena en el aire. Desperdicio de envases y de papel, porción mínima de queso, cinco galletitas saladas y el wrap o fajita de salmón ahumado acompañado por un té negro como el ánimo con el que enfrentas el obligado hospedaje lisboeta. Ha llegado el momento para ti de dejar de montar en avión, al menos de rechazar los vuelos en tránsito. Como se deja de fumar por motivos de salud, como se deja de conducir para no contribuir más a la destrucción del planeta. Dejar de volar para no sentirte humillado y manipulado como una marioneta.



                                                                                       Sevilla, 30 de agosto de 2019