sábado, 31 de agosto de 2019

En tránsitos a Madeira


                     En tránsitos a Madeira


     Un desastrado taxista, de vientre prominente y pelo blanco grasiento nos ha recogido en la zona de llegadas del aeropuerto Humberto Delgado de Lisboa a las once de la noche del 25 de julio. Nos ha llamado a gritos desde la acera contraria para que no confundiéramos el orden de los servicios, casi me quita de las manos el talón del hospedaje para localizar el hotel que nos ha adjudicado la TAP para descansar unas horas, antes de volver a las seis de la mañana al mismo aeropuerto para tomar el vuelo de regreso a Sevilla. Si el aspecto del conductor es sospechoso, su conducción ha sido temeraria. No se ha colocado el cinturón de seguridad, ha empezado la marcha manipulando y discutiendo con el GPS, no ha dejado de hablar consigo mismo en un monólogo alucinado mientras cambia de carril sin aviso de intermitentes, sortea con brusquedad a los demás automóviles que a esas hora circulan con rapidez por las carreteras periféricas de la capital lusa hasta llegar a la recepción del hotel Corinthia, abarrotada por varias colas de otros pasajeros ante los mostradores, también desplazados por los desarreglos horarios de diferentes vuelos. El taxista ha entrado en tromba saltándose cualquier orden de espera y ha conseguido hacer efectivo el importe estipulado por parte del hotel. Se ha despedido amistosamente de mí con una manotazo en la espalda y ha salido raudo a la caza de un nuevo cliente. A estas horas deberíamos estar atendiendo a la cinta transportadora del aeropuerto de San Pablo de Sevilla para recoger el equipaje. A estas horas, aquí estoy, incrédulo y cansado, revivo la mirada de terror de Irena durante la carrera, asida con fuerza a la agarradera trasera del auto verdinegro del taxista enloquecido, miro al cielo lisboeta desde la planta trece de un hotel impuesto en un día más, añadido al viaje por deferencia de la compañía de aviación comercial que como tantas, son imprescindibles para mantener esta extraña actividad que ha llegado a ser el turismo de masas.
     
    ¿Cuándo empieza el viaje? ¿Con la intención, con el deseo, con las expectativas generadas en la elección del destino? ¿Una vez cerrado el pago y dispuesto el equipaje? Preguntas como estas me hacía unos días antes, pensando ingenuamente desde una óptica pasada. Me recreaba por puro asueto en los pecios genéticos que aún perduren en el ADN de nuestra especie sobre los cientos de miles de años de nomadismo y los escasos milenios desde la sedentarización. Algo quedará de las largas caminatas prehistóricas que nos impulsa a cumplir con el desplazamiento estacional, aunque sea sometido a unas reglas muy definidas, las del mercado del ocio proletarizado. Sí, buscamos experiencias conformadas desde la gestión profesional, goces medidos y tasados. Sí, formamos parte del circuito vacacional masivo que en la segunda mitad del siglo XX tomó el relevo del gran tour que los hijos de las clases burguesas europeas habían empezado en la anterior centuria. Sí, somos elementos imprescindibles para el funcionamiento de la economía global del presente. En el viaje turístico la proyección de la felicidad encuentra su mejor expresión porque absorbe los rasgos más superficiales de la realidad y las encadena en la virtualidad conectiva de las redes sociales.

    ¿Cuándo empieza el viaje?

    En las horas previas he acudido a la consulta del médico de familia para pertrecharme de los medicamentos preventivos ante un asunto molesto de salud que pudiera condicionar mi estancia en la isla. La edad te hace meter en la maleta productos que hasta hace poco tiempo veías innecesarios.
Por una vez he pasado el control de embarque sin dificultad, no me han obligado a abrir la ligera mochila ni he tenido que someterme a ninguna humillación añadida al trámite, ya enojoso en sí. La mañana de la partida ha amanecido con brumas matinales, impropias de este tiempo, que dejan una luz gris sobre la rampa de pista en la que esperamos veinte minutos hasta que nos recoja la jardinera que nos acercará al bimotor Santarém de ochenta plazas, con llegada prevista a Lisboa a las once y cuarto. Las llanuras de la Campiña se desdibujan pronto bajos las nubes persistentes. La temperatura en cabina es excesivamente baja, pero la vista aérea del impresionante estuario del Tejo te hace olvidar el repelús del vuelo. Poco más de dos horas en la zona internacional y saldremos para Madeira. Ilusión vana.

(13:55)
Accedemos a la cabina del Airbús320 que debe despegar en diez minutos. Me ha tocado al lado de la puerta de emergencia de acceso libre y sin asiento delante, me prometía un cómodo vuelo...
(14:35)
Aún en tierra. Las explicaciones que dan por megafonía no son convincentes. Vagos problemas de tráfico aéreo...El pasaje comienza a dar muestras de inquietud educadamente. Necesidad de ir al baño, reparto de vasos de agua por parte de los auxiliares de vuelo. El ambiente se ha ido caldeando, la temperatura ha subido. Los miembros de una numerosa familia anglolusa sentada detrás de nuestra fila van perdiendo la compostura.
-Oh, my God! Grita la joven madre a la niñita que lleva un rato golpeando rítmicamente el respaldo de mi plaza.
-Open the window! Requiere la cría con desesperación sin dejar su baqueteo pedestre en el asiento delantero. La supuesta flema británica está a punto de saltar por los aires en el sopapo que le suelta la joven mamá.
Uno no quiere ser mal educado ni llamar la atención a la aspirante a la percusionista en ciernes.
No es la primera vez que recibo un NO mayúsculo, radical y rotundo como el que me ha dado una azafata cuando le he preguntado si habla español. Portugués o english ha respondido como un resorte. Estoy de acuerdo con la imagen negativa de los turistas españoles en el país vecino, pero no todos respondemos a tal prejuicio. Culpas históricas me lleven.
(15:00)
Se ha cumplido la primera hora. Afortunadamente la amplitud del habitáculo permite cierta comodidad en la postura. El ruido permanente en la cabina funciona como una carga narcótica para el adormecimiento del personal. El sistema de refrigeración deja de funcionar. Las frecuentes visitas a los servicios colapsan el pasillo.
(15:45)
Seguimos en tierra. Parece ser que los referidos problemas de tráfico aéreo impiden el despegue según nos ha explicado en español la única azafata que habla el idioma. Todo el personal auxiliar pide a cada pasajero que identifique sus bolsos de mano abriendo y cerrando una y otra vez las portezuelas de los maleteros. Las maniobras de distracción son cada vez más burdas. Algunos pasajeros se han cambiado de asiento, pero no justifica esta identificación gratuita. El sistema de refrigeración solo funciona a ratos.
(16:00)
En una comunicación breve y monótona, el comandante ha informado de que a los problemas de tráfico aéreo se ha añadido un incendio en la zona norte del aeropuerto y todos los vuelos han retrasado sus operaciones. Continuamos a la espera…
(16:30)
Una azafata ha hecho la pregunta tópica:
¿Hay un médico a bordo?
Un señor mayor con un bigote majestuoso y una camisa de cuadros de leñador se ha levantado desde las filas delanteras con cara de fastidio y le han indicado que se dirija a la cola de la cabina. Una mujer se ha desmayado. La curiosidad añadida al estado de inquietud generalizado hace subir la temperatura y empiezan a oírse todo tipo de comentarios. Cinco pasajeros han discutido con la tripulación mientras el doctor atiende a la enferma y han conseguido que les dejen bajar. A continuación, por el mismo acceso un equipo médico de urgencias del aeropuerto ha accedido a la nave. La atención al incidente sirve de entretenimiento hasta que media hora más tarde una ambulancia acude a recoger a la señora. El doctor viajero ha vuelto indiferente al asiento junto a su esposa.
(17:30)
La familia mixta lusobritánica no puede contener la desesperación de las criaturas. Al menos la percusionista ha entrado en un ligero sueño. Vuelves a sentirte una marioneta en el escenario de un transporte colectivo destructor del medio y denigrante para el individuo.
A las seis de la tarde nos anuncian la suspensión del vuelo y nos hacen dirigirnos hacia otra puerta de embarque en el que nos dicen que darán explicaciones. En el grupo de pasajeros ya se han establecido algunos vínculos de familiaridad tras las cuatro horas encerrados en un avión que no llegó a despegar. La larga espera no había originado respuestas de mala educación ni siquiera reivindicativas. Pero ante el mostrador, donde dos auxiliares de la compañía se encargan de asignar nuevas salidas en la misma tarde o adjudican los vales para pasar la noche en un hotel lisboeta sin explicación alguna sobre los criterios empleados. “¡Quítate tú pa ponerme yo!” Los intereses individuales se han desatado. Empujones, presión, no se respeta ninguna cola, quien estaba detrás ha pasado delante de ti a base de codazos. ¿Qué haces en medio de un grupo que te empuja y acosa con la insufrible indiferencia ante el otro que tiene el mismo derecho que tú a viajar? Y supongo que la mayoría lo hace por placer, ¿qué no podríamos hacer en un caso de verdadera necesidad? ¿Qué nivel de presión se vivirá en la estrechez de una patera? Preguntas que me producen un repentino cansancio que va más allá del incumplimiento del plan previsto para el día de la ida. Creo que sopesaré de ahora en adelante las ventajas e inconvenientes de viajar en avión.

    Tres años antes había vivido la experiencia de recorrer a toda prisa la terminal 1 del aeropuerto Humberto Delgado, siguiendo a un auxiliar de tierra de la TAP para ser llevado en autobús hasta un hotel en el que pasar la noche breve y volver al día siguiente muy temprano para coger un vuelo al pospuesto destino. Entonces fue a Ponta Delgada en la isla de Sao Miguel. Ahora, deberíamos coger el vuelo de las 7:30 con destino al aeropuerto de Funchal en la isla de Madeira. Cierre de ciclo de las visitas a las Macaronesias portuguesas y cierre de ciclo de mis vuelos con transbordo. Esta vez, la vivencia del recorrido por las instalaciones aeroportuarias no tendrá anotación jocosa. No esperaba ver la estatua del Marqués de Pombal en este viaje, pero el bus la ha rodeado para dejarnos en el hotel de la cadena Sana que nos servirá de apeadero forzado y del que saldremos muy pronto, otra vez más, para repetir el paseíllo por los corredores zizagueantes de las cintas hasta el control de seguridad. Las consecuentes hojas de reclamación cumplimentadas. La vista desde el aire de los azules del estuario del Tejo y sus puentes me reconcilian brevemente con el vuelo por sí mismo. Será la penúltima ocasión que pueda disfrutarlo. Deberíamos haber despertado en la Isla de las flores pero hemos visto amanecer desde el no-lugar de la sala de embarque. En la vivencia de un tiempo uniforme, en el tránsito de dos espacios y en lo efímero de la oferta del viaje. Desde las seis de la mañana se abren todas las tiendas, todas las marcas de complementos y modas de pseudolujo exponen sus muestras, bisutería y joyas asequibles, bebidas y recuerdos presentados por dependientes de imagen trabajada como intermedio preciso para favorecer el deseo hacia el innecesario objeto. La intensidad monocorde de la luz hace olvidar el ciclo natural del día y de la noche. Los pasajeros, meros portadores de su ansia de tránsito quedan absolutamente sometidos al vaivén del no-lugar sin tiempo. Solo los que malduermen sus esperas en cómodos sillones o en improvisados descansaderos recuerdan a los recién llegados del exterior que las categorías normalizadas de los acontecimientos pueden romperse en cualquier momento. Aeropuerto. En la primera jornada había pasado más de siete horas en un avión, cuatro de ellas inmovilizado en la pista y más de ocho en dos aeropuertos. Solo habían quedado nueve exentas del sistema de transporte de masas más contaminante y sin duda, también me había afectado a la percepción del mundo.

    La intensidad del aplauso de los pasajeros al comandante, investido casi con la aureola de héroe, tras el aterrizaje en el aeropuerto de Madeira, ha sido una muestra espontánea de agradecimiento y de alivio por la dificultad que la operación encierra. Ha girado 180º para encarar la única pista de no más de 1800 metros que caracteriza al recién bautizado aeropuerto con el nombre de Cristiano Ronaldo. Parece que todos los pasajeros han leído sobre la requerida experiencia de los pilotos para llegar hasta aquí. Nuevas leyendas en viejos moldes. Una vez pasado el denso manto de nubes bajas, los perfiles abruptos de las Islas Desiertas y de Las Salvajes anunciaron la cercanía de la isla de destino. Desde el NE, la visión desde la ventanilla de la Ponta de Säo Lourenço con su extrema sequedad y sus oscuros acantilados puede llevar a engaño sobre la vegetación del resto del territorio. Las empinadas laderas de las riberas sobre las que serpentean las viviendas de Machico y Santa Cruz y la proliferación de cultivos en terrazas por todas partes confirman la falsa impresión de la aridez del extremo oriental.

    Es tan frustrante llegar un día después al destino que el hecho de haber podido recoger la maleta facturada en origen sin dificultad te resulta un gran alivio. El transporte contratado para el transporte a Funchal no ha aparecido: no pasa nada. Las dependencias del recogido aeropuerto son manejables. Gestionas un taxi, cuyo el importe nos será devuelto por la agencia del operador. Has llegado al fin. El hecho de que el taxista haya conducido hasta el hotel como un niñato exhibicionista por los túneles que anulan los saltos de los acantilados no tiene importancia. El hecho de que en el hotel hayamos tenido que esperar porque nuestra llegada ha sido más tardía no supone ningún contratiempo. La pausada gestión del recepcionista es achacable al ritmo lento de la insularidad según los más trillados tópicos. Y llegan las primeras impresiones del medio desde el hotel encargado a Niemeyer en 1966. La impronta vanguardista de su planta curvilínea, el complemento de un edificio destinado a casino aunque concebido como cine por el maestro brasileño, su ubicación privilegiada junto al parque de Santa Catarina y a la casa de la presidencia de la región abren perspectivas a una estadía agradable. Pertenece a una de las empresas significativas del oligopolio hostelero de esta ciudad que en principio solo llama la atención por la acumulación de edificios mastondónticos de grandes cadenas hoteleras. Desde la terraza de nuestra habitación el panorama no es muy alentador. Balconadas de otros hoteles y apartamentos sobrepuestos, hacia la derecha se atisba la montaña, hacia la izquierda asoma una esquina del Atlántico. Afortunadamente, la profusa vegetación compone diversos verdes que ayudan a digerir el paisaje hosterizado de la capital madeirense.

    Hay que regular la descompensación horaria del retraso y salimos hacia el casco antiguo para cumplir con el primer almuerzo isleño. Entramos al restaurante O lampiäo, a la espalda de la catedral porque solo había fuchalenses. Pruebas el bollo do caco tradicional, las lapas típicas o el pez de espada con banana que hacen olvidar los agobios del trayecto. Después de una imprescindible siesta, salimos para pasear hacia la zona este por la avenida do Almirante y la Estrada Monumental con la intención de recorrer la línea de costa urbana y de acercarnos a las calas incrustadas en los acantilados. Frustración primera, los pasos a la costa son inaccesibles al público. Los atractivos paisajísticos de esta isla, publicitada como la mejor del mundo en no pocos folletos y campañas de promoción, las bondades de su clima subtropical y la estabilidad política actual del país al que pertenece desde hace seiscientos años han convertido el territorio urbano de Funchal en un claro ejemplo de los efectos de un urbanismo especulador, sujeto a las leyes del mercado del turismo global y alejado del interés público. Las grandes edificaciones de las cadenas hoteleras, Pestana, Savoy, Carlson, Lydo… flanquean con su apabullantes moles las estrechas aceras de la línea cercana a la costa, entre bloques recientes de apartamentos levantados sin mesura y una pobre oferta de restaurantes con afán internacional unos o con atributos regionales otros. Si no fuese suficiente con la aglomeración de la oferta al turista, en las rúas perpendiculares que desembocan a esa desdichada avenida se erigen horrorosos edificios pastiches que pretenden ser villas con encanto enfocadas hacia la hostelería y a la restauración, con nombres pomposos y cartas caducas respecto a los modos culinarios del presente. El tráfico de utilitarios con muchos años de rodaje, de los ruidosos buses del transporte público, de las innumerables furgonetas dedicadas a la realización de tours por la isla, con breves paradas en los rincones más atractivos para cumplir con las fotos de rigor, que no dejan de ser los únicos vehículos renovados del parque insular y una común conducción temeraria por parte de todos, constituyó con sus notas discordantes la banda sonora del difícil paseo a pie hasta el extremo oeste de la capital. Solo al acercase a la zona antigua vuelven los peatones a las aceras, parejas uniformadas de turistas mayores que caminan lentamente para dirigirse a la cena en los locales típicos del barrio de pescadores. Si acaso, grupos familiares de edad media, la mayoría alemanes, con hijos niños o adolescentes aportan alguna variedad cronológica al geronturismo mayoritario en el que tendré ocasión de sumergirme durante la estancia. Una jornada deslavazada y larga para este geronturista que no cumplirá ya sesenta y al que ahora asedia el sueño pronto.

    La primera excursión, el tour del este- nordeste, nos la ofreció a poco de llegar la misma empresa que no estuvo en el aeropuerto. Un joven venezolano de padre madeirense, ejemplo de la segunda generación de inmigrantes de vuelta a la isla, se encargó de convencernos para contratar el paquete de varios recorridos. No será el único venezolano con el que tratemos en este viaje. Camareras de hotel, encargados de cafeterías, trabajadores de mantenimiento o residentes haciendo rutas por las levadas, todos de orígenes isleños y satisfechos de haber recalado en la tierra de los ancestros ante el desastre que vive Venezuela. Supongo que la integración de la comunidad venezolana en Madeira será positiva y ayudará a desmontar estereotipos respecto a lo hispano. Así que, superando los propios prejuicios contra las excursiones dirigidas, en la primera mañana funchalense, hemos subido a un vehículo monovolumen de diez plazas, conducido por Manoel Santana, junto a dos parejas más. Una de Granada, de mediana edad, cuya primera expresión es de alegría por ser todos españoles (me da mala espina su contento por la homogeneidad patriótica), y otra de Tenerife, también mayores de sesenta que se acribillarán a selfies a los largo del día. Lo reducido del grupo obliga a compartir la jornada viajera. Poco a poco el guía va comentando detalles de interés, anécdotas curiosas o nimias de la ruta y expresando algunas opiniones comunes sobre la política y los políticos que no viene al caso. La primera parada la hacemos en el Miradouro de Francisco Alvares Nóbrega, poeta local conocido como el Camoes Pequenho. Un pilar central de bronce con un soneto del autor de loa a su patria chica es el motivo para apreciar desde allí el conjunto urbano de Machico, la primera capital de la isla. Me enteraré más tarde que fue perseguido por la Inquisición y que se suicidó joven. Similar final al de Antero de Quental, poeta insigne de Sao Miguel, la principal isla de Las Azores. Curiosos meandros de la literatura y la muerte en las islas macaronesias. Cercana a los treinta mil habitantes, Machico conserva un aire recoleto y villas señoriales entre “La refriega de los altos acantilados.”Mas no hay tiempo para recrearse en las vistas, se supone que el grupo de excursionistas ha cumplido con el rito de las fotografías y hay que continuar la ruta. Siguiendo la costa sureste llegamos a una paisaje desolado y seco. La Ponta de Säo Lourenço, un cabo de acantilados abruptos y tierras rojizas azotado por los vientos en la mañana fresca en la que hacemos la segunda y breve parada. Más fotos y más grupos de excursionistas repitiendo las mismas conductas. Mirar, fotografiar y fotografiarse.

    Hasta Porto da Cruz por antiguas carreteras estrechas en un brusco cambio de paisaje. Después de las laderas áridas del cabo oriental, fue impactante la inmersión casi sin transición gradual en la densa vegetación subtropical. Las servicias del viaje organizado se imponen. El guía aparca en un antigua planta de transformación de caña de azúcar, Ingenho do Norte, recuperada y puesta en funcionamiento por iniciativa privada como bien se encarga de repetir Manoel. La exposición para el turismo es el primer objetivo y el especial ron insular 970 allí fabricado, el objeto del deseo. Aneja al ingenio, la tienda para la degustación en escasísima muestra, las galletitas de miel y diferentes pruebas de la bebida fuerte insular, la poncha, aguardiente con limón, naranja o maracuyá, a dos euros la copa. Un lingotazo seco a las once de la mañana gris para buscar otras luces al día y un paseo breve por la playa de piedras negras amparada bajo la Penha de Águila, enorme roca que resisitió la erosión y alcanza quinientos ochenta metros sobre el nivel del mar. El océano sigue en un tono oscuro a pesar de la falsa luminosidad de la poncha y de la espuma de las olas sobre las que chapotean jóvenes aprendices de una escuela de surf, embutidos en neopreno entre risas y zambullidas. Santana, localidad costera, de calles limpias y profusión de orquídeas en los parterres, popularizada para el turismo porque conserva numerosas muestras de casas tradicionales madeirenses, la mayor parte reconstruidas, con cubiertas a dos aguas hasta el suelo y estructura de madera, fue la parada para el almuerzo. Al no haberlo contratado con la empresa tuvimos oportunidad de degustar la mejor espetada, el plato típico a base de carne de vaca a la plancha en pincho de laurel y abundante guarnición con legumbres, ensalada y patatas dulces o batatas en la plaza del pueblo. Se celebraba un festival gastronómico regional y tal evento nos vino a pedir de boca. En la caseta de La Casa da Chá de Faial cumplimos golosamente con el empeño de conocer la cocina tradional. De vuelta al monovolumen, el resto del grupo formaba ya un compacto bloque de amistades recién nacidas al calor de la jornada viajera. Y Faial, el pueblo de origen de nuestro buen yantar, fue el eslabón de la ruta por Ribeiro Frío hasta el Pico de Areeiro en la dorsal central, el segundo en altura de la isla, donde el bosque desaparece y desde los escasos prados se puede apreciar su especial conjunción geológica y entender la belleza de este macizo volcánico. Una última parada en Poiso dentro del Parque Ecológico de Funchal nos permitió caminar durante media hora por uno de los ansiados senderos paralelos a las levadas, esas nombradas acequias cuya red de tres mil kilómetros recorren la isla de norte a sur. Tendríamos ocasión de hacer una ruta a pie por ellas, teníamos que conocer más de esta obra de ingeniería y tozudez. La presión del grupo impera y el tiempo del paseo ha pasado pronto. Hay que volver al punto de partida, se acaba pronto el recreo. - ¡Niños a clase! Aún con la belleza de las cumbres sobre las nubes bajas en la retina, me doy de bruces con la realidad más triste en la vuelta Funchal. Han pasado tres años del gran incendio que trastornó el delicado equilibrio del bosque de laurisilva de la mitad sur de la isla y solo matorral cubre las laderas pardas de las ribeiras. Cuando redacto estas notas, aún quedan rescoldos de un gran incendio en la isla de Gran Canarias y las noticias que llegan del desastre agrogenocida de la Amazonia apabullan por su extensión e intencionalidad. A las cinco, cumplida la ruta prevista, nos devolvieron al hotel. Paseamos en la tarde por la marina de Funchal en un intento de captar el aire portuario de los límites de la ciudad levantada en campos de hinojos. Las lagartijas abundan por los muelles, las aceras y los parques.

    Con la contratación de la ruta del oeste-noroeste completaríamos a grandes rasgos una visión del territorio insular. Otro monovolumen, otro guía que se presenta como Rafael aunque “los amigos me llaman Bardem por parecerme al actor español,” comenta al grupo de ocho excursionistas del día con una sonrisa de boca desdentada y modales cuidados para las edades a las que se dirige en su comunicación bilingüe. Esta vez vamos al 50% entre británicos octogenarios y sexagenarios españoles, geronturismo a tope para ser llevados con cariño en la conducción y en la comunicación profesional. A las diez hemos hecho la primera parada de media hora para pasear por Ribeira Brava. Una población tranquila en la mañana de domingo con ceremonia religiosa solemne en su iglesia, con numerosas plantas en la nave central y curiosa fachada asimétrica en tres cuerpos. La factura de su retablo barroquizante es de una factura más sobria que los del continente ye incluso menos cargante que los de las Azores. Los ritos de la liturgia llegan hasta la plaza desde la que la siguen un buen grupo de feligreses y algunos turistas que no han conseguido acceder al interior. La religiosidad de los isleños es patente, la presencia de tipos humanos marginales también. Aquí se constata el aprovechamiento total de las tierras en bancales o poios para el cultivo de plataneras, batatas y cualquier otra legumbre. Las terrazas se despeñan por las laderas del alto valle y cierran las rúas transversales al río, en la actualidad con un caudal escaso. Un modesto mercado de frutas, legumbres y especias, abierto al público a pesar de la festividad, ofrecía su modesta oferta a la corta clientela local. Seguimos bordeando la costa sur, dejando la Ponta do Sol, así llamada porque una roca aislada en el océano no deja de recibir sus rayos a lo largo del día. Curiosidades nimias, información local sin trascendencia para conformar la pequeña historia del día.

    En Madalena do Mar nos desviamos hacia el interior para la única meseta madeirense conocida como Paúl da Serra a 1500 metros. Antes hemos paseado por los estrechos carriles de las extensas plantaciones de plátanos que caracterizan la localidad costera. Con los datos aportados por el guía y por la pareja tinerfeña con la que hemos vuelto a coincidir en esta ruta por el oeste, he aprendido toda una lección vívida sobre cultivos subtropicales. Del sistema de cosecha de las plataneras, del régimen de propiedad, de las señales para aprovechar el único racimo anual de cada planta, de su rápido crecimiento, de las cualidades del fruto según la ubicación del cultivo, de los sabores según el moteado de la piel y del tamaño...Y ya lanzados en la comunicación de sus conocimientos, sabiéndose escuchados con atención, los tinerfeños se extienden en la información sobre la condición de planta silvestre del ñame y su manera de cocinarlo en Canarias para la cena de Nochebuena, sobre las clases de papayas y sus combinaciones gastronómicas. Placeres modestos de aprendizajes de modos culturales que también ofrece el turismo de masas. En la condición del geronturista prima más la vista y la escucha que la experiencia física. Cuando nos desplazamos por los altos llanos de Paúl da Serra, nos ha adelantado un jeep de supuesto safari en cuya trasera brincan imprudentemente varios jóvenes turistas. Otras alternativas de consumo según las edades. Las pocas vacas libres de la isla pastan en estos prados. En el café de Rabaçal, anexo al único establecimiento hostelero de este mínimo altiplano, se encarga de las brasas un venezolano más de segunda generación, que a poco de ser inquirido por su situación, manifiesta con crudeza la rabia por su país y su contento por haber sido acogido en la tierra paterna por el propietario, también venezolano, como bien demuestran dos enormes banderas prendidas en la techumbre. la portuguesa y la tricolor de las ocho estrellas. - Aquí soy libre, aquí me siento seguro y tranquilo y duermo con la ventana abierta. ¿Saben quien es una de las grandes fortunas del mundo? La hija de Chávez.- Afirma con la arrogante mirada del despecho. Después se vuelve para la preparación de la plancha.

    Porto Moniz, en el extremo noroeste, al que descendemos después de la parada de rigor en el miradouro para las obligadas fotos, es un ejemplo plástico de urbanismo integrador entre la montaña y el océano. La diversidad de los azules, el perfil rotundo del islote de Moles, el impacto de las olas contra la barrera de rocas volcánicas que cierran sus piscinas naturales, dispuestas para el recreo y el baño público ofrecían ese mediodía una estampa perdurable. Allí biencomimos en el restaurante “Orcas” en un amplísimo salón volcado sobre las cercadas aguas de las ingeniosas piscinas enrocadas. La vuelta fue por la Ribeira da Janela, en la que no faltó la explicación precisa sobre la ventana del roquedo aislado que nomina esa zona por parte del guía y alguna parada más para disfrutar de las cascadas que bajan de los numerosos veneros de la zona norte hasta Encumeada, la divisoria de aguas de este-oeste donde la laurisilva alcanza maravillosas densidades y donde el atento conductor recomendó al grupo con anunciada imparcialidad que hiciese las compras de recuerdos por ser el lugar más barato. Preferí disfrutar del desborde de agapantos de las cunetas y de los densos olores del bosque. Por la Serra de Água retornamos desde el norte del valle de Ribeira Brava hasta Cabo Giräo, desde cuya plataforma de suelo transparente a más de quinientos metros se puede ver la playa conocida como Faja dos padres y no deja de ser otro foco más de atracción de vistas de los altos acantilados. Con toda la delicadeza, el conductor ayudó a bajar del vehículo a los octogenarios británicos, un tanto ajados por la excursión rodada y los acompañó hasta el hall de su hotel. Gesto respetuoso que honró al Bardem de Funchal.

    Una vez vistas las tierras del este y del oeste de la isla desde el habitáculo de un vehículo, las ganas de patear algún sendero se acentúan. El arriero también ha de bajar a sentir la tierra bajo sus pies, dejar el pescante del carro, apostar por el camino en silencios, intentar al menos la conexión pedestre con el paisaje de origen volcánico bajo la densidad de sus bosques. La inmersión en la laurisilva ha de ser también guiada. Es casi imposible hacer una ruta por tu cuenta y bien se advierte en los folletos publicitarios. Diferentes alternativas y precios para cualquier necesidad. La ruta desde el Parque de Queimadas hasta el Caldeiräo Verde fue la que contratamos con otra empresa desde el mismo hotel. Esta vez la composición mayoritaria del grupo de senderistas era alemana. Nueve germanos, una pareja madura y dos familias con hijos adolescentes, una profesora universitaria de geografía de Madrid y una joven venezolana completamos el grupo dirigido por Cidonio, profesor de de Educación Física, buen conocedor y mejor comunicador. Seis horas entre la ida y la vuelta, tras aprovisionarnos de agua y de un bolo de miel, pastel típico a base de frutos secos en un supermercado de la multinacional Continente en el pueblo ya conocido de Santana. La subida no es difícil aunque el sendero paralelo a la acequia o levada es angosto en ocasiones y hay que atravesar algunos túneles excavados en la roca, de piso húmedo y salientes peligrosos en las paredes si no se presta atención. Hasta tres mil kilómetros constituyen esta red de levadas construidas para llevar el agua desde la vertiente norte a la vertiente sur desde el siglo XVII hasta mediados del siglo XX. El sistema de riego es alternante y regulado manualmente por los levadeiros o atandadores. Fue bajo el salazarismo cuando la red se hizo pública en su totalidad. En la actualidad, se integran a la perfección en la oferta para el turismo paseante. A lo largo del recorrido, las vistas hacia la ribeira de Santana y las hondas quebradas cubiertas del denso bosque de laureles ofrecen un regalo visual y aromático a los excursionistas, siempre que se atienda a la vez a lo resbaladizo del suelo y a las raíces a flor de superficie de las zonas más anchas de la vereda. La altura de determinados tramos muy estrechos sobre el vacío no la hacen apto para muy mayores ni para personas con vértigo. El afán de la joven venezolana de inmortalizar vanamente todas sus expresiones en la cámara del móvil, llegó a bloquear en ocasiones el caminar, interrumpiendo el disfrute pausado que esta naturaleza requiere. El caminar junto a los alemanes me confirma en la belleza de su idioma y en la predisposición casi mística hacia el bosque que estas familias de latitudes más frías demuestran. Al hilo de la corta experiencia como senderista guíado, me han informado de la importancia para la conservación del medio que tiene la pomba trocaz o paloma torcaz, ave endémica de Madeira y he identificado el alegre canto del pinzón o tentilhoes como es conocido aquí, pajarillo de vivos colores que se acerca sin miedo para aprovechar las migajas dejadas por los visitantes. La fuerza de la cascada que se despeña sobre el antiguo cráter del Caldeiräo Verde en una laguna helada fue una meta agradable en la ascensión, aunque te quedas con ganas de continuar en los senderos. Solo el ruido de la perorata interminable de la profesora de geografía con el guía supuso una nota discordante en la vuelta, cuando estás hecho a la caminata y te dejas ir en los pasos regulados y rítmicos del grupo que va integrándose con los sonidos del bosque. Pretendo empaparme de esta orografía transformada a lo largo de quinientos años por el ser humano constructor, explotador de sus semejantes, destructor, inteligente, vil, cruel, tenaz en sus empeños, capaz de tamaño esfuerzo y que hoy me permite el disfrute como caminante, aunque las divagaciones verborreicas sobre los grados universitarios de la referida docente no dejen de percutir con su ruido en la inmersión. La jornada senderista tuvo un broche culinario con una deliciosa cena en el restaurante Londres, recomendado por el primero de los guías, que dio de pleno en la diana de la buena cocina tradicional.

    En el antigua barrio de pescadores de Funchal, casas bajas y calles estrechas, de puertas decoradas con imágenes residuales del poshipismo, conviven las presiones carta en mano de los camareros a la masa de turistas para que ocupen los acosados veladores con las miradas turbias de los náufragos de adicciones varias, en un desagradable revoltijo de insistentes reclamos de los hosteleros, con las insistentes fotos a las puertas decrépitas redecoradas en tristes tonos naif, figuras de piratas y sirenas para obviar las ruinosas viviendas e ignorar la oscura presencia de algunos grupitos de marginados agazapados en sus miserias. Para agravar la sensación del fracaso social, los guías turísticos advierten a sus seguidores antes de entrar al Mercado dos lavradores de los posibles hurtos que pueden sufrir durante el recorrido por el edificio modernista proyectado por Edmundo Tavares en la década de los cuarenta. Poco antes he disfrutado de la visita sin notar tensión alguna en la clientela habitual. Pero este pobre rito de la levedad del turismo de masa requiere un poco de suspense y de la mirada desconfiada de unos a otros para dotar de singularidad a la anodina experiencia de mirar sin comprender, para asomarse a las realidades ajenas a través de los propios prejuicios. La exótica oferta de las fruterías con una panoplia extensa de colores y sabores desconocidos, de incógnitas flores endémicas y la riqueza de las plantas aromáticas y especias compensan la vulgar exhibición de objetos de corcho en las tiendas de souvenirs que compiten con las de la alimentación diaria. Como si del corcho se hubiese encontrado una feliz réplica en un material parecido capaz de nutrir todas las nuevas tiendas de recuerdos de Europa. Es imposible este crecimiento exponencial de la producción de los alcornocales mediterráneos.

    Sentado en un banco delantero de la Seo, más conocida por la torre del reloj que por su calidad artística, procuro apreciar la feliz resolución de la bóveda que acoge el altar y la sobriedad en el retablo. Pero a pesar de mi buena disposición estética, la infantilización de las tallas que lo completan me llevan a por otros derroteros. La presencia de locales de mediana edad de ambos sexos en una mañana de un día laborable es significativa. Allí quedan los fieles, unos, arrodillados en profundo silencio, otras, entregadas al bisbiseo de las plegarias en los labios, con miradas petitorias ante los santos pobrecitos. De la soledad del templo y tras el deleite de un café cortado en la terraza circular de la cafetería Penha dé Aguia, pasamos al ajetreo comercial de la parte antigua cruzando el puente de la Ribeira de Santa Luzia para pasear por la Rúa da Alfándega el eje más tradicional de esta ciudad que escala hacia los montes y se expandió desde la rada aprovechando dos ribeiras. Bastan dos días para entender su trazado y la función de avituallamiento de las flotas españolas y portuguesas en sus largos periplos. Parece ser que la isla mantuvo su importancias estratégica hasta principios del siglo XX y que la emigración masiva caracterizó a sus población hasta la década de los sesenta, cuando el turismo de lujo especialmente británico comienza a hacerla destino vacacional. En el presente, “The best island on the wordl” como refiere el penúltimo eslogan, no puede entenderse sin la presencia masiva del geronturismo al que se intenta añadir el de aventuras y naturaleza. Me pregunto cuánto tiempo podrá mantenerse esta presión turística sobre un medio natural tan delicado. En el caso de Funchal, su población de 112.000 habitantes cuenta con más de 30.000 plazas hoteleras, un 26% de población flotante. Mas de un millón trescientos mil visitas tuvo la isla el pasado año. Para preguntarse una vez más sobre las consecuencias del hecho turístico masivo en un territorio tan reducido.

    Vuelvo a las búsquedas estéticas, imbuido en la leve banalidad del turista en ejercicio. No encuentro ningún rasgo diferente en la arquitectura popular de las demás islas macaronesias. Quizás el uso del granito negro en los dinteles de los portales y en las jambas de las ventanas sobre las fachadas blancas, poco más. La segunda visita fue a la Igreja do Carmo. Para no quedar alejado del sentido devocional de los madeirenses, completamos las cuentas del rosario visitante subiendo hasta la iglesia matriz de la capital, la ermita de Nossa Senhora do Monte, según la información de último guía de un corto circuito regalado dentro del paquete de los tours del este y del oeste. Dispusimos de una hora para visitar a la santinha de la devoción popular en su sede. La talla de la Señora del Monte es tan pequeña que se guarda en el sagrario de un decadente altar reformado en la onda de un pomposo manierismo del XIX, flanqueado por una espantosa talla de la Virgen de Fátima con los tres pastorcitos del milagro elegidos de alguna juguetería de muñecos de terror de las posguerras del siglo pasado. En tan abigarrado espacio de culto, la guinda al pastel la pone una capilla lateral con el catafalco de Carlos I, el último titular nominal del imperio austrohúngaro que a la sazón murió allí en 1922. Posteriormente en 2004 fue beatificado por sus esfuerzos por evitar la Primera Gran Guerra. Allí yacen los restos del supuesto pacifista rodeado de estandartes imperiales y a los pies de una talla de un Cristo cuyo barniz da uniformidad a la madera del cuerpo, del madero y de las potencias. Alucinada visión de un dios fusionado en la materia de su tormento. Parece que la relación de Madeira con los miembros de la casa de los Austria es alargada, pues también la casquivana Isabel de Austria pasó dos temporadas en la isla. Nunca falta un ramillete de flores silvestres en la cursi estatua que la recuerda en los jardines del hotel, inspirada claro está, en la Sissi inmortalizada por Romy Schneider, siempre fresca y joven. En el mismo circuito regalado hicimos paradas en dos miradores periféricos de la capital, uno de ellos, el de la estatua de Cristo Rey, en la Ponta do Garajau, una ostentosa mole levantada en 1927, cuyo mayor mérito es ser anterior al de Río, según decía en tono cansino el guía-conductor mientras cuesteaba por las lujosa urbanización playera de Garajau. A su playa solo se puede acceder en barco o por teleférico.

    En la actualidad, el Monte es la freguesia de recreo y el punto de atracción turística más conocido de Funchal, la meta del vistoso funicular que recorre más de tres kilómetros y permite apreciar el trazado urbano y el aprovechamiento de cualquier porción del terreno para el cultivo en terrazas desde más de quinientos metros. En su entorno se ubica el Jardín Tropical y los Jardines públicos en la falda de la ermita. También es el punto de enlace con otro teleférico sobre una ribeira paralela para llegar al interesante Jardín Botánico. Más de cinco hectáreas sobre la falda de una ladera que fue propiedad de la familia Reid´s hasta 1936. En la antigua Quinta do bom sucesso, más de tres mil especies de todo el mundo y unas magníficas vistas de Funchal paseamos al día siguiente. En el Monte exhiben su pericia los cesteiros. Encargados de conducir los cestos tradicionales para vertiginosas bajadas de recreo turístico por las empinadas calles de la localidad. Presencié la agresión de uno de los más jóvenes a un compañero mayor ante la indiferencia de los demás, con tal violencia que creí que bromeaban. Gondoleros de las pendientes, vestidos de blanco, con canotiers y zapatones recauchutados al servicio del riesgo controlado para el recreo de los visitantes. Los cestos vuelven al punto de partida en una camioneta y los cesteiros en microbús. Pobres oficios adaptados a la industria del ocio.

    Aprovechamos la penúltima mañana en Funchal para visitar el museo de titularidad municipal dedicado a los hermanos Henrique y Francisco Franco, creadores plásticos de principios del siglo XX en el que se exponen buena parte de su obra. Me llegó la tristeza de los retratos femeninos de Henrique y su factura en el límite de la figuración frente a la tradición. De Francisco, el escultor, el trabajo entre planos y volúmenes y la fuerza de algún busto supera a las estatuas patrioteras de encargo, según muestran sus proyectos. Éramos los únicos visitantes de unas salas cuidadas aunque no espaciosas. Al parecer, no es un objetivo elegido por el turismo de circuitos, a pesar de la gratuidad del acceso y de la calidad de la producción de estos hermanos Franco.

    Debía ser el último día del viaje y después de una noche de mal dormir y de un desayuno frugal para evitar la pesadez de los excesos en el luminoso salón del hotel, vives las horas previas a la partida con adornos de nostalgia por lo mejor de lo vivido y aferrado a esos momentos que sepultarán las malas experiencias en cuanto el tiempo cumpla su poda de los recuerdos desagradables. Momentos para asumir el final de tu tiempo de geronturista, objeto final de una industria cuyo nivel de resultados son más simbólicos que materiales: hacer sentir al objeto-sujeto de decisiones previstas al consumir la experiencia ya definida con antelación. Última mañana en Funchal, al fresquito de una alta canhoneira en los cuidadísimos jardines de la Marina. Un imponente crucero, el “Aurora,” acaba de atracar en el puerto. Miles de turistas se dirigen prestos hacia las callejuelas del barrio de pescadores para el almuerzo típico. La maquinaria continua a pleno rendimiento.

    Con el debido tiempo llegamos al aeropuerto para el vuelo de vuelta. A las 17:50 estaba previsto el embarque para despegar a las 18:35. A las 18:10 se suprime el dato del tablero de información y se anuncia por megafonía que el embarque será a las 19:10. Empiezas a vivir con descreimiento y desesperación por lo repetido, el tiempo de espera. A las 19:20 vuelve a desaparecer el dato del tablero. Nadie de la empresa da explicación alguna. Al fin, una hora después estamos dentro del avión. El comandante cuenta la causa del retraso: un pájaro se ha introducido en la turbina del avión al despegar de Lisboa y ha habido que sustituir el aparato. Me pregunto si no hay halcones en todos los aeropuertos del mundo. Con toda seguridad pernoctaremos obligadamente en Lisboa. Al menos el despegue ha tenido la emoción de los primeros vuelos. Ante la incómoda noche a la vista aceptas con resignación la cena en el aire. Desperdicio de envases y de papel, porción mínima de queso, cinco galletitas saladas y el wrap o fajita de salmón ahumado acompañado por un té negro como el ánimo con el que enfrentas el obligado hospedaje lisboeta. Ha llegado el momento para ti de dejar de montar en avión, al menos de rechazar los vuelos en tránsito. Como se deja de fumar por motivos de salud, como se deja de conducir para no contribuir más a la destrucción del planeta. Dejar de volar para no sentirte humillado y manipulado como una marioneta.



                                                                                       Sevilla, 30 de agosto de 2019

sábado, 9 de marzo de 2019

Sub nebula emeritae




     El puente de Lusitania fue una flecha en la niebla, opaca en su blancura opresiva en ese mañana de diciembre. Mañana serena en autobús de línea desde la estación de Plaza de Armas de Sevilla, en la ribera izquierda del Guadalquivir hasta la Emérita Augusta, levantada entre  la afluencia del Albarregas y el meandro del Guadiana. La capital política de la comunidad extremeña, sede de la Junta autonómica, no tiene más atractivo que la magnificencia de su pasado. La civilización que asentó la solemnidad de un espacio proyectado hacia el futuro se enaltece con el paso del tiempo  frente al presente de una temporalidad sin raíces, móvil y vacua. En El clavo ardiendo  recuperamos el calor perdido en la travesía de la niebla que persistiría durante toda la jornada. Desde aquel bareto con ansias de antro roquero y adornos de guirnaldas de plástico, llegamos a la Plaza de España, eje central de la ciudad.    La plaza, adornada con una de tantas esferas luminosas instaladas en tantos pueblos y ciudades por estas fiestas entrañables también se ha impuesto aquí. Tiene sin embargo una particularidad: envuelve a la fuente central de la que no mana agua. Las ínfulas  municipales respecto a los adornos navideños no son muy acertadas y el descuido de la mayor parte de sus fachadas no abren expectativas muy  placenteras  para el disfrute estético de sus calles, pero no era ese el objetivo, afortunadamente. En la apropiación de los pasos por sus calles,  por Santa Eulalia, el decumano consagrado a la patrona local, en la que resisten, acuciados por las franquicias de todas las partes, algunos establecimientos comerciales  de raigambre larga que soportan el asedio de la globalización del feísmo aportando a sus escaparates migajas de idiosincráticos modos.
     En La carbonería y en mesa alta fue la pitanza primera. Una botella de “Palacio quemado” de la bodega de Los acilates contribuyó a encomiar las virtudes de la tierra y a disponer el mejor ánimo para la principal visita. En la tarde, bajo la persistente niebla, con pocos visitantes, en un silencio tenue, las ruinas del Anfiteatro. Desde la arcada de un vomitorio al norte, el perfil de la columnata del proscenio adelanta la pulsión hacia el cercano Teatro. Del recinto del rugido de la masa hasta las gradas del público de  las comedias y de las tragedias en un  trazado de rumores que las piedras amortizan. De la argamasa de los muros, ecos de aplausos y vítores asolan el silencio. La modesta estatua de Margarita Xirgu homenajea  al valor sagrado de la palabra vehicular. Atardece en la domus del Mitreo, a las afueras de las murallas, en una apuesta pos arqueológica del presente por relacionar su ubicación con el culto mitraico y la tauroctonía que lo caracterizó. La proximidad del coso taurino, con sus ojivas posrománticas y sus  muros desvencijados, les ha debido caer del cielo de la interdisciplinariedad a los historiadores municipales   para decantarse a las  posibilidades de atracción turística. Un utilitario con megafonía activa sobre su chasis, anunciaba la próxima presentación de un novillero en la plaza emérita. La España profunda, de mitos rancios en la tarde de grises. 
     Un té en El callejón para sentir el devenir festivo de una ciudad pueblerina que a gritos vive en sus inercias anacrónicas, en sus cafeterías llenas y ruidosas, en las que las familias y grupos de señoras departen ocios. Un pasear de nuevo por Santa Eulalia, que a esa hora muestra el ajetreo de de las fechas con las colillas,  bolsas, servilletas y cáscaras de pipas en su deslucido pavimento. Bajo la niebla que se crece en la noche sobre la larga caminata del día, el templo de Diana, aunque en la realidad pretérita estuvo erigido a Roma y al Emperador aparece imponente en la soledad oscura del antiguo foro. Los soportales recientes que encuadran la planta servían de refugio a parejas de jóvenes y a marginados, para sentirse lejos de los ruidos de la fiesta y de la humedad que cala los huesos. Seis columnas frontales se levantan majestuosas en hexástilo en la penumbra del pronaos. La cella, anulada  por la fachada renacentista del palacio de los Cobos ofrece otra interpretación al admirado paseante. Incomprensible afán esteticista de un sentido desviado de la Reforma, ocluido por el afán de una aristocracia feudal significada en el tal don Alonso de Mexías, propietario que fue del disparate. Ruptura de la proporción áurea en la veleidosa altura de los esbeltos fustes. Equilibrio en la luz tamizada de una luna que limita las sombras de los sillares de las exoneradas tribunas públicas.
     Bar del hotel de cuatro estrellas en la que pasaremos una noche. Servilletas pringosas en los reposapiés de la barra. Exigua oferta de brandis  en las modestas estanterías de metacrilato; restos de ensaladilla bajo una mahonesa sospechosa en la vitrina. Brandi vulgar vertido con tristeza en ostentosas copas de balón por un camarero que quiere ser afable y pregunta si le echa hielo con un  acento extremado. Acento de esta tierra extremeña, cuyos lugares públicos de ingestas siguen  oliendo a desinfectante a granel, a aceites pasados y a grasas resecas. Pena por el aislamiento ferroviario de la región, por la dejadez administrativa o por la impericia de los elegidos. Porque a pesar de no querer guardar ninguna impresión negativa, el vestir típico de cacique del hombre  de mediana edad que nos ha dejado como únicos clientes en el modesto estar, me evoca el tiempo de la milana bonita, con mejores vehículos y otras maneras de expresión pero manteniendo una actitud semejante, heredada de aquellos latifundios. Creí olvidar la imagen al instante porque preferí las palabras vivas con Irena, el intercambiar los niveles de las copas, el participar de lo visto y oído en el día, el disponer del tiempo. Mas la memoria se nutre de hallazgos del olvido. Prefiero quedarme con la disposición profesional de las camareras del restaurante Del Arco, en el estribo de la puerta dedicada a Trajano, aunque no se haya encontrado ninguna prueba de este homenaje nominal. Con el rato de refugio al calor de este bar llevado por jóvenes formados en el oficio, en el que probamos unas tapas excelentes y una copa de un buen vino nuevo de la tierra, señal de actividad económica local en marcha; esperanza de bienestar social en esta ciudad pobre. Con pasear por el foro de La colonia y sorprenderme la verticalidad rotunda de las columnas del templo de Diana. Con el dejarte ir entre la población que sale a comprar y a merendar churros y chocolate, con ser parte de una multitud que intenta disfrutar de su tiempo en un día de puente. Con volver a recrearte en la belleza de las piedras trabajadas dos mil años atrás. Con desdeñar la visita a la ermita de Santa Eulalia, para sentirte menos forzado por el plan A del turista B y olvidar con ahínco el plan B del turista A. Con el  diálogo lento, con palabras y silencios mientras estás en la misma mirada con la que ella mira los perfiles espléndidos de las columnas del templo en la sombras de la fachada del caserón de los Corbos.
     En la segunda mañana con niebla espesa, tras el pobre desayuno del bufé libre del hotel de cuatro estrellas, tomado por grupos de jubilados en el tiempo de recuperación de tantos viajes que no hicieron, lanzados con avaricia hacia las pobres chacinas, cargadas ellas con toda la bisutería de los recuerdos.  Mayores que viajan, piezas como todos de la gran industria del ocio de masas, alegres y satisfechos.  Esperamos a que abra sus puertas el  Museo Nacional de Arte Romano. La limpieza de líneas del edificio se impone a la imagen de la acera opuesta. Terrazas hibernadas en plásticos sucios y ofertas de menús de quince euros con todos los atractivos platos de la cocina pacense ofrecidos. Abrevaderos usuales en los puntos de atracción de visitas, poco cuidados y tópicos que a esas horas tempranas, muestran la pobreza de sus instalaciones en contrapunto al acierto de los muros de ladrillo rellenos de hormigón del acertado edificio museístico, uno de los escasos ejemplos de la arquitectura de la posmodernidad, erigido con la inspiración en la sólida trama de construcción de las obras públicas romanas, cuya significación estética se mantiene más de treinta años después. Cuando la figura de Moneo es un referente internacional, es grato vivir la conjunción del espacio  interior enraizado con una praxis funcional, en una obra de juventud. En la cripta, sustento de las amplias arcadas y en la que los dobles muros enladrillados definen una acabada simbiosis con los restos de las viviendas de los patricios emeritenses, con las tumbas y con el enlosado de una vía de acceso al complejo clásico, el silencio se imbuía del ruido del tiempo. La luz tenue de la mañana y la humedad ambiente de la cripta facilitó el paso hacia las plantas superiores para ver de cerca el capitel de una de las columnas del Templo de Diana, para recrear la belleza de los mosaicos colocados verticalmente en las salas específicas y gozar con la estatuaria de mármol y cincel en extenso muestrario. La calidad de la exposición temporal sobre los cultos mitraicos fue un motivo más para dejar de lado las oscuras presunciones sobre el horizonte político del presente.
     La curiosidad por estimar las dimensiones del circo, el recinto mejor conservado del orbe romano, nos llevaría después hasta la periferia por calles de construcciones modestas y contenedores de basura desbordados. Aunque saturada ya la mirada por los miles de objetos testimoniales conservados de aquella civilización en el MNAR, el paseo por la hierba mojada hasta la espina divisoria de las carreras de cuadrigas aireó en la imaginación niña, los relinchos de los caballos y el eco de  los gritos de la plebe para apurar a sus aurigas hacia la gloria efímera de los mitos populares. Pobres héroes que no serían divinizados pero que podían asegurarse una plácida vida si se alzaban con los triunfos de la fracción de su color. Pan y circo para conformar el orden establecido durante siglos.
      Y para recordar el regusto de otro tinto de la tierra, una botella de Bolindre, que acompañó a una abundante menestra con la que Irena saldó el débito con su paladar vegetariano, la paletilla de cordero con la que recuperamos fuerzas antes del  regreso, a la sombra del arco de Trajano.
     Antes de cruzar el Guadiana, un recorrido por el amplio solar de la alcazaba, con tanto trabajo arqueológico pendiente, a modo de despedida fue una zambullida en la homeostasis del tiempo. Una estatua de Cronos con cabeza de león al pie del puente romano sirvió el contrapunto icónico a las inclusiones de culturas que nos conforman. Última tarde para cerrar la visita a través del puente de sesenta arcos, con restauraciones y reformas visigodas y medievales, aún usado como vía de comunicación peatonal con la zona residencia del otro lado del río, con una luz  tímida sobre su enlosado para cerrar el círculo iniciado 28 horas antes en el puente de Calatrava, cuya silueta  no trascenderá siquiera un milenio.
                                                     ***********
       Fue una visita a  Mérida para olvidar el pesimismo en el paseo por las ruinas emeritenses del primer imperio mediterráneo, que obvió la vena de tristeza abierta en la conciencia de ciudadano, cuando el concepto de ciudadanía se diluía a grandes zancadas en la conciencia de las masas, enredadas en la disquisición de las sombras de las paredes de la caverna conectada, sometidas al ruidoso griterío de los muros virtuales.

                                                                Sevilla, 15 de diciembre de 2018

         

Brindis por Burdeos



                                           BRINDIS POR BURDEOS              

                                       
  “...vous aimerez Bordeaux, même vous qui ne buvez que de l'eau et qui en     regarde pas les jolies filles.”
Victor Hugo
                                                                                                                                  
    Al fin en el Puerto de la Luna, en la Perla de Aquitania, en la Florencia de las Galias,  Patrimonio de la Humanidad  desde 2007, en la ciudad donde La Boètie meditó su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, de la que fue alcalde  Montaigne y muy cerca de donde Montesquieu “muy temprano en la mañana recorría sus viñedos para supervisar las uvas y germinar sus ideas”. Allí, bajo los últimos cielos del Goya exiliado, en  la cuna de los Girondinos, en la más inglesa y la más española de las ciudades francesas, en la capital mundial del vino. Allí, con la suave carga de  sus  tópicos y clichés para desvelar en una semana. Con la atractiva tarea de desvelamiento para tan corto espacio de tiempo. Predisposición y ganas no faltaban. Allí estaba para pasearla, mirarla, leerla, beberla, degustarla, para intentar captar algo de su imaginario en el tiempo limitado del turista que pretende, una vez más, sentirse viajero.
       
     Una suave luz grisácea caía sobre las mesas del silencioso comedor del hotel de la Rue Parlament Sainte-Catherine en nuestro último desayuno bordelés. Una sala ya familiar después de siete días en los que habíais decidido sin prisas los itinerarios y las visitas, mientras degustabais la rica bollería, el pan caliente con mantequilla y un té verde de sobre fuertemente aromatizado al limón. Los detalles de las deslucidas fachadas de los edificios de enfrente se habían incorporado pronto a la breve rutina del turista. Sus medallones erosionados por el tiempo, el moho de las barandas, las hendiduras de sus molduras e incluso la yedra que colgaba de una cornisa se difuminaban ya como recuerdo.      
     En la última jornada, aquella en la que ya no estás pero no quieres irte, decidimos ir al mercado de Capucins. ¿Cómo partir sin haber visitado el más significativo de los mercados de la ciudad? El edificio tradicional es hoy una biblioteca y un  centro cultural de uso vecinal y a pocos metros se abre un amplio edificio funcional construido en la década de los ochenta. No podíamos dejar la ciudad sin  habernos  asomado a la venta directa de la materia prima de calidad en la que se sustenta su cocina. Y el gusto francés por el buen comer se hace evidente en la exposición del pescado atlántico y del marisco traído de la Bahía de Arcachon, en la profusión de carnes, en la incorporación africana de verduras, en los exquisitos vinos de la zona, en los olores árabes de las hierbas aromáticas, en la variedad de su panadería y en la amplia oferta de quesos expuestos con orgullo en cada uno de sus puestos de venta.
      Para llegar hasta allí, cogimos por primera vez el tranvía de la línea B, desde la parada de L'Intendence, que transcurre  paralela a la rue Sainte Catherine, tantas veces paseada durante esta estancia. No teníamos ya ni tiempo ni fuerzas para ir a pie. En el último día, el placer de olvidar su transcurso se esfuma, la  mirada se vuelve más ladrona en su afán de retener paisanaje, modos y paisaje urbano. Intuyo que esta calle fue el cardo máximo de Burdigala por su orientación norte-sur y por su función de vertebración de los barrios del casco antiguo. En la actualidad, la calle peatonal y comercial más larga de Europa es un espejo de la sociedad bordelense. Desde la place del Grand Théatre hasta la Place de la Victoire, las avenidas transversales delimitan la distribución social de sus habitantes como cinturones difusos de la variedad étnica del presente. A partir de la cours de Alsace-Lorraine la proporción de población negra aumenta y a partir de la de Victor Hugo es la población de rasgos árabes la que se hace visible en sus modos culturales en un magma rico de mestizaje y mezcla que a los ojos del turista parece en convivencia aceptable. Casualmente se celebraba durante tres días un mercadillo o braderie muy popular en la ciudad. Parte de las tiendas sacan sus artículos a la calle y a ellos se añaden tenderetes de artesanía del cuero, menaje de cocina, fruta y por supuesto ropa al uso, desde las falsificaciones habituales hasta los estampados africanos. Una oferta muy distinta de los artículos de lujo del conocido triángulo de oro del barrio de Grands Hommes en la zona norte cercana al Grand Théatre. La primera vez que pisamos la Place de la Victoire, en la tarde de mercadillo, la profusión de tenderetes magrebíes, el olor a hierbas y la música raid ambiente en torno al obelisco central me trasladó a cualquier plaza magrebí incrustada en  el corazón más diverso de la ciudad.
     En el barrio de Saint-Michel, una de las zonas más pobres de intramuros en el pasado, se respira la diversidad étnica de la oblación y se atisba un proceso de gentrificación. Fue la zona en la que se instalaron los exiliados republicanos de nuestra guerra incivil, encuentras bares de tapas de españoles, bistros, brasseries, teterías, restaurantes africanos, de comida hindú, árabe como espejo de una  Europa crisol y viva a pesar de las fuerzas oscuras de los fascismos subyacentes. En la tarde en que  accedimos a la inmensa basílica gótica se ofrecía un concierto de órgano a un reducido público melómano que había vuelto las filas de sillas de enea hacia el púlpito del majestuoso instrumento del siglo XVIII. El olor a humedad y a cerrado que impregna a todas las iglesias de la ciudad era allí más señalado. En un banco de la gran plaza, tras una empalizada un grupo de viejos con chilaba pasaba la tarde. La flecha de la basílica es un torre exenta que, con sus 34 metros de altura, puede verse desde toda la ciudad. Es el único monumento en el que he visto algunos grafitti en sus pilares. En esa última mañana bordelense, con nubes siempre presentes pero nada amenazadoras, la explanada descubierta en torno al modesto obelisco  de la Victoire, dos días antes abarrotada de tenderetes árabes, me sumergía en el presente de la sociedad líquida  y cambiante manifiesta en ese espacio urbano impregnado por tantas culturas en ósmosis. 
     Para volver al aeropuerto y evitar el recorrido de más de una hora de la línea regular de autobuses por Merignac, tomamos una naveta privada, más cara y más rápida que partía de la estación de Saint-Jean. Para llegar a la Gare, ya con el equipaje a rastras, cogimos el tranvía de la línea C  que  transcurre en paralelo al curso de la Garonne por su orilla izquierda. La última oportunidad para la despedida del río de color café con leche, río dorado para los letraheridos galos, sin el que no se puede entender la idiosincrasia de la ciudad. “Este puerto que nos hace soñar con el mar, aunque ni se vea ni se oiga” en palabras de François Mauriac, otro de sus ilustres narradores del siglo pasado que mantuvo siempre una relación de amor-odio con sus orígenes.     
    Adiós desde la emblemática Place de la Bourse. En la homogeneidad de sus proporciones y en la armonía de sus edificios dieciochescos puede leerse la pujanza de la burguesía aquitana. En los mascarones de piedra de las fachadas dedicadas a los dioses, Mercurio como dios del comercio, Minerva la de las artes, el Tiempo en su búsqueda de la verdad, rostros anónimos, africanos de la trata de esclavos, animales mitológicos y máscaras carnavalescas como expresión del poder de los comerciantes que expedían mercancías y personas desde aquí a las colonias. La concepción monumental de la plaza que rompió el aislamiento de las murallas medievales no llega a apabullar a los paseantes. La proporción armónica del conjunto consigue equilibrar la magnificencia y la dimensión humana.
     En su centro, la Fuente de las Tres Gracias, erigida en 1869, después de diferentes monumentos para hacer olvidar la estatua ecuestre de Luis XV, fue la última aportación del siglo XIX para resaltar la elegancia del conjunto. La elección de esta plaza como la imagen icónica de la ciudad en las guías turísticas está más que justificada. Solo unos cuantos bancos la circundan para que la perspectiva quede a salvo. Y en su frente abierto al río desde los tiempos de la Revolución, cuando las verjas fueron arrancadas y dejó de ser Plaza Real, el Espejo de agua, una superficie de granito pulido de más de 3.400 m² cubierta con dos centímetros de agua de la que emana regularmente vapor de agua desde 2006. Es un reclamo turístico clave, pero sobre todo, es un lugar de juego para niños y jóvenes que acuden masivamente cada tarde. El reflejo de los edificios iluminados ofrece un delicioso espectáculo en la noche.
     Llegamos a ella desde una calle lateral a poco de haber dejado el equipaje en el hotel, en la tarde más calurosa de la década como referiré más adelante, con una luz cegadora inesperada,  propia de otras latitudes más al sur. En el Miroir d'eau jugaban niños y padres sobre su superficie pulimentada entre el vapor de agua y la algarabía de sus risas. Como telón de fondo el conjunto de edificios en torno al eje de la antigua Bolsa, hoy sede de la Cámara de comercio. Al frente el río. Entre el Espejo de agua y la plaza, los raíles del tranvía, el medio más utilizado para el transporte, desde la peatonalización de gran parte del casco histórico llevada a cabo en 2003.  
     La luz blanca me llevó a la Plaza del Comercio de Lisboa, más cuadrangular y austera, pero ambas abiertas a su río, al Tajo una, al Garona otra. Ambas fueron fruto de la concepción ilustrada de la burguesía del XVIII. Resultado de hombres hijos de un tiempo de ruptura frente al Antiguo Régimen. Proyecto del intendente Boucher, la de la Bourse y del Marqués de Pombal la del Comercio en su reconstrucción de la ciudad ondulada. Se inauguró en 1755, en el mismo año del terremoto de Lisboa. Tres años más tarde se inició la construcción de la plaza lisboeta. El viaje te hace relacionar lugares y tiempos en la conformación de la memoria de un viaje único en la memoria. La misma luz hiriente de la primera vez que paseé por la Praça do Comercio,  llamada con anterioridad Plaza Real, disfrutando bajo la sombra de su arcada de su  minucioso trazado a escuadra, paleta y compás, después de refrescar los pies en las aguas opacas del Tejo en el Cadré das colunas. En el antiguo Terreiro do Paço, la plaza conocida por los ingleses como la del Caballo Negro aunque hoy, el bronce  caballo y jinete presentan un color verde por el viento salitre, la pomposa estatua ecuestre del rey José I  mira al Tajo, al sur, a los sueños del quimérico V Imperio. En la de La Bourse, son las Tres Gracias las que vierten sus ánforas hacia una pila circular como homenaje a la vida. Cada diecinueve de octubre, día dedicado a la lucha contra el cáncer de mama, tintan sus aguas de rosa. Expresiones de la transmodernidad icónica del presente. Unas horas más tarde, comprendí la extraña blancura de la luz de la tarde. Una imponente nube negra precedida de un vendaval repentino desató un fuerte aguacero que la dejó desierta. Sorprendente bienvenida  para el dulce clima atlántico.  
     Desde La Bourse decía adiós a Bordeaux en la línea C del tranvía que continúa por el Muelle Richelieu y el de la Saint-Croix y deja a la derecha la iglesia que le da nombre. Atrás la Porte Cailheau, con su esbelta carpintería gótica y el desnudo arco triunfal neoclásico de la Porte de Bourgogne para dar salida al Pont de Pierre, el primero que comunicó a la orilla derecha de La Bastide con la ciudad medieval. Fue la primera barrera defensiva de gran importancia estratégica frente al tradicional enemigo británico. Con sus diecisiete arcos y su cerca de quinientos metros, lo habíamos recorrido en la primera jornada completa de paseo hasta la plaza Stalingrad. Desde la parte más cercana a la ribera, la escultura de un león azul con estructura de hierro acabada en poliéster, obra de Xavier Veilhan, instalada por la puesta en funcionamiento de las líneas del tranway que  cambió el flujo de la ciudad, mira hacia el puente. Un grupo de niños jugaba a escalarla desde la cola apoyándose en los prismas de su piel. Quizás la llamen ciudad mágica porque  puedes trasladarte a pie hasta una ciudad tan lejana como ya inexistente, cruzando su río dorado donde las corrientes son más fuertes.. Un puente más que simbólico para una ciudad orgullosa porque ni el emperador Napoleón Bonaparte que lo mandó levantar, como testimonian los  medallones de sus flancos, ni más tarde Luis Felipe I, consiguieron que fuese nominado en su honor. En 1944 las tropas alemanas intentaron dinamitarlo pero fue un miembro de la resistencia, el joven republicano español Pablo Sánchez, quien consiguió desactivar los explosivos aunque murió ametrallado por las baterías nazis en la Porte de Bourgogne. El puente permaneció. De piedra y ladrillos fue construido, así que como puente de piedra permanece. Una ciudad orgullosa de su pasado girondino que nunca aceptó a los tiranos.   
       Siete días antes habíamos bajado en la parada número 23 del atestado autobús regular del aeropuerto frente a la plaza Gambetta, sometida a un proyecto de construcción de un nuevo estanque en su parte central rodeada de vallas no me pareció de interés. Después de hora y media de recorrido por la población aneja de Merignac, zona  de servicios y barrio dormitorio sin nada que reseñar salvo la profusión de zonas verdes en sus calles propias del clima atlántico, las perspectivas de disfrute se difuminaron por un instante. Consciente de que el primer contacto con una ciudad desconocida no suele ser positivo, no podía dejarme llevar por el pesimismo de las expectativas frustradas. Además, llegaba agobiado por el inesperado calor y estresado por la llegada al que me resultó extraño hangar del aeropuerto, inoculado por el virus del pasajero barato (1). Ni las sucias y descuidadas fachadas de las casas  de la rue Judaïque ni la grisura de los edificios administrativos o comerciales de Mériadeck disponían el ánimo al optimismo. Sin embargo, la amabilidad de la primera persona a la que preguntamos por la dirección del hotel, un señor que sacaba a la calle el contenedor de basura de un edificio y que nos indicó con precisión el itinerario a seguir, sirvió de contrapunto a la primera impresión.
     - Si encuentro el atractivo de una ciudad decadente, puedo gozarlo, se trata de descubrirlo - me decía en esos momentos de relativa perplejidad. Viajar es descubrir, también es olvidar, olvidarse del yo sedente para vivir el yo errante en los primeros pasos del niño cuando abre los ojos al mundo y se yergue alegre para hollar la tierra del parque infantil, cuando pisa por primera vez la arena de la playa y se acerca a la orilla del mar recién hallado.
     En nuestra primera jornada anduvimos por el barrio de Saint-Pierre, el más antiguo de la ciudad en la que estaba nuestro hotel, para llegar hasta la plaza de Pey Berland el obispo que mandó construir la flecha de la catedral de Saint-André. Una estilizada torre que pierde gracilidad por la coronación de una estatua dorada con la imagen de Nuestra Señora de Aquitania. Imagen a que podría saludar cada mañana desde la nueva habitación que nos dieron en el hotel, pues la de la primera noche daba a un alto muro y no era cuestión de olvidar el entorno de tejados y pináculos del cielo bordelense. La fachada principal de la catedral presenta una singular asimetría en su estilizado gótico y en la actualidad se mantienen en restauración varios paños de sus fachadas laterales. Al oeste de la plaza se levanta la fachada neoclásica del Palacio de Rohan sede del ayuntamiento. La monumentalidad de la catedral se impone con frialdad sobre la gran superficie pavimentada en la que se levanta una anodina estatua pedestre del más conocido de sus últimos alcaldes: Jacques Chaban Delmas que también da nombre al moderno puente levadizo de la remozada zona norte. Tampoco la efigie del ilustre regidor  contribuye a vitalizar un espacio muy tematizado para los grupos turísticos. No se palpa la vida real de la ciudad salvo por el trazado del tranway que la circunda por el sur y por el este. 
     En la misma mañana visitamos el Museo de Bellas Artes, dentro del recinto del Palacio Rohan. Es la galería francesa con más fondos fuera de París, fruto de la descentralización de las obras de arte del Museo Central ordenada por Napoleón. De su variada muestra me quedo con el recuerdo de algunas obras holandesas, otras de Tiziano, de Delacroix, de un Renoir de edad avanzada, de un Seurat prepuntillista, de Lothe en su periodo cubista, de un busto de Mauriac salido de las manos de Zadskine, de un Rivière... Fue en otra sede, la Galería de Bellas Artes, edificio cercano, dedicado a exposiciones temporales, en el que descubrí días más tarde a un pintor bordelés desconocido para mí: George Dorignac. De él dijo Rodin con toda razón que su pintura tenía el volumen de lo esculpido porque salía de las manos de un escultor. La visita a la vasta muestra de más de cien obras que se mantendrá hasta el próximo octubre fue un placer. Es tanta la fuerza de sus tintas, carbones o sanguinas, el volumen y las texturas que consigue en sus retratos en negro que salimos de las salas con el gusto del descubrimiento gozoso de un artista que buscó y halló en sus búsquedas.
     Muy diferente fue el estado de ánimo con el que salí del Centro de Artes Plásticas Contemporáneas, en el Entrepôt de la Place Lainé, o Entrepôt Lainé, un antiguo almacén de aduanas levantado en 1824 y rehabilitado definitivamente en 1990 como museo de arte contemporáneo. Una rehabilitación exonerada de añadidos, en cuyas galerías y arcadas aún reverberan los ecos del esfuerzo y la actividad de acumulación de los ultramarinos llegados al muelle próximo de Luis XV. Las salas de la colección permanente estaban cerradas temporalmente por las recurridas razones técnicas, por lo cual solo podían ser visitadas las salas de exposiciones temporales y fueron estas propuestas, las que me provocaron  malestar y un claro rechazo.
     -¿Por qué sientes que no has sido respetado como público cuando sales de una exposición de arte contemporáneo? Te embarga la sensación de haber perdido el tiempo, te preguntas si el mundo del arte hoy ha escapado a tu modesta comprensión, intentas justificar tu ignorancia o elaboras una opinión coherente sobre la nulidad de esa obra artística. Una instalación  de Naufus Ramírez-Figueroa, denominada Linnaeus in Tenebris, sirvió de cauce motivador de tantas preguntas. Volúmenes de poliestireno cubierto de resinas que representan cuerpos humanos enjalbegados en bayas  de cuyas extremidades nacen brotes vegetales, fetos colgados de estructuras de hierro sobre los que tubos fluorescentes proyectan una luz metálica, racimos  de bananos esparcidos por el amplio solar de la nave central para que, según apunta el tríptico,  surja una reflexión sobre la expansión colonial y la redacción de la nomenclatura del gran naturalista. A mí solo me llevó al sinsentido de la espectacularización banal del arte como objeto del mercado. Si además se dice en el folleto que el artista guatemalteco ha querido expresar la tragedia de la guerra civil vivida en su país durante más de treinta años, la cuestión asume ya alturas de desproporción y de mentira.
     Para completar la frustrante visita pasamos a la exposición de Legoland. En esta sala, una locuaz y muy amable guía nos deleitó sobre los beneficios didácticos que suponen  la construcción de un gran ensamblaje con estas piezas a las visitas de grupos escolares, “porque así aprenden a relacionar la arquitectura con el medio ambiente.”La guinda del indigesto pastel de la contemporaneidad artística, la coronó el paso por la zona más concurrida de visitantes, en la que se proyectaban vídeos, se exponían numerosas fotos, planos de trazados ondulantes de diferentes ciudades del mundo, libros y reproducciones a escalas de trozos de pistas de monopatín. Al público se le veía entregado. “Sky no is a crime” era el título del conjunto. No lo pondría en duda, pero me resulta chocante hacer de esta actividad lúdica una expresión artística. No quise seguir haciéndome preguntas incómodas en esa mañana de arte contemporáneo. Afortunadamente, la tercera visita museística de esta estancia compensó el enfado ante las muestras temporales del Entrepôt Lainé. El Museo de Aquitania, en la cours Pasteur, en la antigua sede de la Facultad de Letras, ofrece un fondo rico de fuentes arqueológicas, gráficas, documentales y reproducciones a escala de naves, comercios tradicionales y todo tipo de recursos desde los orígenes prehistóricos de la ciudad y de la región hasta mediados del siglo XX, que apenas pudimos apreciar porque cierra a las seis de la tarde y solo nos quedó una hora para la visita. Nunca hubiera imaginado a Montaigne, el padre del ensayo moderno, el cultivador  del yo literario y reflexivo, representado en su cenotafio como un guerrero medieval; interpretaciones de otras épocas. En sus siete salas se condensa la tradición museística de la ciudad, iniciada ya en el siglo XVI.
     En la búsqueda de captar lo posible de la esencia de una ciudad es imprescindible patear sus calles y dejarte impregnar de su ambiente en cualquier momento del día, no ya de la noche, que la edad impone cruelmente sus limitaciones. Sentarte en las terrazas, en los bancos de los parques, recorrer los estanques de sus parques como el del Jardin Public y seguir la estela de las hileras de patos o asomarte a  la variedad de su vivero son actividades tan necesarias como alimenticias para  fijar en la memoria el concepto de lo bordelés. Y mirar educadamente a la cara de sus habitantes para recibir la mayor parte de las veces, una sonrisa sin más, un saludo sin palabras propios de la politesse de una  ciudadanía abierta y dispuesta a ayudar al visitante. Muy diferente de la hostilidad que me llegó de los vecinos del norte, cuando dos atrás estuve en Nantes, en la oscura Bretaña. Ojear con la mirada curiosa en los fondos de las numerosas librerías que tienen allí sede y mercado también ayuda. Impresionados por la oferta de la Librairie Mollat, que ocupa los bajos de una manzana entre la rue de Porte Dijeaux y la rue Vital Carles, editora con más de un siglo de funcionamiento, volvimos a ella varias veces para disfrutar de la variedad y hacer cola entre una variada clientela de  padres que ilusionan a sus hijos con la próxima lectura, de mayores ávidos que no se resisten a hojear la adquisición, de jóvenes que aprovechan las ofertas para llevar varios  títulos.  Burdeos es una ciudad de lectores que te seduce en su afán lector. Hasta los jóvenes de estética perro-flauta que viven en los aledaños de la rue Sainte Catherine dedican su tiempo a tan loable práctica entre malabares y petición de limosna. Y ves leer en formato de papel a los pasajeros del tranvía, a los solitarios sentados ante un café en la terraza de cualquier plaza, a los trabajadores de las oficinas cuando hacen un alto al mediodía para la sacrosanta baguette en cualquiera de tantas plazas. Y ves como  acuden  los jubilados al modesto expositor de libros libres de la plaza de los Mártires de la Resistencia, junto  la basílica de Saint- Seurin, para renovar sus lecturas. Un pueblo que lee es de fiar.
     Compruebas que la publicitada calidad de sus vinos es cierta, que los rojos, rosados y blancos  deleitan al paladar y que bien pueden considerarse los mejores del mundo. Su recuerdo queda en el retrogusto y percibes los aromas y los matices con nitidez como nunca antes los habías apreciado. Tienen detrás una cultura de siglos y una política comercial arraigada desde el siglo XIX. En cada almuerzo y en cada cena degustamos una copa en el mejor maridaje con el plato y con el presupuesto. Por una militancia real en la cata, no visitamos la Cité du vin. Llegamos a la construcción de vanguardia tras una largo paseo desde  La Bourse por los remozados muelles de la orilla izquierda, ignorando intencionadamente la oferta de restauración de las grandes cadenas que se abren al río, con su uniformidad global y sus modos homogéneos. El cansancio de la caminata hacía mella y el aire excesivamente comercial de la cartelería del recinto nos hizo retroceder. Seguiríamos practicando la militancia a pie de copa en cada yantar. Alguno de ellos memorables como los bien cumplidos en Le petit commerce, una antigua cantina de pescadores en una esquina de la Place du Parlament que ofrece el mejor marisco, la cena en la refinada cocina de Chez Mémé hacia la parte opuesta tras la misma plaza y en este recuerdo de brasseries, no puedo dejar de nombrar el restaurante Croc-Loup en la Rue du Loup, en la que el placer del buen comer alcanza cotas extremas con un completo menú de degustación ofrecido con orgullo por la copropietaria del local.
     Se afirma en los textos publicitarios de La Cité du Vin que los volúmenes de la obra  intentan emular el movimiento del vino cuando se mece en la copa para ser catado. Este que refiere, más bien vio los volúmenes la bota de siete leguas. Quedan para el futuro la visita y el recorrido por el moderno barrio de Bacalan y sus atracciones posmodernas. Ese día preferimos volver las calles estrechas de Chartrons, el barrio más inglés con una especial idiosincrasia dentro del trazado urbano bordelés.  No bastan siete días para apreciar  los brillos de la Perla de Aquitania. 
     En el ecuador de la estancia, cuando ya has captado un poco del aire de la ciudad, conviene alejarse un poco hasta sus alrededores para volver a ella con más conciencia de tu modesta apropiación de visitante de tiempo limitado. Desde uno de los lados de la explanada urbana más grande de Francia, con doce hectáreas, la Place de Quinconces, ya paseada varias veces, recorrida de extremo a extremo desde el Monumento a los Girondinos caídos bajo el Terror, hasta las columnas encabezadas por Montaigne y Montesquieu en la zona este, partía el autobús de la empresa La Gironde hasta Saint Emilion por Libourne. Pero los laterales estaban en obras y ni en la oficina de turismo ni otro conductor de la misma empresa nos indicaron con exactitud la ubicación de la parada provisional. La desinformación nos costó salir con dos horas de retraso, pero la elasticidad del tiempo del turista es una condición esencial y aceptas de buen grado las inconveniencias. Hay rutas organizadas hasta el pueblecito pero preferimos la línea regular que  tarda más de una hora en cubrir los 35 km porque te acerca a la realidad cotidiana de la zona. Salvo una familia coreana de tres miembros que transportaban una enorme maleta vacía para cargarla de botellas, los usuarios eran trabajadores y estudiantes. En la ruta, tuve muy presente los párrafos de Sergio del Molino en su libro La España vacía, enfrentando el desierto de nuestra Iberia interior a los poblados campos europeos. Una realidad de poblaciones y urbanizaciones bien conectadas en unos campos cultivados y cuidados que en este caso se van salpicando de hermosos chateaux erigiéndose en los viñedos.
     Aunque se afirma en algunas guías que Saint Emilion es el origen de la producción vinícola, la comarca se incorporó a la marca bordeaux en la década de 1950 porque hasta entonces  se consideró que sus vinos eran demasiado ásperos. En la actualidad es un buen ejemplo de pueblo tematizado en torno al vino en un enclave medieval que se ha conservado casi íntegramente, incluso en el estado de sus ruinas. Las curiosidades históricas, los restos de la Torre Real, la cueva donde la leyenda sitúa al fundador del monasterio germinal, la modestia de su descuidado claustro, la beatífica expresión de idiocia de la estatua de Saint Emilion en la colegiata o la iglesia monolítica excavada en la roca, son paradas de tránsito hacia las empinadas callejuelas a las que se abren las tiendas de  degustación y venta. Por su intrincado núcleo urbano se desplazan todo el año masas de enoturistas ansiosos de catar las excelencias de los vinos, embotellados a la vista del público en muchos casos. Tampoco ese día faltaban a su cita. La visita merece la pena, aunque subí al bus de vuelta con la sensación de haber pasado unas horas en un parque temático muy bien trazado para la promoción del producto estrella.
       La segunda salida de la ciudad la hicimos en domingo, en el tren de cercanías, casi al completo de domingueros, hasta la Bahía de Arcachon, al suroeste de Burdeos. De Arcachon hablan las guías como un enclave aristocrático de la aristocracia europea de finales del XIX y primera mitad del siglo XX. En sus distritos, denominados según las estaciones del año se levantan lujosas mansiones novecentistas embozadas tras altos setos en un extenso pinar. Después de un largo recorrido por el extenso bosque atlántico en el bus local, llegamos a las cercanías de la gran Duna de Pilat, la más grande de Europa. La subida es fácil porque en verano se instala  una escalera portátil por la que ascendimos sumados a la larga fila de visitantes movidos todos por el deseo de disfrutar de las hermosas vistas al Atlántico.  El paisaje que espera en su alto perfil de luna justificó el ser parte de aquella ociosa columna humana dispuesta a disfrutar de “los bienes de la tierra antes de que se desmenucen entre los dedos como su arena fina”, según dejara escrito Saint-Exupéry.
     En la tarde, de vuelta al puerto de Arcachon, con las retinas llenas de mar y con el rugido del viento en los oídos, la tranquila playa de Arcachon, protegida por una larga barra natural de los envites del océano abierto, con sus veraneantes tumbados al tibio sol para ligar bronce en su piel blanca recordó cualquier playa mediterránea. La vulgaridad de los bloques de apartamentos de la  primera línea de playa, las atracciones ruidosas, el tráfico apabullante de las calles periféricas, la búsqueda desesperada de aparcamiento por conductores histéricos, claxonazos, altavoces a tope en los coches y la fachada y anuncios del casino repintado con la paleta más estridente con largas colas para la entrada,  hicieron que me diera de bruces con la realidad del turismo de sol y playa, aunque fuese una playa atlántica. La población árabe y negra brillaba por su ausencia en la arena. Una lujosa cena regada con un blanco seco de la comarca de “Entre deux mères”en el citado Le petit commerce de la capital ayudó a elevar el ánimo tras el domingo de duna y playa...
       Pronto llegará la partida. La ciudad ha dejado de ser un nombre, un conjunto de tópicos y algo desconocido. Sabes al menos que es una ciudad en la que se lee con fruición y se bebe con moderación, en la que hay corrientes culturales alternativas que pueden abrir salas de cine en una iglesia desacralizada como es la sala Utopía de Saint-Simeon. Una ciudad en la que abundan los bistros, las librerías, las brasseries, los restaurantes, los comercios de marcas de lujo y las franquicias globales. Has aprendido el sentido de una política municipal coherente con el sentido republicano de servicio público. Has vivido la amplitud de las grandes avenidas de circulación rodada y te has beneficiado como peatón de la eficacia de su línea de tranvías, eje transformador del espacio urbano. Aún le quedan calles y fachadas por restaurar pero has intuido que seguirán trabajando en esa dirección de progreso. Una ciudad en la que la calle aneja al Grand Théatre se llama El espíritu de las leyes y el obelisco del monumento a los Girondinos es coronado por una estatua de la libertad con los eslabones rotos de una cadena en una mano y un ramo de vid en la otra seguirá siendo una ciudad republicana.  
     Cuánta razón tenía el gran escritor romántico. Yo, que no sólo bebo agua y que gusto de mirar a las jóvenes guapas, he quedado enamorado de esta ciudad y de sus habitantes. 

(1) La aventura del pasajero barato       
    
      Si quiere unas vacaciones con una impagable experiencia para recordar, no deje de volar con una de las peores compañías que mueven a miles de viajeros en el ya de por sí depauperado mercado del bajo coste. Por algo es la empresa madre del vuelo de masas a precios relativamente bajos, la más rentable de su categoría, la que más denuncias recibe de las asociaciones de consumidores, la fundada por el irlandés Ryan en 1985 y que opera más de mil ochocientos vuelos diarios.
Llegará al aeropuerto (en nuestro caso el de Bordeaux- Merignac) y no accederá  a la terminal como los demás pasajeros por las pasarelas o fingers, ni le recogerán en las jardineras para dejarle a pie de la correa de equipajes. No, desde la escalerilla de la nave pasará directamente a una zona acotada de la pista para acceder arrastrando el reducido equipaje de mano a un extraño hangar bajo las miradas displicentes de los empleados de tierra. Ha llegado una nueva remesa de viajeros de bajo coste a la que hay que despachar con premura para que dejen expedito el paso para el vuelo siguiente. No se concibe que alguien haya pagado un desorbitado extra por una maleta que exceda las mínimas medidas exigidas, viaje casi con lo puesto, ligerito de equipaje, que los Boeing 737 de  la empresa no pueden disponer de más espacio. No tiene usted la posibilidad de acudir al baño porque la cola avanza en un espacio delimitado por las onerosas cintas de orden hacia los puestos de control de documentación. Lo importante es pasar cuanto antes el trámite, llegar a la ciudad. La perla de Aquitania le espera. La extrañeza por las peculiaridades de esta terminal, con revestimiento de madera sin pulir y una estructura de vigas de acero de lejana inspiración nórdica de cuyas paredes cuelgan amplias fotografías de los edificios más emblemáticos de la ciudad y de los paisajes de su entorno, parece que no va a dejar más huella que la de una pobre impresión.
      A la vuelta se informará sobre las especiales características de ese edificio nombrado como Billi, porque según dicen es una palabra fácil de pronunciar en cualquier idioma. Este hangar para pasajes baratos fue construido con paneles de policarbonato en 2006 para uso de la compañía irlandesa, con 5.200 m² y costó 5,5 millones de euros. Supone que la empresa se ahorra un 30% en el coste de las tasas al aeropuerto y opera con cuatro aviones a la vez con una media de seiscientos pasajeros. Pero esos datos no dirían nada si no ha sufrido sus condiciones.
      Ha desembarcado en el día más caluroso del verano con 37ºC y un alto índice de humedad sobre una pista ardiente como si de un héroe de la aviación de hélice se tratara. De la alta temperatura del exterior pasa a una climatización de frío extremo, más adecuada para la conservación de alimentos perecederos que para la humanidad de sangre caliente que por allí transita. Procuraba quedarse con las imágenes que auguraban la belleza de la ciudad mientras que un rutinario control de identidades le hace ver que los acuerdos de Shengen respecto a la circulación de personas en la UE están en claro retroceso. En la espera, el decorado del dichoso hangar para los viajeros baratos recuerda ahora el decorado de una película anticomunista de tiempos de la guerra fría construido con saldos de maderos suecos. Su estructura de vigas metálicas parecen inspiradas en el peor constructivismo ruso como coerción para los ciudadanos condenados a Siberia. Despojado ya de los anteojos del osado piloto que rescató a la chica de la tribu de caníbales de una isla perdida del Pacífico, se ve a sí mismo como un fugitivo surgido del frío del Gulag.
     ¿Cómo olvidar si no el acoso publicitario al que ha sido sometido durante el vuelo? El discursito de la azafata de cabina para vender papeletas en un sorteo con fines benéficos, destinado a una fundación relacionada con la infancia necesitada y sus pequeños deseos incumplidos, apelando a la conciencia solidaria de los apretados pasajeros. La posterior relación de perfumes de marca con el correspondiente descuento, la oferta de chucherías varias...A pesar de toda la fanfarria consumista en cabina, el piloto cumplió con profesionalidad su función en el despegue y en el aterrizaje con banda sonora triunfal incluida para compensar el bombardeo publicitario. La llegada se cumplió con cinco minutos de adelanto sobre el horario previsto.
     Cuando volvió al hall del  aeropuerto real para el vuelo de regreso aún no era consciente del cambio operado por el virus inoculado en el billi una semana antes. El afán de aventuras le había atrapado en sus garras. En el panel informativo el anuncio de su vuelo no se adscribía a ninguna puerta de embarque. En la columna correspondiente solo el enigmático billi. Como ha llegado con tiempo suficiente departía  tranquilamente con la compañera de viaje mientras apuraba  una baguette de despedida y continua la espera en este no lugar, anodino y cómodo. Pero el tiempo apremia y se dispone a guardar la cola de registro en la entrada más concurrida. Te preparas para que una vez más salte la alarma al pasar por el umbral detector, aunque no lleve nada sospechoso encima. Ahí, salta la sorpresa. Al enseñar la tarjeta de embarque el guardia le mira con extrañeza y le da a entender que no es allí, al fin aprende que billi es un edificio exterior destinado a esa compañía. El virus se ha reactivado, las prisas para llegar a la carrera hasta el segregado hangar hace subir la adrenalina. El tiempo corre y la distancia que una hora antes parecía corta se alarga inmisericorde. Sudoroso y agobiado topa con una larga cola de otros héroes de los vuelos baratos agolpados en el reducido acceso. Un bebé histérico acompaña la prisa colectiva con su llanto desaforado. No hay paneles de información y el personal de la compañía solo repite que esa es la cola para Milán, para Sevilla, para Barcelona... La densidad de la masa crece entre las cintas distribuidoras y la hora señalada cae como una losa. Alguien comenta que para su vuelo debe presentarse en el control ignorando la cola central. Aventura en estado puro, salto de las cintas, equipajes agolpados, caras desencajadas, conquistas del espacio ajeno, disimulados empujones. Vigilantes presionados por las prisas que aún así tienen que revisar sus manos porque la alarma ha vuelto a sonar a su paso. Tras la validación, le hacen esperar otro cuarto de hora apretados en una antesala en la que la criatura histérica sigue entonando su desesperación. Al fin le toca al grupo saltar a la pista con el ruido ensordecedor de las turbinas de tres aeronaves próximas, su vuelo está al partir. Para completar la hazaña discute con el azafato que con malos modos le indica que no puede llevar la mochila bajo el asiento. Va junto a la puerta de emergencia y las normas de seguridad así lo requieren, pero él no se lo ha explicado. La parafernalia vendedora empieza. El avión ha despegado al fin. No volverá a vivir la aventura del pasajero barato. La vergüenza ajena y el tratamiento indigno tienen un límite. Seguirá siendo un hombre pobre pero nunca más, se promete a sí mismo, será un pasajero barato.        

                              Sevilla, 16 de julio de 2017