lunes, 7 de agosto de 2023

Senderejant pels camins de ronda

Cap d'Arenella

    A las diez y media de la noche del pasado día de San Fermín, la furgoneta de la empresa de viaje hizo su primera descarga de pasajeros en la Rotonda del Alamillo de la capital hispalense. En ella habíamos viajado nueve personas desde Roses en Empuriabrava con salida a las nueve de la mañana. Entre ambos puntos 1.160 km, con parada de segundos en el aeropuerto de El Prat de Barcelona para dejar a dos pasajeros. Trece horas y media en carreteras varias, cuatro comunidades autónomas, dos horas y media de descanso y once horas de conducción continuada de un solo conductor. Una media de 105 km/h. Admirable la capacidad de aguante del conductor, más que discutible el nivel de la seguridad de los pasajeros.


    Ante el cansancio y la dureza del viaje de ida, consumado en quince horas cinco días antes, había intentado conseguir un billete de tren para evitar el castigo de la furgonada, un castigo  más duro que una penitencia de las de antes para los pecados más horrendos, según un amigo, pero no fue posible. Así que para distraer al cuerpo de las inmovilidades y a la mente de las presiones que el riesgo de la conducción ajena pudiese acarrearnos, recurrí a la temporalización anotada del desplazamiento del NE al SO de la Península para transmutar este desplazamiento en liviano anecdotario de momentos rodados por el asfalto viático de las autovías ibéricas.

  A media hora de la salida, incorporados en la AP-7 en dirección sur, el paisaje de pinares va diluyéndose en polígonos industriales. Es la primera vez que Irena y yo hemos viajado en un grupo organizado con una agencia especializada en senderismo y con los itinerarios previstos. Una experiencia grupal sobre la que mantengo mis prejuicios. Me ha costado aceptar algunas actitudes que considero infantiles por parte de los compañeros de viaje respecto a los responsables de la empresa organizadora. Cierta presión sobre los modos comunes que se ha ido conjugando en estos días me han llevado a mantenerme a distancia íntima del conjunto. Por un lado, el horario de las actividades ha resultado demasiado apretado y por otro, los tiempos muertos no han facilitado una dinámica fluida de cara al placer de la exploración medida de un entorno desconocido. En un cálculo aproximado hemos compartido  casi cuarenta horas en el vehículo, entre los viajes de ida y vuelta y los desplazamientos locales de las cuatro jornadas hasta las cabeceras de ruta. Si añado que los desayunos y las cenas en el restaurante del hotel también han sido compartidos en la misma mesa y en el mismo lugar, resultan muchas horas de estar con desconocidos al menos hasta que las breves rutinas alimentarias  y las manías de cada cual van encajando en el convivium. Después de cinco desayunos y cinco cenas conjuntas, conoces los nombres de los comensales, algunos aspectos de sus vidas, alguna situación familiar, algunos problemas de salud y las inclinaciones y limitaciones respecto a la alimentación y sobre todo, tienes sobreinformación de las experiencias de los viajes anteriores de este tipo, con la misma empresa o con otras del mismo nicho de mercado, pero poco más. Es raro que se hable de las profesiones o de los oficios ejercidos, no se suelen expresar opiniones políticas o sociales ni se pretende más que una civilizada cercanía con el compañero de ruta. Puedes identificar afinidades, filias y fobias concretas. Has intentado aprender de los otros e incluso has podido pasarte en la expresión de tus conocimientos frente a la ignorancia ajena en determinados temas. A fuer de no caer en la expresión pedante puede que hayas caído en el solipsismo y la asocialidad, pero con la edad que tienes tampoco estás dispuesto a cambiar caminos por veredas. La monotonía del motor y el runrún del aire acondicionado ayudan a dar alguna cabezada. El primer sol que asola por la izquierda contribuye al amodorramiento generalizado en el habitáculo rodante. A poco más de setenta kilómetros de Barcelona el tráfico es intenso en los dos sentidos. Los camiones compiten con los turismos en el último día laborable de la semana.

10:55: En la T1 del Prat se ha quedado el matrimonio de Curro y María que volverán en avión. Un breve desvío necesario en el plan de vuelta.
11:45: A un lado queda Tarragona y los recuerdos de Luis M. que me ofreció su hospitalidad de castellano exiliado en Cataluña veinte años atrás.
12:40: Después de Cambrils se ha producido un alcance que ha causado un atasco de varios kilómetros en la autopista del Mediterrani. Nos acercamos a Vinarós y aún circulamos en caravana. El conductor ha decidido no para hasta Valencia para no perder tiempo aunque los pasajeros perdamos el culo en el empeño. Comeremos en el mismo bar de La Alboraya en el que malcomimos en la ida.  No me gusta repetir la experiencia pero tengo que aguantarme. Van a cumplirse cuatro horas de inmovilidad. La densidad de la circulación con los tres carriles ocupados hace peligrosa la conducción a la velocidad que vamos. La sensación de fracaso se impone en mí.
13:35: El conductor mantiene la velocidad muy alta. A 25 km de Sagunto el tiempo en la furgo se espesa. Miro los rostros de los demás y permanecen impasibles al exterior.
14:05: Aparcamos en La Alboraya para el almuerzo. Los servicios del bar siguen tan sucios como hace días, pero al tener menos clientes nos han preparado una mesa en los soportales, la temperatura es más agradable. También ha mejorado algo el menú y ha bajado el precio por ser día laborable. Durante la comida, la pareja empresarial ha mantenido una discusión poco velada ante la clientela. Siempre se ha afirmado la inconveniencia de mezclar el amor y el negocio. Los dimes y diretes se resolvieron con discreción y sin acritud.
16:20: Salida con dirección a Manzanares, por delante una tirada de 320 km…
17:30: Atrás la Comunidad Valenciana por el túnel de El rabo de la sartén hacia Castilla-la Mancha por la autovía del Este. El cielo se ha despejado aunque el calor no aprieta. Los bosques de repoblación han dejado paso a las grandes extensiones de viñedos. El conductor no reprime su enfado cuando otros ocupan el carril rápido a menos velocidad de la requerida y golpea repetidamente con la mano izquierda el volante en una manifestación de rabia controlada. Hay topónimos incrustados en el imaginario colectivo por su sonoridad o por su significado crucial en las antiguas carreteras que hoy quedan marginados en la búsqueda de la línea recta y de la velocidad, tales como Motilla del Palancar, Tomelloso  o la supuesta venta de Puerto Lápice de la que Alonso Quijano salió uncido en una mañana cervantina como Don Quijote. En la monótona llanura, sin sombra del de La triste figura, abundan los  frutales recién plantados, las tierras rojas, pardas soledades, viñas con alusiones a castillos que nunca fueron para velar anacrónicas armaduras, ni bacinillas de barbero en yelmos transmutadas. Orígenes del tinto leve, tierras  del valdepeñas bebido a morro para olvidar las penas y soportar las miserias de una posguerra áspera en tiempos oscuros. El sol de la tarde que ya queda a nuestra derecha castiga ese flanco de la furgoneta. La avispada rumana ha colgado de la ventanilla una pañoleta naranja para soslayarlo. La luz tamizada a través del tul aporta un ambiente zen necesario para soportar la kilometrada. Cuando salimos de la provincia de Albacete los rayos caen oblicuos. Vuelvo a los caminos de ronda asomados a las calas azules, a los aromas de los pinos y a las aguas cristalinas. Asiento mi admiración por el civismo palpable de la cultura catalana, de ese seny de un pueblo mesurado, palpable en los detalles más nimios en la zona caminada. Vitalidad de una comunidad manifiesta en lo que más importa, en la celebración de la vida comunitaria, en la libertad asumida en los modos colectivos y respecto a las conductas individuales. Es excepcional encontrar en esas sendas bien señalizadas rastro alguno de basuraleza, ni papeles, ni colillas, ni envases, ni restos en los caminos de ronda, transitados por senderistas de tramos largos y cortos, paseantes locales o esforzados bañistas dispuestos a disfrutar de una jornada o de un rato en las calas más insólitas aunque haya que superar serios desniveles e ir ligero de parafernalia playera para conseguirlo. Cuando hagamos la única parada de la tarde en Manzanares, llevaremos ocho horas de asfalto, de somnolencia y altibajos, desde la indiferencia, los recuerdos, el aburrimiento, el permanente recurso a la visión del móvil o al crucigramario de la compañera de viaje francesa, parisina septuagenaria de envidiable condición física y psíquica. Cruzado el penúltimo gran río de la jornada, a pocos kilómetros de sus ojos, secos sus lagrimales y sus afluentes secos por la atroz sequía.
19:00: Al fin la parada de la merienda en el bar de carretera de Manzanares. Media hora para un café y alguna muestra repostera de la tierra realeña. El café y el estiramiento de piernas han subido la desgastada moral del grupo viajero que vuelve a los vehículos con el optimismo de lo ya circulado. Después de tanta inmovilidad, la artrosis me recuerda que sigue conmigo, que no solo de palabras sobre el paisaje, el paisanaje o las imaginaciones proyectadas a su través  se hacen las crónicas de ida y vuelta. También de materiales íntimos, de achaques y alifafes se conforman las escrivivencias de tránsito rodado. Un distintivo en gris, el chapitel de pizarra de la iglesia que sobresale de los tejados terrosos de uno de tantos pueblecitos distantes del trazado es la imagen que quisiera retener cuando nos dirigimos hacia el paso de  Despeñaperros. Uno de tantos pueblos que languidecieron con el éxodo rural de los años sesenta y quedaron doblemente marginados con las autovías radiales. Pronto atravesaremos la Sierra Morena hasta el Valle del Guadalquivir.
20:15: Al llegar al primer pueblo jiennense, Santa Elena, el conductor decide que el segundo vehículo no parará a repostar, hay que seguir a toda costa para llegar a Sevilla a la hora prevista. Desde que hemos llegado a Andalucía, compruebo con vergüenza  andaluza que la rugosidad y aspereza de la capa asfáltica me impide escribir en este cuadernillo con la legibilidad necesaria. No me ha ocurrido en Cataluña, ni en la Comunidad Valenciana ni en Castilla-La Mancha, - pena, penita, pena -. A diez minutos para las nueve de la tarde, con el sol de frente en el último latigazo de luz, el bacheado del piso con el que se pelea a volantazos el conductor, desatado en su enfado, me obligan a soltar el cálamo.
21:30: Superado el paso por la circunvalación de Córdoba. La pertinaz insistencia de una mosca que viaja con nosotros desde Jaén ha conseguido relajar a las tres pasajeras de la última fila con los ánimos soliviantados por el largo kilometraje.
A las 10:30 rondaremos la última parada de la ida y la primera rotonda de la despedida.

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      Los camins de ronda son en la actualidad senderos cuidados y relativamente fáciles   que conectan toda la Costa Brava desde Blanes a Port Bou. Se cuenta que fueron sendas abiertas para que los pescadores que atracasen en un puerto diferente al de salida pudieran regresar a pie a sus pueblos. Sin embargo, la denominación de ronda tiene que ver con la vigilancia de los carabineros en el siglo XIX para perseguir el contrabando de productos acarreados en las llaüt, las tradicionales barcas de pesca, desde los grandes barcos procedentes de Génova o Marsella a la abrupta costa. A partir de 1940 y hasta finales de la década de los cincuenta  serían las rondas de la Guardia Civil las que se encargarían del control del contrabando conectado con el estraperlo revivido en la autarquía y al que se añadieron productos más sofisticados como la lencería francesa, la penicilina y las marcas de tabaco rubio más publicitadas, elaboradas por las multinacionales norteamericanas en la siempre neutral Suiza.

    Leí el relato “Contrabando” de Josep Plá hace más de un cuarto de siglo. La adjetivación precisa, su prosa realista y poética a la vez y sobre todo, la descripción exhaustiva del paisaje y del paisanaje de la Costa Brava permanecieron en mi memoria lectora. Más allá de la aventura del cabotaje del personaje narrador y de su amigo, el contrabandista Baldiri en los comienzos del siglo pasado, una luminosa estampa de supervivencias, de miedos y de identidades emanan de cualquiera de las recónditas calas de esta costa abrupta y limpia ¿Cómo no recordar las vicisitudes de la peculiar pareja protagonista para esconderse en alguna de las cuevas a las que nos acercó el barco turístico en la última tarde del viaje? La socarronería aviesa del escritor que se consideraba a sí mismo  un “horroroso intelectual”, a pesar de su amplia cultura literaria nunca dejó de creer que “lo más estúpido de la vida es nuestra tendencia permanente a olvidar nuestra propia nulidad, nuestra indescriptible, intrínseca memez”.  Y una vez más, como aficionado letraherido, comulgando absolutamente con la afirmación del ampurdanés, aquí me debato entre la recreación del sendereo y  las vivencias engendradas una vez más en un viaje de ida y vuelta. Viaje medido, acompasado, referido y siempre abierto al ser contado y transmitido.

   El gregal nos había regalado una primera hora fresca, bajo un cielo nublado y de relativa humedad para hacer la primera subida del día desde la Cala Montjoi, muy nombrada hace unos años por ser el lugar elegido por Ferrán Adriá para ubicar su restaurante El Bulli, ahora convertido en centro de experimentación. Las condiciones atmosféricas irían derivando hacia un sol espléndido y un alto grado de humedad que nos hizo llegar exhaustos hasta el chiringuito de la Platja de L'almadrava al extremo norte de la Bahía de Ampurias. Una hermosa playa de aguas tranquilas con los montes de fondo tapizados por urbanizaciones de chalés que convierten la zona  en una muestra descarnada del urbanismo especulativo que seguirá imponiéndose hasta la Platja de Canyelles Petites. Tras la parada de recuperación, una vez asumida la triste visión de las laderas mal urbanizadas, el camin pasa a ser un placentero paseo enlosetado en numerosos tramos, con barandillas de finas pretinas y mantones multicolores de jazmines del príncipe sobre el lado oeste del itinerario hasta el Puerto de Rosas. Desde Montjoi, las calas de Murtra, de Lledó o la Punta Falconera y numerosas calitas con un denominador común: el azul prístino de un mar plácido en cuya transparencia se reflejan las rocas grisáceas de los suaves acantilados. Cuando dejamos  el espigón sur del puerto para bordear la costa hasta el Cap de Creus, a las tres de la tarde, el sol pegaba fuerte en la popa del barquito turístico. El barco iba al completo y no quedaba otro sitio libre para apreciar desde el mar el itinerario de la mañana. A la vuelta del Cap, parada en el pueblo natal de Salvador Dalí, con su olvidable monumento de homenaje al ególatra personaje y con todos los motivos imaginables de su obra impresos en las prendas de las tiendas de recuerdos. El antiguo enclave de pescadores, aislado por tierra hasta 1910, es hoy un foco de atracción turística con una variada oferta de restauración para un nivel adquisitivo medio. Un breve paseo por el reducido casco urbano, pisando con cuidado los desniveles del rastell, el pavimento de lascas de pizarra extraídas del Cap de Creus. Callejuelas en cuestas, paredes de muros encalados, de puertas y contraventanas de añil mediterráneo. Incluso nos cupo entrar a la iglesia parroquial de Santa María, levantada sobre las ruinas de la destruida por el pirata Barbarroja en el siglo XVI. La visibilidad del templo neogótico desde el mar y el espléndido retablo barroco adaptado a la curvatura del ábside espoleó mi atención.  Por constatar impresiones espurias del paseíto, a pesar de la previsible abundancia de establecimientos dirigidos a la demanda turística, aún puede imaginarse la quietud del tiempo en esta bahía y sentir el miedo de los cadaquesencs cuando las naves corsarias entraban a la bahía más oriental de la península. Un café en el Blau Bar que parece ser lugar de encuentro de los cadaquenses herederos de la bohemia artística que por aquí se dejó caer  antes de la guerra incivil, fue un apeadero adecuado para cumplir con la previsible visita y rondar por el paseo marítimo al que se abren curiosos edificios modernistas. Hasta el atraque en el muelle de Santa Margarida en el sur de Roses poco antes de las ocho, el cabeceo del barco bajo una ligera llovizna vespertina nos hizo volver en la bañera acristalada del barcobús. Cabos y puntas, oquedades y cuevas, la del Infierno, la del Diablo, lo sinuoso de los pliegues alzados, variedad de colores, ocres y terrosos sobre el azul hondo del ocaso, verticalidad de algún pino colgado de las paredes de roca, las caprichosas formas de los islotes erosionados, como la de la punta del Cat, procesión de imágenes para retener en la retina de la memoria…

    En la última noche, una ligera llovizna precedió a una tormenta seca con fugaces rayos en el cielo. Relámpagos sin estruendo, iluminarias de un tiempo diluido en los adentros de uno. En la última noche los graznidos de las gaviotas acentuaron su tono desabrido. Al amanecer, los trinos de los vencejos aportaron algo de armonía al estridente concierto en la madrugada de las  carroñeras del mar.

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    La tercera ruta debía partir desde Portlligat por el parque natural y  llegar al Cap de Creus cruzando el Paraje de Tudela, parque geológico abierto a al Mar d’Amunt. Un singular enclave de rocas metamórficas transformadas por efectos de la tramontana y la salinización que pudo recuperarse para el disfrute público después de desmontar las instalaciones de uso privado del Club Mediterranée que se mantuvo activo hasta el 2004. Un ejemplo de conservación del patrimonio natural que ¿cómo no? recibe a los visitantes con una cita del omnipresente Dalí en un monolito de la entrada sobre este «paratge mitològic que és fet per a déus més que per a homes i cal que continuï tal com està». Esquistos foliados negros y grises horadados de alvéolos en cizallamiento sobre las escuetas entradas de las aguas, las formas caprichosas talladas por la erosión en las pegmatitas que llevan al juego con la identificación de animales, el camello, la tortuga, el caballo, el águila, incluso la supuesta inspiración de la roca que llevó a la factura de El gran masturbador, vienen a ofrecer un divertimento inofensivo según el acerbo icónico del espectador caminante. Un juego de proyecciones  del que todos podemos disfrutar en la actualidad. Demasiados estímulos visuales en una jornada senderista a la que solo le faltó llegar a la meta: la subida hasta el faro más oriental. De la Península. Subida frustrada en parte por el cansancio del grupo y cierta indecisión de  de la guía. Tras un breve descanso en las aguas cristalinas de la Cala Culip volvimos por el Paratge hasta la parada del bus de vuelta a Portlligat.

    En la tarde sí se cumplió con la visita programada a la casa de Dalí y Gala. Personalmente descubrí la capacidad de traición de la  memoria. Creía haberla visitado en mi primer viaje a esta zona en 1978. Estoy seguro de haber estado en esta rada e incluso recuerdo la conversación mantenida frente a la casa con los compañeros de viaje. En aquella tarde soleada, los cinco jóvenes viajeros, sentados en la arena, nos sentíamos en la vanguardia del pensamiento mientras unos pescadores preparaban las nasas para salir a faenar.  Hablamos de la relación anterior de Gala con el poeta Paul Eluard y del  enfoque revolucionario del surrealismo contra el capitalismo... Pero no pude visitarla porque aún la habitaba la megalómana pareja. Allí vivieron hasta la muerte de Gala en 1982, cuando el viudo  se trasladó al castillo de Púbol.  Había situado los salones del Teatro - Museo de Figueres en la vivienda. El conjunto de barracas anexas  no es  precisamente armonioso. En las diferentes estancias se puede entender el sentido del humor de sus moradores. Desde las estridencias estéticas y chocantes del jardín hasta el histriónico dormitorio con sus jaulas vacías y su espejo dispuesto para ver el primer rayo del sol de la mañana, la óptica daliniana manifiesta su sentido epatante. Por otro lado, las reducidas dimensiones del estudio del que salieron las principales creaciones del artista reflejan la dicotomía de un artista que más allá del personaje hizo del trabajo el eje de su existencia. La galería de fotos de la pareja con personajes y personajillos de su tiempo e incluso las de pleitesía al dictador que cubre el vestidor de Gala antes de su salón oval privado también aportan información sobre la mentalidad de la esposa del Avida dollars, según lo anagramó  Breton. Me toca pues, asumir la confusión de lo vivido y lo imaginado y aceptar que aún me quedan amplias zonas de fusión en un continuum espongiforme de experiencias vividas o supuestas para ser narradas. Y en el empeño,  procurar cumplir con el dicho para lograr la coherencia en lo escrivivido. Al menos para que el improbable lector pueda afirmar tras su lectura  que “se non è vero è ben trovato”.

   En la mañana del segundo día el calor húmedo cayó sobre el grupo cuando caminamos desde Llançá en una bajada cómoda de algo más de nueve kilómetros, con parada de descanso en el faro de Punta Arenella, el primer faro del norte de esta costa, hasta Port de la Selva, uno de los pueblos más cuidados de la zona en la que todos los enclaves son agradables. Destaca por la pulcritud de su trazado en torno a la bahía y por el cuidado diseño de las edificaciones y jardines de las urbanizaciones del entorno. Mereció la pena la vista desde la Roca de Castellar en La Punta de la Creu y el baño en la recatada cala de Tamariua, ejemplo del civismo de sus gentes. Ni un papel, ni una colilla tirada, ni una  bolsa olvidada, ni un detritus humano o animal que agreda a cualquiera de los sentidos. Mi admiración por el tradicional civismo catalán se afirma con los años.

   Después de bien comer de menú en la terraza de Ca La Paquita frente al puerto, subimos en la furgoneta hasta el monasterio de Sant Pere de Rodes, nombre de la sierra en la que se levantó allá por el siglo X. Según avanzaba el vehículo por las repetidas curvas de la GIP-6041, las vistas de la bahía de la Selva y de las calas cercanas conformaban un compendio del paisaje bravío de esta costa privilegiada. La imponente construcción me había llamado la atención desde que ojeé el programa del viaje y la visita al apabullante conjunto románico no me decepcionó. La singularidad del enclave, las interpretaciones entre la historia y las leyendas, la cuidada restauración científica de las numerosas dependencias  e incluso el número limitado de visitantes conjugaron una placentera experiencia de acercamiento al atroz Medievo, no tan lejano como podamos imaginar de la mentalidad posmoderna. De especial interés me resultó la el interior de la iglesia con sus dieciséis metros de altura y su sistema de apoyo de la nave central con pilares y columnas integradas más propio del gótico que del tiempo románico. Me pregunto sobre el tremendo esfuerzo realizado por los pobres canteros que la levantaron y sobre la capacidad de la predicación de las creencias para movilizar a la gente. Quedan algunas muestras de pinturas murales tan inocentes como pérfidas en su intención, la de un león domeñado o una escena de la crucifixión con el ladrón bueno y el malo me atraen por la ingenuidad de su imposible perspectiva. La narración de la audioguía sobre los restos de la cabeza y un brazo de san Pedro supuestamente enterrados bajo el ábside, realizada con admirable histrionismo en una tarde ya oscura y lluviosa crearon un ambiente propicio a las experiencias exóteras en el deambulatorio como alguna compañera de viaje relataría al día siguiente… Como ejemplo de su importancia en el orden sacro medieval, es el monasterio el único conjunto conservado. Al sur las ruinas del castillo de Sant Salvador de Verdera y las del pueblo de Santa Creu al norte.

   Cuando se va a cumplir un mes del viaje a la Costa Brava, retomo esta crónica que por circunstancias personales dejé sin cerrar. Llegan noticias sobre el control de un incendio en la zona desde  Portbou a Llançá que ya ha acabado con unas seiscientas hectáreas de los pinares por los que anduvimos en la primera jornada. Al pesimismo sobre los daños que causamos en este Idioceno al que no ponemos remedio por nuestra inconsciencia, se une la tristeza de imaginar el paisaje tan recientemente caminado. Fue desde Colera, uno de los núcleos más afectado por las llamas donde iniciamos la ruta para continuar por la costa hasta Llançá. Del camping cuidado que fuimos dejando a nuestra derecha para hacer la corta  subida hasta el Col de Frare puede que sólo queden hoy restos mal olientes. El primer tramo por el camin de ronda fue un paseo cómodo con agradables vistas a calas como la de Bramant y a playas de arenas grises como las de Garvet o Grifeu. Pinares acostados por la acción de la tramontana en las laderas hasta la orilla, aroma de resina, aguas transparentes, radas de horizontes azules, irisaciones verdes en el espejo de las calas más escarpadas por la composición de las rocas metamórficas de relativa juventud geológica. Un paisaje privilegiado de la Península Ibérica del que disfrutaría en un grupo de dieciséis senderistas en buena forma física, con una media de edad cercana a los sesenta y con un denominador común: ignorar en lo posible las cargadas mochilas de dolor de cada cual y no  olvidar la botella de agua en la mochila ligera de cada día. Me arriesgaría a definir una intención común: hacer del caminar en sí mismo una actividad en dos sentidos, el conocimiento sensitivo del medio natural y el crecimiento en el propio esfuerzo del senderear por caminos y veredas. Intención cumplida.
 
 
                                                                          Sevilla, 7 de agosto de 2023

jueves, 20 de octubre de 2022

CICLANZAS Y APRENDIZAJES POR EL CAMINO PRIMITIVO

   
Valle desde el mirador de Montouto


   En la segunda herradura de alto peralte de la bajada del Puerto del Palo, un cruce de vientos inmovilizó la bicicleta y la dejó suspendida en el aire por unos instantes. Jero pedaleó en el vacío en una sensación de irrealidad, fue el forzado protagonista de una escena de cine fantástico, despierto pero sumido en una vivencia onírica en su imposibilidad. 

     Una ligera lluvia había caído sobre las calles de Pola de Allande en esa noche del seis de octubre. El son del caudal del río Nisón, al que se asomaban las habitaciones del Hotel Lozano en el que se habían alojado, fue arrullo para el sueño necesario para abordar el paso del ecuador de la ruta. De amanecida, se elevaba desde su cauce una espesa niebla que les impediría recrearse en el paisaje de montaña del Occidente Asturiano. Las mesas de los únicos dos bares alladenses abiertos desde muy temprano eran ocupados por peregrinos de a pie, ningún bicigrino salvo el cronista ¿Sería tan difícil subir a pedales? La cima del Pico Pachón sobresalía en el mar blanco mientras pedaleaba en el largo ascenso al exigente puerto de de doce kilómetros que, con un porcentaje de desnivel cercano al 6% y sus 1.146 metros, se erigía como la primera prueba dura en la más dura de las jornadas del Camino Primitivo, iniciadas dos días antes en Oviedo con intención de llegar en cinco etapas hasta Melide. Una hora y media después de salir de la avenida de Galicia habían coronado. Mientras intentaban protegerse con los chubasqueros, el viento derribó las bicis que, cargadas con las alforjas superan los veinte kilos. La suya quedó con el manillar mal direccionado, lo que añadiría peligro al descenso y tendrían que parar más tarde en un reducido arcén en la niebla para corregirlo. Un peregrino pedestre les tomó la foto testimonial bajo el cartel altimétrico para dejar constancia del logro de los dos ciclistas sexagenarios. Manifestaban su orgullo y su contento, con los cristales de las gafas empañados por el vendaval de nieblas, los cuerpos ateridos y las risas nacidas del miedo y del logro. Un logro solo parcial, pues la subida desde la presa de Grandas de Salime hasta el pueblo y la del puerto del Acebo o del Acevo según la señalética en Galicia, aún se mantenían como reto del tercer día, cuando el cuerpo parece adaptado al pedaleo, las piernas entran en calor a los pocos metros y en la mente se impone cierto monopolio exclusivo en la continuación, en el esfuerzo, en la atención al piso, al roquedal, a la grava, al asfalto, a la trazada de tal o cual pendiente, a los cambios de coronas y de plato, al ritmo de la respiración sincopada con cada pedalada, a la oxigenación de los músculos y sobre todo, al esplendor del paisaje de estas montañas. Poco después de la redirección correcta del manillar, tras una curva, de improviso, se levantó la niebla y de la opacidad blanca emergieron las montañas y estribaciones de los valles formados por afluentes del Navia, arroyos como el Castanedo o el Pumarín hasta la aldea de Montefurado, principio de túnel minero entre los valles del río Castelo y del Río del Ouro. Entregados a la contemplación de los escarpes recién nacidos de la nada, iniciaron una de las bajadas más impresionantes por la umbría del valle hasta el embalse de Grandas de Salime. Si la ascensión al Pico del Palo fue arriesgada y dura, la emoción vivida ante la belleza de esta zona de dorsales verdes, de levantamientos, de pliegues de estratos extendidos como dedos de gigantes reposando en los prados, cercados por el rudo perfil de los picos, compensó todos los miedos. El esfuerzo quedó olvidado en la emocionada y emocionante experiencia del placentero descenso de quince kilómetros hasta el embalse, muy diezmado en su volumen por las consecuencias del calentamiento global que sufrimos.
 
   No fueron muy bien atendidos en el condumio de media mañana por la señora del Café Jaime, el primer bar que vieron abierto en el municipio grandalense. En la soledad de sus calles palpó la nostalgia de un pasado más próspero, con numerosos locales abandonados y casas en venta y cierta aspereza en la actitud de los paisanos hacia los peregrinos que hasta entonces no había percibido en esta comunidad. Quizás el hecho de haber llegado debilitado, incómodo y empapado de sudor condicionó su percepción de la villa. Para no perder el ritmo del pedaleo había subido con el cortaviento cerrado las violentas herraduras del ascenso con una temperatura demasiado alta para el mediodía de otoño. Guardará en la memoria la solidez de la planta cuadrada de la colegiata de San Salvador, la amplitud de su pórtico perimetral y la mixtura de estilos y sucesivos añadidos del paso del tiempo, desde la modesta fachada románica hasta ciertos modos de restauración integrados en el conjunto.

   Desde Grandas hasta el puerto de El Acebo no hay descanso. A partir de Peñafuentes se empieza un tramo de cinco kilómetros al 8%. En el cartel de la parte asturiana se informa de una altitud de 1.030 metros que en la parte gallega pasan a ser 1.050 ¿Serán veinte metros de más o de menos? Pequeñas diferencias sin importancia, manifestaciones de la relatividad de las mediciones cuando no se aplican las herramientas adecuadas con la objetividad técnica precisa ¿Signos de competitividad mal entendida entre comunidades fronterizas? Para relajarse en las diferencias de la cartelería ha tenido que sufrir un poco más. Antes de acceder a Fontenova, aldea en la que la pendiente arrecia, se ha salido la cadena por un error de principiante en el tiempo de los cambios, corona 8, corona 9, plato mediano, plato pequeño, frustración y frenada, pie a tierra, ayuda rápida del compañero, cambio de ritmo, paradas técnicas para recuperar el aliento y echar un último vistazo a los picos del suroeste asturiano; nubes de moscas le acompañan en el ascenso, pesadas y tenaces en su revuelo, moscas que mutarán a sus ojos de pardas a negras, acosadoras en sus vuelos rasantes para nutrirse del sudor que el ciclista exhala por todos los poros. Al fin, poco antes de la cumbre, el zumbido alternante de agudos y graves de las aspas de los aerogeneradores, colosales tubos de órganos de un culto nuevo anuncian la coronación de la cima. De Asturias a Galicia por Lugo con Fonsagrada como meta del día. Será la única jornada que realicen siempre por carretera, un total de 74 km que pronto empezarán a pesar en las piernas y en las nalgas resentidas por las horas de sillín y asfalto, un asfalto que también cambiará en el paso de una a otra autonomía, del alquitrán gris astur al rojizo de la vía gallega. Misterios cromáticos identitarios, diferentes morteradas de calidades o implicaciones de intereses empresariales. Por primera vez, paran para almorzar antes de la meta en Catroventos, donde recomponen el cuerpo y el ánimo con un menú a la gallega manera, con vino del país, caldo, bacalao y tarta de Santiago, sin chupito al postre, para tomar impulso en las últimas rampas del collado donde se ubica el municipio gallego a más altura. Tarde breve para el descanso y para la interiorización de las vivencias, marcadas en esa etapa más que en ninguna otra por la percepción emocional del paisaje que en la mañana emergió del mar de nieblas en el valle del Narcea.

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    Había pasado la noche del dos de octubre casi en vela, deseoso de empezar el viaje que Alvil y él llevaban preparando desde tres meses atrás. Mantuvieron en ese tiempo cuatro reuniones técnicas para definir el recorrido, sus etapas, el coste económico y el nivel de exigencia física. Encuentros prolijos en los que apalabraron los alojamientos, aseguraron el empaquetado y transporte de las máquinas y del equipaje, obtuvieron los pasajes de los vuelos más baratos y completaron la logística requerida para hacer El Camino Primitivo con cierta seguridad. Aún así siempre quedan problemas que han de resolverse en el momento y retos imprevisibles cuando te enfrentas a rodar casi trescientos kilómetros por los senderos que pudo seguir en su desplazamiento entre la tercera y cuarta décadas del siglo IX, el noveno rey de Asturias, Alfonso II, conocido por unos como “El casto” y por otros como “El trovador”, según se recoge en el Cronicón emilianense. Más de una vez, durante la pedalada, se acordaría de la familia del monarca, de su padre Fruela I y de su madre, Munia, que en su sueño expansionista no pensó en las dificultades del trazado hasta Iria Flavia para los turigrinos del futuro. 

    Espoleado por la curiosidad se había interesado por la figura del verdadero artífice político de la Ruta Jacobea. El tal Alfonso, fuese casto trovador o solo célibe regidor, reinó más de cincuenta años, una excepcionalidad tanto por su longevidad como por la estabilidad que consiguió mantener durante su reinado, pues los rasgos selectivos de la monarquía visigótica aún perduraban en las actitudes de la nobleza. Fue un personaje con un pie en las leyendas y otro en la realidad histórica. Estableció en Oviedo la capital de su germinal reino frente a Pravia, llegó a saquear Al-Ushbuna, la actual Lisboa, al final del siglo VIII volviendo a sus dominios con un cuantioso botín. Educado en el monasterio lucense de Samos, se opuso a la opción adopcionista promovida por la Iglesia mozárabe de Toledo, partidaria de un acercamiento al diálogo con los musulmanes aceptando de partida la especial humanidad de Cristo, hombre adoptado Dios para predicar la doctrina, mas no partícipe de la tríada cristiana. Cuestiones que hoy pueden parecer espurias, pero que servían para el mantenimiento y la justificación del ejercicio del poder en la sociedad teocrática del Medievo, como en nuestro presente economicista puedan justificarse los desequilibrios de los mercados acudiendo al supuesto equilibrio entre la oferta y la demanda. Cuestiones que sirvieron para conformar el corpus dogmático de una doctrina que le sería muy útil al sagaz Alfonso para reforzar la unión de la corona y la Iglesia. De ese modo, el último sucesor del rey Pelayo consiguió asegurar la expansión de las fronteras astures hasta León y Galicia frente al acoso militar de Al-Andalus. Sin duda, fue un tipo con visión a largo plazo que pronto organizó la partida de confirmación con lo más granado de su corte para acudir a la llamada del obispo de la diócesis de Iria Flavia, Teodomiro, a quien un eremita de nombre Pelagio había relevado sus visiones de luces sobre una zona (campus stellae) en la que casualmente, se halló un arca de mármol o arcis marmoris con restos humanos que serían adjudicados por inspiración divina a los del apóstol Santiago y a dos de sus discípulos. El milagroso hallazgo significó para el longevo rey, la perla más valiosa de su corona. De ahí al Santiago Matamoros aún faltaban unos siglos, pero la simiente propagandística estaba sembrada. Para cerrar esta incursión en los orígenes de la peregrinación, es conveniente subrayar la conexión que siempre mantuvo con su coetáneo Carlomagno a través de regalos de soldados, prisioneros y botines. Casi mil doscientos años después, el itinerario del viaje de la corte de Alfonso II hasta los confines de Occidente, donde soplaban aún aires priscilianos y la construcción del primer templo sobre el supuesto sepulcro del apóstol, es conocido como el Camino Primitivo. 

   En la última década la primera de las rutas jacobeas ha ido adquiriendo prestigio por su dureza y por la belleza de los senderos. Para responder a la creciente demanda, se han mejorado sus infraestructuras de albergues, hostelería, restauración y avituallamiento. En definitiva, empieza a ser una vía de enriquecimiento económico del occidente asturiano y de la zona norte lucense a través de la promoción de un turismo diverso en sus motivaciones, de nivel adquisitivo medio y respetuoso con el medio ambiente. Se trataba de hacer el recorrido por este Itinerario Cultural Europeo antes de que su masificación lo colapse como ya ha ocurrido el pasado verano en el Camino Francés y en la misma capital. No olviden la conexión astur-carolingia de los orígenes para entender este hecho milenario, sin duda enriquecedor pero cuya masificación actual puede llevarlo a la decadencia. Para no sumarse al gregario peregrinaje acabarían sus ciclanzas en Melide.

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   Unos minutos después del mediodía del 3 de octubre despegaba el Airbus 320 del aeropuerto de San Pablo que los dejaría en poco más de una hora en el aeropuerto de Asturias. En modo avión el móvil, en modo avión él mismo, a pesar de que hacía tres años que se había prometido a sí mismo no volver a subir a uno. Y allí estaba, asumiendo su contradicción, con una rodilla encajada en el respaldo del asiento delantero y con la suerte de poder estirar la pierna izquierda de cuando en cuando porque su plaza daba al pasillo. Todas las plazas ocupadas, cada vez siente más rechazo por la incomodidad del pasajero, por la contaminación que este transporte de masas empaquetadas produce y por los formalismos de la supuesta seguridad. Siempre tienen que comprobar su identidad y es de los pocos viajeros al que le piden el DNI. En las últimas filas viaja un grupo de quince personas con Síndrome de Down acompañados de cuatro monitores que han dado gritos de júbilo después del despegue y que aplaudirán con fuerza en el aterrizaje ¿Por qué no mirar al mundo con la alegría de este grupo? El mejor deseo de Irina vuela con él en un mensaje de última hora, recibe otro del hermano en el que le desea Suerteee! Una pasajera los ha identificado como peregrinos sin que lleven signo externo alguno y les ha preguntado al pasar a su lado si van a hacer el Camino Primitivo ¿Para qué agriarse el momento? Le gusta escribir a 30 000 pies de altura sobre la superficie, explorar la sensación física de las palabras en las turbulencias de la nave. Ensimismados, los pasajeros se refugian en los juegos en sus móviles, dormitan acuciados por el ruido monótono de las turbinas y por la presurización obligada en el interior o se entregan a la mirada hueca al vacío. Al menos, uno de ellos escribe en un anticuado cuaderno de papel de tapas duras; se deleita en sus manugrafías anacrónicas.

   Al viajar sin equipaje, consiguieron llegar a tiempo para la salida del bus de la terminal hasta la capital ovetense prevista para las dos de la tarde. Los tiempos encajaban, los buenos augurios parecían cumplirse en la jornada de traslado, hasta que un incidente rompe los planes. Tardarían más en el desplazamiento por tierra que en el vuelo desde el sur. Un pasajero había reservado su asiento en el bus con anterioridad y en el momento de la partida, con todos los billetes ya vendidos, el conductor le comunica que no es posible su incorporación porque el vehículo está completo. El señor de la reserva se niega a bajar del vehículo. La situación se complica. Entre los viajeros cunde el enfado, la disconformidad, las alternativas, la llamada del conductor a la autoridad, la intervención de otro vindicando su derecho y acusando al reclamante de secuestrar a todo el bus. La presencia de la Guardia Civil a requerimiento de las partes, el agraviado que interpone una denuncia a la empresa ALSA que tiene el monopolio del servicio, la espera se alarga. Alguien pregunta como reclamar por el retraso. El conductor le remite a la oficina de la estación término. El bus de las dos de la tarde saldrá a las tres. Cuando se pone en marcha, un grupo de jóvenes aplauden la resolución. Se pregunta cómo hemos llegado a ser una sociedad tan conformista. Nadie se presenta en la ventanilla de la empresa para hacer efectiva la reclamación por la demora. La temperatura alta y el alto grado de humedad nos les ofrecen una recepción agradable. Primer día sin almuerzo. 

    Nunca ha conseguido captar la idiosincrasia de la capital de Asturias. Su gastronomía es seductora, su gente es amable y educada, las calles céntricas son agradables y sus aceras amplias, pero denota cierto fingimiento forzado en las relaciones con las que nunca se ha sentido cómodo. Recuerda con agrado el delicado prerrománico del palacio de Santa María del Naranco y la iglesia de San Miguel de Lillo que esta ocasión no podrá visitar porque el tiempo apremia y han de recoger y montar las bicis en la oficina de Correos. Aprovechan el resto de la tarde para pasear por la ciudad, por el parque de la Reconquista a la sombra de los fresnos, hayas y abedules de sus cuidados parterres, para volver a las rollizas figuras de bronce de Botero, a los Caballos asturcones de Manuel Valle y a la fachada del Teatro Campoamor. Se detienen ante el escaparate de la librería familiar Polledo que rezuma amor por la edición local y profesionalidad en las libreras que la regentan. Antes de dirigirse a la catedral, “Porque quien va a Santiago y no al Salvador, visita al siervo y no a su señor”, según comenta Alvil, tomarán un café en la Plaza de Riego, a los pies del monumento al general tinetense, cuyo pronunciamiento en Las Cabezas de San Juan allá por 1820, cuando se dirigía con sus tropas a embarcar en Cádiz, propició el Trienio liberal en el nefasto reinado de Fernando VIl. Vino a colación la letrilla oficiosa del himno de la II República:
 “Si los curas y frailes supieran/la paliza que les vamos a dar/saldrían a la calle gritando/libertad, libertad, libertad”.

   Jocoso anticlericalismo tarareado sin acierto por Jero para alargar el diálogo y consensuar actitudes de equipo. Cerraron el prólogo a la aventura acercándose a la plaza de San Salvador para admirar una vez más la imponente torre de base gótica flamígera, para siempre unida a la vigilancia del canónigo Don Fermín de Pas y a las pasiones de Ana Ozores en su congelado paseo en la esquina de la plaza. Cuando en la memoria, “Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana del coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la santa basílica. La torre de la catedral, poema romántico en piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne” (1). Aunque no pudieron visitar la Sancta Ovetensis, accedieron a la Capilla del Rey Casto por el Jardín de los Reyes Caudillos, una zona que rezuma épica guerrera en su estatuaria belicista de la posguerra. La visión de su cúpula, aunque reconstruida y los detalles de la portada tardogótica al crucero norte de la catedral merecen la pena. Tras disfrutar de unos culines de sidra como era de rigor en una de las sidrerías populares de la calle Gascona, se retiraron pronto a sus habitaciones en la Pensión San Juan. Pasillo estrecho y alfombrado después del recibidor y la salita de huéspedes, mostradorcito de madera noble, profusión de cuadros de cromatismo vario, apliques tenues encastrados en los bajos techos, baño reducido y sábanas limpias para una noche de sueño inquieto a pesar del cansancio del traslado. En pocas horas empezaría la primera jornada.

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 Los últimos rayos del sol de la tarde caen tímidamente sobre los azulejos de la mesa de jardín de la amplia terraza del Hostal Sotos de Salas en el que se hospedan esa primera noche en ruta. Intenta anotar en el cuaderno lo vivido desde la salida de Oviedo no antes de las ocho y cuarto para asegurarse la luz de la mañana. El sentido prohibido de las calles para empezar el camino les obligó a caminar un buen rato por las aceras. Han sido siete horas de pedalear, desde que dejaron la Depresión de Oviedo, cruzaron el puente sobre el río Gállego y se acercaron al valle del Narcea. La densidad de los hayedos, de los robledales y de los bosques de castaños se ha ido imponiendo con suavidad, desde el goce de su umbría a la luz radical de los campos cultivados. A la vista los hórreos asturianos, más amplios y sólidos que los gallegos. Intuye que estas muestras de arquitectura popular se conservan más como signos de identidad que por su utilidad presente. Las grandes pacas cilíndricas de heno abundan en las explotaciones agrarias. Ha sido la primera inmersión en un medio natural húmedo que a pesar del cambio climático, muestra la capacidad de adaptación de la naturaleza, en la que los “praos” brillan, los ríos mantienen cierto caudal y sus aguas cristalinas cantan su paso cerca de las veredas, en las que el áspero gruñido de la alta población de urracas ha sido eco de compañía en las primeras horas.

   Ha guardado respetuosos silencios ante el apabullante paisaje mientras procuraba mantener un ritmo en la respiración y en la cadencia del pedaleo, salvo en algunas trochas salpicadas de pedruscos de pendientes alucinantes cercanas al 30% que impiden seguir montado y obligan a formar un triángulo escaleno entre el cuerpo escorado y la bici con su equipaje como ocurrió en la subida al Escamplero. El silencio se rompe en jadeos de respiración lastimera. Visitaron el santuario de La Virgen del Fresno, un ejemplo digno del barroco popular también cerrado a la visita. La señora que se encargaba de su cuidado y de la llave ya no está en condiciones de atender a los peregrinos que allí acuden. Las vistas desde su altura compensaron el desvío. Pararon en Cornellana muy cerca de la meta en Salas para acercarse al monasterio de San Salvador, en proceso de restauración, otro conjunto monumental de interés en un lugar calmo a las afueras de la población.

   No se han cruzado con otros ciclistas pero sí han ido saludando a peregrinos de ambos sexos, de mediana edad o de tercera, mayores con cierto poder adquisitivo y el tiempo y las condiciones físicas precisas para hacer la ruta más exigente de todas las jacobeas. Entre los caminantes solos, los hombres suelen ser de edad avanzada y poco habladores. Hay más variedad de edades en las peregrinas solas, jóvenes, maduras y mayores, quizás más extranjeras que españolas pero en todas observa una señal común: caminan tranquilas, se sienten seguras y así lo expresan en el ritual saludo de “Buen camino”, que oyen en todos los acentos y tonos. En un intento porcentual basto de los modos de agrupación, dejaría a los peregrinos solos el 10%, a las peregrinas el 15%, un 40% a las parejas y a los grupos de entre tres y cinco componentes al 35% restante. Por origen, tras los españoles de todas las autonomías, irían los alemanes, los franceses y los ingleses. Observaciones del peregrinaje desde el sillín, sin más intención que la aproximación ni más objetividad que la de la cercanía curiosa, claro está.

  Con la primera etapa ha empezado la exploración del propio límite físico, de su capacidad de resistencia en la prolongación de la voluntad sobre el grito de socorro del cuerpo y sus necesidades, la discriminación de aquellos órganos más forzados en el esfuerzo, la musculatura de las piernas y la circulación sanguínea, el adormecimiento de los dedos sobre el manubrio, la necesidad de más oxígeno para paliar el mayor gasto energético, el ejercicio mental para continuar unas pedaladas más en una subida porque sabe que evitará diez pasos de arrastre de la máquina que le pueden quebrar más. Con la primera etapa llegó la primera caída. Decidió desmontar por miedo sobrevenido a una bajada asfaltada y corta que apareció después de una esquina al paso por una aldea. Al levantar la pierna, tropezó con una de las alforjas y cayó hacia el lado. Se golpeó el codo izquierdo contra un murete de la linde. Aprendió de la vivencia del miedo, herramienta de doble filo que contribuye a la supervivencia y a la vez acecha en la autodestrucción. Está tentado de cerrar la narración del día con la pseudoépica del cansancio extremo del ciclista al hacer la última subidita a Salas, cuando el bostezo recurrente lo acercaba a la sensación próxima al desmayo y casi a la obnubilación en la señal de cruce hasta el arco de la muralla medieval. Prefiere revivir el cuadro costumbrista vivido pocos minutos después, ya más repuesto, en “Casa Pachón”, el restaurante que Alvil conocía y cuya nombradía fue reforzada por la recomendación de la señora del hostal. Es un local pequeño, abierto desde las doce a las nueve de la noche, regido por dos hermanos que atienden y apabullan a los comensales habituales y a los peregrinos con un menú de pocas opciones y larga oferta de imposición de hasta tres platos, con bebida de valdepeñas y gaseosa, postre y café, todo incluido en su saber mandar, decidir y atender a las mesas de cuatro, de tres o de dos plazas con el desparpajo del chamarilero y la experiencia de taberneros a los que les gusta el oficio. A ellos les correspondió una mesita pegada a la barra porque se acercaban las cuatro de la tarde y como dijo uno de los hermanos:”A quien da lo que tiene…”Allí fueron bien servidos, saciaron la sed con un botellín y su apetito quedó tan saciado que renunciaron al tercer plato incluido en el menú. Los gritos de los comensales, las risas, los chistes y las fanfarronadas de un grupo de peregrinos talluditos sobre las heroicidades de la jornada también estaban incluidos. Una inyección de optimismo en la recuperación para la siguiente etapa. Un paseo por el pueblo con visita a su digna colegial de Santa María y al parque de Doña María Zuleta junto al cauce del Nonaya, donde pasaron un rato dedicados a los mensajes y a las llamadas al sur. Desde ese punto cardinal relacionó el apellido que nominaba al parque con la más antigua bodega de manzanilla de Sanlúcar de Barrameda. Atención a la conexión de las marismas del Guadalquivir con los cultos a Mitra y su actualización con La Virgen del Rocío. El son cantarín del caudal del río los acompañó en la comunicación con los afectos íntimos.
 
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   Sin mirar atrás, solo al inmediato futuro de nombre punzante, La Espina, un puerto en tierra de la Malatería a la que hay que subir sin pausa cuando al dejar la última calle de Salas empiezan a rodar en una senda de piso cubierto de zurrones. A lo largo de esta exigente etapa, la trilogía del bosque asturiano (h.r.c.) les acompañará durante todo el recorrido. Se alejaron unos doscientos metros para ver la cascada del Nonaya y su frescor casi exótico fue una agradable experiencia para los oriundos del árido sur. Pararon a desayunar en Tineo en La vinoteca, por las vistas que ofrecía del paisaje, pero la casualidad hizo que siguieran acercándose a la veta republicana del recorrido. En la tierra natal del constitucionalista Riego, fueron a sentarse en el velador más cercano al monolito de don José Maldonado, otro prócer republicano del pasado siglo, alcalde de la localidad durante la II República y su último presidente en el exilio. En el modesto memorial, bajo el relieve de su rostro, un sucinto texto: “Nací republicano, viví republicano y moriré republicano porque la república es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Ingeniosa contrarréplica del bueno de don José al lema del Despotismo Ilustrado con el que se definía en la enseñanza secundaria del siglo pasado.

   Abiertos a empaparse de todo lo que el camino ofrece, volvieron a desviarse para conocer uno y recordar otro, las ruinas del monasterio de Santa María de Obona, fundado en el siglo XII, con raíces legendarias hasta el siglo VIII. La equilibrada fachada románica de la iglesia, desnuda de ornamentación en su proporción equilibrada de volúmenes y el paramento angular del claustro barroco que se mantiene en pie sobre la profusa vegetación que lo invade, forman un espectacular conjunto, enriquecido como lugar de retiro del Padre Feijoo, que ¡ay! a su regreso de la meditación a Oviedo se hizo llevar el agua de la fuente hoy seca. Quedarían otros detalles dignos de investigar como la relación invertida de los blasones de los dos escudos nobiliarios de los muros. Otra apuesta para aprender más de un lugar privilegiado de “aguas buenas.” 

   La primera parte de la etapa fue dura por los largos tramos no ciclables. Ásperas pendientes en los que las rocas puntiagudas, como recién nacidas de la última orogénesis y la perpendicularidad de las raíces en el piso obligan a aprender de dolencias nuevas y alarman antiguas señales como las molestias que recidivan en el pie izquierdo que le llevaron a un largo periodo de invalidez en la lejana adolescencia. En el tirar jadeante de la máquina y sus pertrechos, sin dejar de atender a las dificultades del arrastre, puede bifurcarse en el pedregal presente y en el remoto pasado. Vuelve a estar tendido horas y horas con ese tobillo inmovilizado, en una hamaca colgada de las argollas de la cuadra de la herrería familiar. Aquella artritis infecciosa de dudoso origen y pésima respuesta clínica le cambió el carácter y redirigió sus intereses de niño inquieto a la lectura de novelas de aventuras, las obras juveniles de Fenimore Cooper, de Emilio Salgari, de Walter Scott y sobre todas, las de Julio Verne, aquellas que le abrieron a otros mundos. Vuelve a los libritos de bolsillo acumulados debajo de la cama en un cubo de latón primero y en un baño de zinc después porque las estanterías para libros ni siquiera estaban en el mercado. Se mantendrá en sus adentros en la infancia sublimada recuperada en esta primera senectud, en el placer por la aventura, en la cadencia armónica de la bajada por una carretera cómoda después del puerto de Porciles. Con el sexagenario bajaba el niño que disfrutaba de su bici verde de cadete de la misma marca que la de montaña que hoy maneja, en la que se deja mecer y llevar por la inercia del desnivel, con la que alterna las suaves frenadas y el pedalear de control ¿Qué mejor viaje que la recuperación del pasado para enriquecimiento del presente? 

     En otra subida no ciclable hasta Borres, cuando intenta acoplar la respiración y el arrastre, entiende el parpadeo de una vaca como un guiño de apoyo ¿Tan falto de oxígeno va para alucinar? ¿Será el rumiante más filósofo reencarnación de uno de esos duendes de los bosques? ̶ Muy necesitado debes estar para creer que una vaca te ha guiñado. ̶ Fue el jocoso comentario de Alvil que había desandado el camino para echarle una mano en la rupestre subida. Semióticas cruzadas de humor en torno a la mística del Camino. Dejando atrás el último puerto del día, el de La Lavadoira, vuelven a dejarse caer en una bonita bajada hasta Pola de Allande o Puela en la fabla asturiana. Poco antes de las tres echaban pie a tierra frente al Hotel Lozano. La hora más adecuada para el buen yantar en el espacioso salón de La nueva allandesa, con sus ventanales al río Nisón y sus limpios manteles de cretona blanca. Entre tantos aprendizajes de un viaje de este tipo, destacaría la responsabilidad que exige al viajero, desde lo más definitorio: la ruta ha de cumplirse con los propios medios, la bici tiene que estar en condiciones para responder a las dificultades, contar con que el azar no traiga demasiados contratiempos para el cumplimiento de los tiempos, la previa logística ya referida en la reserva de los alojamientos, la administración sensata de un presupuesto limitado, la sintonía con el compañero o compañeros con los que se comparte, la disposición física y psíquica para el esfuerzo de cada jornada, para responder las exigencias que cada día se plantean y la aceptación de las propias debilidades y las del otro. Toda una panoplia de condicionamientos que se ejercitan a diario como ocurre con el equipaje que ha de ser mínimo porque el peso se multiplica con las horas de pedaleo, pero con lo imprescindible para cubrir las necesidades de aseo y de íntimo decoro. La organización del equipo de ciclista y de la ropa de paseo requiere también su tiempo en el horario cotidiano. Para que la aventura fluya y sea grata requiere un alto nivel de autodisciplina.

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     Habían previsto que la cuarta jornada sería la más larga, pues desde Fonsagrada hasta San Román de Retorta distan casi ochenta kilómetros. Su intención era rodear Lugo para evitar entrar en la ciudad en sus fiestas patronales dedicadas a San Froilán y descansar en Casa Castrelo, presentada en la red como casita rural. Pero la etapa se alargaría más de lo previsto y hasta la caída de la tarde no llegarían a San Romao, cuando ya declinaba la claridad y empezaba a ser peligroso pedalear por una carreterilla con grandes socavones, sin señalización ni arcén. Cuando salieron con la primera luz del albergue-pensión Cantábrico hacia Montouto, notaba en el cuerpo la dureza del día anterior pero no dramatizaba en exceso las señales de cansancio. Vería. Algunas subidas impertinentes por tramos empedrados le volvieron a la realidad del camino, sin mirar atrás, disponiendo las potencialidades ganadas y obviando las flaquezas. La mañana les regaló otro paisaje espectacular, con la niebla cubriendo el valle del río Das Romeas, en el ascenso al paraje donde quedan las ruinas de un antiguo hospital de peregrinos del siglo XVII, se levanta una ermita de factura reciente y el dolmen de Pedras Dereitas. Pudo influir la serenidad del lugar y el paseo por el mirador de Montouto, con sus testimonios pétreos de siglos, para que Alvil dejara olvidado el casco en el pórtico de la ermita. Se lanzaron a una bajada por un sendero cómodo, implicados en los escollos del piso y en el colorido de los bosques de castaños de la ladera hasta la venta-mesón de Paradavella, donde pararían para el desayuno pero estaba cerrada. Allí se percataron del olvido. Una vez más, el azar jugó a su favor y el propietario del mesón lo acercó por carretera hasta el carril del hospital. Desde allí, Alvil volvió a hacer la bajada a grandes zancadas con el casco pero sin bicicleta. Jero se quedó en Paradavella, al cuidado de las máquinas y pendiente del paso de los peregrinos con los que se habían cruzado en la subida por si hubiesen recogido el casco olvidado. Se habían percatado del objeto en el pórtico de la ermita pero como estaba colocado cuidadosamente sobre el suelo, por respeto, no lo habían tocado siquiera. Alvil tuvo una recepción triunfal cuando llegó a la venta de Paradavella, porque durante la espera, el compañero había difundido el hecho y relatado el despiste a cuatro peregrinas de Canarias, a un peregrino de Córdoba y a otros tres de Zaragoza con los que habían departido del camino en la tarde anterior que paraban con la intención del refrigerio. Todos se sumaron al aplauso del corredor olvidadizo que había cubierto el tramo en la mitad del tiempo previsto. Un retraso sin importancia, una anécdota amable que dice del buen talante de los peregrinos durante las caminatas y en los recesos.

Paradavella de la recepción triunfal


     Pasado el momento de euforia continuaron en una subida dura bajo una espesa niebla hasta A Lastra. Alternaron caminos y carretera según la conveniencia, por seguridad o por buscar el acogimiento de los bosques de carvallos o de castaños. Antes del mediodía optaron por hacer unos kilómetros más para conocer o recordar la llamada “Catedral de Castroverde”, en la aldea de Vilabade a donde llegaron después de una larga bajada bordeando bosques de pinos negros, eucaliptales y campos de cultivo. La iglesia de Santa María, de planta gótica, con un pórtico renacentista de cinco arcos, escalera central de acceso y elementos barrocos y neoclásicos en la espadaña, formó parte de un antiguo convento franciscano. Se abre a una explanada flanqueada por el Pazo de Vilabade del siglo XVII que perteneció la familia Osorio y hoy es un establecimiento turístico. El conjunto podría ser parte la zona histórica de cualquier gran ciudad, sin embargo se yergue en el fondo de una valle en una modesta parroquia lucense. Es lastimoso que tanto patrimonio permanezca casi en el abandono. En la tierra más preñada de leyendas de la Península, se cuenta que el convento fue fundado por Francisco de Asís con su primer discípulo, cuando volvían de Santiago por el Camino Primitivo en el siglo XIII. Si la historia está bien contada aunque no muy documentada… 

   La experiencia compartida implica el uso de un argot específico respecto a los avatares de las ciclanzas. Si hablan de una parada técnica, hablan de unos minutos en el arcén o en el recodo para recuperar el aliento, de dar un breve descanso a las piernas o de reponer el agua del bidón que solo usa uno, en la fuente de la aldea de paso o aparecida después de una curva del camino. Así, en el léxico “sui generis” alviliano, si habla de “una cuestecita” ha de prepararse para superar un desnivel del 10% y si se trata de “una subidita” no es extraño que supere el 12%, diminutivos cuya única verdad radica en su longitud, unos pocos metros, sí, pero de castigo. Palabras para conjugar la resistencia y llegar un poco más adelante antes de echar pie a tierra, intentar arrastrar la máquina lo menos posible, una pedalada más es un ahorro de pasos, un impulso en el ánimo. Asentamiento en la superación y fortalecimiento de la voluntad que va más allá de la siguiente loma que quedará atrás pronto.

   La llegada del Camino Primitivo a Lugo es una de las entradas más cuidadas las ciudades grandes por las que pasan todas las rutas jacobeas en esta tierra. Nunca le gustó Lugo, la ve como la más provinciana de las capitales gallegas, con menos atractivo, destacable solo por sus murallas o por el especial acento del gallego que allí hablan. En las afueras, el camino puentea la autopista por dos veces, serpentea por una pista de grava, pasa a un piso de suave asfalto y se adentra en una zona residencial muy cuidada y bien señalizada que curveando en cómodas espirales lleva a una empinada cuesta que deja al peregrino en el centro. El sentido de la circulación en un mediodía ya muy caluroso, con la ciudad atascada por el tráfico del viernes y de la fiesta, les obligó a caminar un buen rato por las aceras. Tuvieron incluso que subir con las bicis a pulso una larga escalera de acceso a la parte alta hasta llegar al pie de las murallas para dirigirse a la plaza de la catedral. No pudieron rodear el perímetro urbano como pretendían para no despistarse del trazado. Bajaron hasta el puente sobre el Miño con el sol pegando con fuerza. La travesía de la ciudad no fue agradable. En el entorno de la Plaza Mayor, un grupo de rock hacía pruebas de sonido desde un escenario. Las ásperas disonancias y los acoples a gran volumen azotaron sus oídos y golpearon en el ánimo después de los gozosos silencios poblados de los bosques y de la montaña. Un momento oscuro a pesar de la luz del día. Decidieron no parar a comer en la ciudad y continuar hasta San Román a poco más de veinte kilómetros. Otra subida corta pero dura les esperaba después de salir por la rúa de San Pedro y enlazar con el sendero que discurriría casi en paralelo a la carreta comarcal. Poco antes de la cinco hicieron una parada técnica en un dispensador de refrescos y tentempiés anunciado como vending (otro anglicismo impropio y cateto) ubicado en un viejo establo al borde de la carretera. Recibieron en ese momento un mensaje de Transportes Garea, la agencia con la que habían quedado para el traslado de las bicis. Les comunicaban que el presupuesto dado no era viable y que se duplicaría. Tres llamadas sin respuesta, un mensaje para renegociar el mismo, el tiempo que apremia ante el cierre del fin de semana, el estrés añadido, la impotencia ante la poca profesionalidad de la empresa, un momento de indecisión y de rabia. El problema pudo resolverse oralmente por un enlace remitido a otra agencia y una llamada telefónica. Había apurado la botella de agua de un trago. Otro retraso en la larga jornada que no contribuyó a mejorar la disposición para lo que restaba hasta la meta. Allí, en un bonito paraje encontraron el peor de los alojamientos del viaje y la más sucia de las estancias. Alvil tuvo que dejar a las cuatro de la madrugada su habitación de la mal llamada casita rural con cuatro literas y un aseo abierto, acosado por las arañas, la suciedad y el asco. Vio amanecer desde el bar abierto del cercano Albergue de Cándido sobreponiéndose al malestar y al frío con un té caliente.
 
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   En la última jornada amaneció más tarde y a pesar de su impaciencia, tuvieron que esperar unos minutos más en el malhadado lugar. Enfilaron casi a oscuras el primero de los senderos tapizados de los zurrones caídos y que seguían cayendo a su paso desde los castaños centenarios, en subidas bruscas y condescendientes bajadas. Los cuervos, con sus graznidos disarmónicos ofrecieron la banda canora en la más dura de las subidas del día, corona 1 y plato 1, a tope. Galicia rural, en sus olores a estiércol, a leche recién ordeñada, a heno empaquetado, a eucaliptal y a caldo. Galicia en su meteorología indecisa, de nubes amenazantes y sol huidizo de rayos tímidos. Otra subida endemoniada y corta antes de As Seixas y una breve parada para la documentación obligada del puentecito romano de A Fontaneira, de elegancia proyectada a través del tiempo en el sutil equilibrio de arco extendido de medio punto, para que las calzadas se mantuviesen como las venas de cohesión del extenso imperio. Sobre el trazado de una de ellas subirán ahora. Por allí pasaron las legiones, los carros, las mercancías, la parafernalia militar, los esclavos, las prostitutas que las seguían. Hasta Melide, la distancia era corta. Pararon a desayunar con calma en Casa Buriño, entre algunas mesas de peregrinos de variados orígenes de este Itinerario Cultural Europeo. Hasta Toques, a un tiro de piedra de Melide, el camino fue muy cómodo. Hicieron la última parada técnica no para reparar el cansancio sino para adaptarse a la despedida del Camino, para llenar por última vez la botella de agua en el chorro de la fuente, para la última foto en el crucero y para echar de soslayo un vistazo a la iglesia de origen románico muy remozada, del cementerio, cuidado y pulcro como todos, no ha visto ninguno abandonado. Las nubes se habían disipado y el cielo lucía un azul intenso en la onda de aquella Galicia Caribe que sonaban en las noches blancas de los noventa en la más festiva de las urbes gallegas. Recopilación mental de anécdotas para compartir con los amigos, sensaciones de logro frente al reto, aprendizajes sobre uno mismo y sobre los goces en la mirada sin prejuicios a la realidad, a una tierra de parajes abruptos y suaves, a un paisanaje que mantiene cierta identidad en el vendaval de la globalización, que opone alguna resistencia a la homogeneización de las costumbres y a los modos importados de vivir, que en definitva, también mantiene una mirada dulce hacia el mundo. 

    Al mediodía dispusieron de las habitaciones en la pensión Casa Magua, en la calle Camiño de Ovedo de Melide. La hostalera, en un admirable gesto de confianza con los desconocidos, les comunicó las claves de la entrada al edificio y las de las habitaciones adjudicadas. Ella no se presentaría hasta la tarde pero el establecimiento quedaba abierto para ellos desde ese momento. Allí encontraron las cajas para el embalaje de las bicis como la señora Ana se había comprometido a tener desde que apalabraron el alojamiento. Con gestos como este, bien podían olvidar los sinsabores del hospedaje de la noche anterior. Una vez instalado solo quedaba el cierre del viaje real. Al día siguiente, tomarían el avión de regreso a Sevilla desde el aeropuerto Rosalía de Castro de Santiago. Celebraron la consecución de los objetivos optando de buen grado por cumplir con las tradiciones culinarias en las dos pulperías de más renombre, sin más límite que el de la prudencia. Se sumaron gustosamente al ambiente único de estos establecimientos, de gran capacidad, donde pueden comer casi un centenar de personas a lo largo del día. Salones con largas mesas corridas y banquetas únicas que pueden aprovechar hasta dos grupos de comensales diferentes, desconocidos que se aúnan frente a los platos de patatas o de pulpo a feira, con los fogones al centro del local, a la vista de las mesas cercanas. Con un servicio que trabaja a gusto, o al menos así le parece. Mesas sin manteles ni servilletas, celebración lúdica de la ingesta. En “Ezequiel” fue el almuerzo y en “A Garnacha” la cena. Buen comer con los productos de esta tierra y del cercano océano, regado de ribeiro tinto en un caso y de un fresco albariño en otro para afrontar cada cual a su modo la sensación de vacío que sucederá de inmediato antes de que la memoria transforme lo vivido en recuerdo. En la tarde habían desmontado y embalado las bicis en la plazuela frente a la pensión. Con la aceptación amable de la señora Ana, la agencia de transporte MRW que les sacó del apuro en la tarde del viernes las recogerá el lunes próximo.

    En su desplazamiento hacia el oeste cada día amanece un poco más tarde. Se ha asomado al balcón de la habitación y mira a la calle Camiño de Ovedo en su cruce con la rúa Travesa. Muy pronto será transitada por los peregrinos del Camino Francés, el más concurrido, turigrinos, bicigrinos, europeos, coreanos, viejitos llevados en buses o en taxis colectivos que saldrán desde la plaza del Cantón de San Roque y no estirarán las piernas por esta rúa peatonal. Todo un muestrario humano y de lo humano, en nutrida muestra del círculo milenario, siempre camino de ida y vuelta, una vez conseguida la meta, sea el vínculo el abrazo a la espalda del santo, o a un castaño centenario, sea la certificación compostelana de la Iglesia o la laica del ayuntamiento de Fisterra. Magma de símbolos de consecución, suvenires, testimonios del “yo estuve allí” para fardar al regreso con los vecinos del barrio, del bloque o de la urbanización de medio pelo. Su meta ha sido Melide. La mayoría la cruzarán en Santiago y para otros será Finisterre o Muxía. Siempre en la esperanza de la vuelta. Pendiente quedará el análisis intrahistórico de sus causas. Probablemente, el alma casta del rey Alfonso II seguirá vagando por los bosques astures, admirado de las consecuencias de su viaje fundacional. Por interés o por fe confirmó la veracidad mágica del hallazgo y mandó erigir el templo en la parte ocupada por el arcis marmoris, casualmente descubierta. Sacralizó las dos caras del espacio y del tiempo en un terreno exclusivo para la divinidad, excluido de las tierras comunales y de los bosques impenetrables, estableció una meta trascendente sobre el tiempo en la acotación sacramental del espacio. Asistió desde el balcón de la pensión al nacimiento del día con la conclusión definitiva sobre el origen del hecho turístico. El turismo nació con los Santos Lugares del Medievo, por muy orgullosos que estén las clases altas británicas del “Gran tour” del siglo XIX para que sus jóvenes herederos se asomasen a los exotismos mediterráneos y se curtieran en la superioridad de clase. Desde el siglo IX, cuando en una noche alucinada, prendió en Pelagio la mecha del campus stellae, las luciérnagas miríficas de las leyendas siguen en su vuelo browniano manteniendo viva la llamita de la atracción por el viaje salvífico, pero de ida y vuelta.

   La densa niebla les acompañó en el trayecto en taxi desde Melide hasta Arzúa. Cuando pasaron a la zona de embarque del aeropuerto Rosalía de Castro, el cielo mostraba su azul más intenso. Muy lejos quedaba el pasajero de la mañana del pasado 9 de octubre de aquel otro que casi veinte años antes tomaba otro vuelo de vuelta al sur.

   Cuando cierra esta crónica la invasión de Ucrania por parte de Rusia sigue causando dolor y muerte en una población europea. En el mismo entorno en el que se ha desarrollado este itinerario cultural milenario del que no deja de aprender. La crisis energética condiciona el modo de vida y el cambio climático avanza con negras perspectivas. A pesar de las contradicciones que nos caracterizan como especie solo puede salvarnos de la destrucción la única creencia común necesaria para la convivencia y el progreso: El ser humano es bueno por naturaleza. Vale. 

                                                  
Entrada al claustro del monasterio de Santa María de Obona

 
1.- La Regenta. Leopoldo Alas "Clarín"

                                                                                             Sevilla, 20 de octubre de 2022

domingo, 1 de mayo de 2022

    Prímulo Camino de invierno 

Puente de Barxa de Lor

       Antes del amanecer he abierto las ventanas de la habitación del albergue Cabo da Vila de Fisterra. Aquí he dormido como un niño la última noche del viaje. Tan profundo ha sido el sueño que me ha costado recuperar la conciencia de la realidad hasta que el aire fresco del Atlántico ha ventilado la reducida estancia y ha oreado mi conciencia, ahora sí, mecida en la calma de un logro. Me he asomado al alféizar para llenarme con el olor salino que sube desde los adoquines aún brillantes de la humedad de la madrugada para distinguir los sonidos de la vida en este enclave del que fue en la Antigüedad el fin del mundo conocido. Oigo unos pasos que se acercan por la estrecha acera de la rúa Coruña. Alguien ha saludado al vecino de enfrente que acaba de abrir el portal de su casa de piedra. ¡Bos días, Xuxo! No puede ser un mal día para cerrar la experiencia de haber primavereado por el Camino de invierno. Una aventura de siete días que tuvo larga incubación.

    A principios de enero compré una libreta de dibujo y apuntes para confirmarme a mí mismo que sería realidad unos meses después, hacer en bicicleta uno de los ocho itinerarios históricos  del Camino de Santiago, el conocido como Camino de invierno. El proyecto se materializaría en la primavera. Al final del mes me reuní con Alvil para fijar la fecha, las etapas, los recorridos, los perfiles orográficos de cada una, las posibilidades de alojamiento en cada localidad y las opciones de transporte hasta Ponferrada, tanto en la ida como en la vuelta. Dos días después resumí los contenidos de cada una según la documentación que me pasó el futuro compañero del viaje. Primero con una bici prestada de ruedas de 26 pulgadas hasta que para la tercera salida dispuse de otra de  ruedas de 29 pulgadas que fue importante para darme confianza en la potencialidad de la máquina y en mi capacidad de resistencia y de esfuerzo. Desde entonces comencé a familiarizarme con la bicicleta de montaña haciendo una ruta semanal por los senderos del Aljarafe y otros de la Campiña sevillana. A modo de ensayo general hicimos una etapa del Camino de la Vía de la plata, desde Sevilla a Guillena para hacer noche en Castilblanco de los Arroyo. Ese relato formará parte de otro texto.

    Cerramos las reservas de los alojamientos y la previsión de gastos en uno de los veladores  de la plaza de Los terceros de Sevilla en la mañana nublada y cálida del 18 de marzo a la espera de recoger las bicis, ya puestas a punto en el taller. A poco más de veinticuatro horas de la partida, me columpio en el cordel de la ilusión y de los breves vértigos, a la cobija de los carballos soñados y de la experiencia del  Camino francés,  larga caminata revivida en destellos para horadar los muros de los duelos en este Camino de invierno. Treinta años después, ahora en bicicleta, entonces a pie. La  mujer con la que lo compartí  también partió a su último viaje hace un tiempo.

    Dormí unas horas en casa del compañero de la ruta. Pretendíamos salir a las tres de la madrugada para estar antes del mediodía en la Estación internodal de Santiago. Fui agasajado con el calor hospitalario de la familia en una cena compartida con dos de sus hijas, sus parejas y el matrimonio anfitrión. Las viandas del menú no fueron adecuadas para mi delicado aparato digestivo, pero por deferencia a la atención recibida me obligué a no rechazarlo a sabiendas de que empezaría el viaje con malas consecuencias para mi tracto evacuatorio. Heces y aprensiones que no deberían importunarme más de lo preciso. A las 2:50 de la madrugada del domingo 20 de marzo, enfilábamos la autovía de la Ruta de la plata desde Tomares. Casi novecientos kilómetros con un solo conductor y con un acompañante poco acostumbrado a los largos trayectos en coche, en una vía por la que circulaban demasiados camiones para una noche festiva que escapaban así de la presión los piquetes de los convocantes de un paro del transporte propiciado desde una plataforma minoritaria contundente en sus coacciones. Tuvimos ocasión de participar de la tensión de uno de esos camioneros amenazados en la  larga noche. En un adelantamiento, uno de ellos aceleró sin sentido y por unos segundos nos sentimos en peligro, solo pisando el acelerador más allá de la velocidad permitida salimos del aprieto. Cuando se anunciaba el amanecer en el Valle de Ambroz, paramos en una gasolinera para entonar el cuerpo con una bebida caliente. En el no-lugar de paso, una pareja en la barra en atuendo deportivo y un vecino de la zona de aspecto descuidado cerraban el triángulo para ser servidos por un camarero somnoliento. Poco después asomaba un sol tímido sobre los llanos charros. Cambió la luz, cambió la transparencia del aire, volvía a las cabezadas descontroladas por la vigilia. En una lucha contra el sueño fuimos adentrándonos en la grandes llanuras de Castilla, en toda su extensión, en su evidente pobreza, en la expresión modesta de una cultura milenaria como la que supuso la segunda parada del viaje en la localidad natal de León Felipe, Tábara. Curiosamente sus apellidos, Camino y Galicia, serían un buen presagio si creyera en la causalidad de las casualidades. El paseo alrededor de la iglesia previsigótica fue un ungüento de alivio para los ojos irritados de la noche de conducción monótona. Y ¿cómo no recordar los versos más conocidos del olvidado poeta zamorano, muerto en el exilio como tantos otros creadores?

                             Yo no sé muchas cosas .es verdad.

                             Digo tan solo lo que he visto.

                             Y he visto:

                             que la cuna del hombre la mecen con cuentos,

                             que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,

                            que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,

                            que los huesos del hombre los entierran con cuentos,

                            y que el miedo del hombre...

                            ha engendrado todos los cuentos. (1)                            

    Al oeste quedaron las estribaciones de la Sierra de la Culebra y desde Tábara continuamos a La Puebla de Sanabria tras superar una larga recta que transcurre paralela al llamado Camino Sanabrés, uno de cuyos tramos compartiremos más adelante en el Camino de invierno. Accedimos a Galicia por el puerto de Padornelo. Una niebla leve se derramaba sobre la autovía de las Rías Baixas. A la salida del túnel, otro repostaje de combustible y un café espumoso para compensar el cansancio del desplazamiento y la pesadez de la inmovilidad en el habitáculo del coche. La trabajadora única del establecimiento cobra los repostajes, sirve los cafés y atiende todos los consumos con una actitud amable en su habla mixta de gallego y portugués. 

    Poco antes de la una llegamos a la estación internodal de Santiago. Las vivencias y los recuerdos emulsionaron en una bronca lucha interna. Me quedé en la entrada guardando las bicis y el equipaje mientras que Alvil conducía hasta el parking para dejar allí el coche hasta la vuelta. En ese mediodía, la niebla de la mañana había dado paso a una luz radiante que hacía más intenso la variedad de verdes, de las leiras a los bosquecillos de las lomas; que afilaba los perfiles de los tejados a dos aguas de los bloques tradicionales de los barrios de la periferia santiaguina, enlucía a su vez la diatriba entre el dolor por su ausencia y la resignación de imaginar el placer de sus sensaciones penúltimas antes de que el negro azar actuara, al atisbar ese mismo paisaje desde la canastilla de un globo un Día del libro. Una vez más, la respuesta fisiológica condicionada por la vivencia inmediata requirió con urgencia de un servicio para soslayar la íntima derrota. 

    A las tres montamos en el bus con destino a Ponferrada que no va directamente a la capital del Bierzo, no. Su primer destino es Coruña, una visita a la ciudad en la que él creció con la que no había contado. La estación de autobuses no queda lejos del tanatorio donde fue velado. En los descuidados andenes esperan numerosos viajeros también desastrados. El cielo intensificó su gris de tristeza, los altos edificios anodinos de la zona se erigían adocenados en el mal gusto. El malestar por la falta de sueño y las horas de inmovilización en el asiento del bus agravaron el desequilibrio de la percepción en presente del viaje. De Coruña a Lugo y subida a su estación de autobuses, de muretes desconchados y andenes repletos de pasajeros de la Galicia más pobre.    

    Por íntima desesperación escribí en el bloc de notas del teléfono estos haikus:

 

Vuelvo a Santiago

desde el sur, ya sin llanto.

Bruma en el aire.

 

Cerco el tanatorio

donde fuiste velado.

Mar huido.

 

Océano escondido

tras galerías

de altos edificios.

 

Tú no estás,

la ciudad es otra.

Maromas sin noray.

 

      Al fin superamos el puerto de Piedrafita del Cebrero, agobiado por la transmisión radiofónica del fútbol de la tarde dominical en la cadena de los obispos, cuyos cronistas cantan los goles y los eslóganes publicitarios con desafinados gritos. Con ellos, el conductor castigó a los sufridos viajeros a lo largo del cansino trayecto. Aún tuvimos que esperar  diez minutos de parada de regulación horaria en Villafranca  a escasos kilómetros de Ponferrada. 

     La capital berciana parecía desierta en la zona baja. Solo cuando accedimos al casco histórico, en la parte alta, algunos paseantes de domingo y unos pocos grupos de turistas de la región en las exiguas terrazas animaban el frío atardecer ponferradino. Compartí con el compañero del viaje la última vez que estuve en la ciudad como peregrino del Camino francés, aún en la treintena, cuando  « la obligatoriedad del estricto horario del albergue nos hizo desdeñar la posada gratuita para acampar al pie de las murallas del castillo templario. Aún se veían pintadas como “Puta León, Bierzo libre”. A más de cincuenta metros sobre el cauce del Sil establecimos la tienda. Cuentan algunos estudiosos que bajo el torreón del castillo del Temple se esconden tesoros y griales. Las leyendas crecen según te acercas a Galicia, el gusto por los cuentos emana de sus tierras brumosas. Este caminante sufrió en sus carnes el acoso de los caballeros de la Orden, fue atacado por todos los flancos con agrias lanzadas y feroces puñaladas de templarios transmutados en chinches picajosas. Los infames bichejos, como cruzados crueles, dispusieron todas sus huestes al ataque y consiguieron que la vigilia de la noche se hiciera interminable. Ansioso del alba para superar la paliza picajosa, amanecí con el cuerpo cubierto de pupas de las que tardaría días en reponerme. Aquellos verdugones violetas que estigmatizaban la piel requirieron dosis masivas de antihistamínicos, baños de agua caliente y todo un día encerrado en la habitación de un hotel digno. Aún así no fue del todo suficiente. Chinches del Temple, vengativas almas transmutadas desde el fondo de los siglos que dejaron en mí un doloso testimonio de su afán de mal». (2) Vas por el mismo camino pero eres otro. Amalgamas lo que fuiste con quien ahora eres. No te reconoces, solo el hilo de la memoria te da continuidad en la conciencia de ti mismo. 

     Para cerrar la larga jornada de sur a norte, de norte a noroeste y de nuevo al sur, después de haber circulado por la autovía de la Ruta de la plata, por la de Las Rías Baixas, por la del Atlántico y por la del Noroeste, de haber cruzado cuatro comunidades autónomas, con paso de ida y de vuelta por León, nos sumamos a la expectante afición local al derbi por excelencia de la liga futbolística en el bar La tertulia, que más que favorecer la plática, favorecía con sus dos pantallas gigantes enfrentadas  la presencia masiva de los vecinos dispuestos a apurar más de una copa de tinto de la tierra llevados por la seducción del balompié. Hasta tres llegamos a degustar por nuestra parte para justificar nuestra presencia en el previsible coro de loas, críticas y frustraciones por la llegada de la pelota a la red ¡Goool! Gritan unos, silencios de disgusto y gestos de aparente enfado en los otros. Me asombra la capacidad de seducción del juego, las vibrantes emociones  que pueden generar este juego de territorios y la fidelidad a unos colores que permanece más allá de la espectacularización del mismo y del capital que moviliza. 

     Desayuné muy temprano a solas en el bar del hostal San Miguel, mientras el propietario repasaba la contabilidad en un libro de cuentas tradicional con su Debe y su Haber. Me preparaba para  el reto que tenía por delante. Empezaríamos realmente la pedalada. A la salida de Ponferrada, una indicación mal interpretada nos hizo volver a las murallas del castillo templario por una callejuela  empinada que me obligó a echar pie a tierra por primera vez. Mal presagio para la primera jornada que empezaba con una subida suave por la falda del monte Pajariel bordeando el río Sil,  mientras que la ciudad de tejados grises quedaba a nuestra derecha. En la primera media hora de pedaleo, el compañero pinchó. Giramos a rueda para que actuase la grasa antipinchazo sin resultado. Pronto tuvimos que cambiar la cámara, la jornada no acababa de fluir. El ascenso por las estribaciones del Pico Pajariel obliga al esfuerzo constante. De nuevo vuelvo a tener que arrastrar la máquina que parece duplicar su peso para superar los desniveles. En el corazón de la comarca berciana atravesamos  pueblos silenciosos, pasamos bajo  los voladizos de sus balcones apolillados de dejadez y de abandono hasta llegar a Priaranza del Bierzo con intención de emprender la subida al Castillo de Cornatel pero un error de orientación nos llevó a la ruta de las impresionantes Barrancas de Santalla, unos erosionados farallones arcillosos que se levantan majestuosos en su tonos rojizos sobre el valle del Sil. A sus pies se extienden extensos bosques de chopos aún desnudos de invierno en este día primero de la primavera. El desvío nos obligará a dar un largo rodeo en torno a la cumbre del castillo de Cornatel que a pesar de las expectativas originadas por los comentarios de Alvil sobre el interés del paraje no llegaré a apreciar. En los avatares de la ruta vas conociendo al compañero, su capacidad física y su resistencia mental, su apoyo cuando desfalleces y también su autoexigencia y su excesivo enfado consigo mismo cuando se equivoca en algo tan banal como no percatarse de un mojón del Camino que nos obligó a hacer algunos kilómetros de más. Tras varias dudas y esforzadas subidas, conseguimos desembocar a la ruta  por carretera hacia Borrenes.  Una aldea más en franca decadencia, en la que intentamos ayudar a Socorro, una mujer de noventa y seis años que nos pidió agobiada que le abriésemos el portón de una habitación al borde de la calle en la que guardaba los comestibles porque llevaba dos días con la llave en la mano sin conseguirlo. Tampoco nosotros lo logramos. La pobre señora, con unos pocos dientes oscurecidos, más de un pelo recio en la barbilla y una mirada ida, desprendía un fuerte olor a mugre, con una falda grasienta sobre unos pantalones sucios, expresaba con palabras desabridas su desesperación y su rencor contra un mundo incomprensible. Al poco apareció Luisa, una vecina algo más joven y de mejor presencia con la que entró en discusión sobre los hijos que vivían en Ponferrada, sobre el porqué se la habían llevado del pueblo contra su voluntad y contra su opinión la habían devuelto, sobre la actitud de una nieta que “era un caballo”, sobre nuestra imposibilidad para socorrerla…Y uno se deja envolver en el problema de tantos mayores sin cuidados, en las condiciones de una sociedad en la que los viejos estorban y los llevamos a morideros o les damos de lado. En el futuro que me resta como viejo pronto. Una ligera llovizna arrinconó por unos instantes mis preguntas. 

    El esfuerzo en el primer tramo de la subida hasta Las médulas, ese paisaje de alucinantes pilares de  tierra rojiza, erigidos como fantásticas estalagmitas,  restos de la montaña horada hace dos mil años por los maestros de obra romanos al frente de miles de esclavos para conseguir la mayor mina a cielo abierto de extracción de oro, declarado Patrimonio de la Humanidad, casi me llevó al desfallecimiento. Los últimos tres kilómetros hasta el enclave, ya por el arcén de la carretera, fueron una dura prueba de resistencia. Llegué exhausto, necesitado de glucosa que busqué compensar  con avidez con un té caliente  y una magdalena. Por el desgaste sufrido, renuncié a subir un tramo más hasta el alto de Las Predices, que según todas las guías ofrece la mejor de las vistas. Renuncias para evitar otra crisis. Solo el descenso de cinco km por el valle del Valdebría hasta Puente de Domingo Flórez, lugar de paso entre León y Galicia, por una pista de tierra que serpentea por laderas aromadas de pinos silvestres y pinos negros, te compensa en tus vacilaciones. Te dejas mecer en la bajada entre verdes y juegos de luces. En el comedor del hostal San Miguel saldamos el almuerzo apurando el primer menú de la ruta por doce euros. La cocina popular berciana, marcada por el cerdo en casi todos los platos, condicionaría de nuevo mi bienestar  digestivo para liberar urgencias en la continuación del pedaleo hasta Sobradelo, la meta del día, subiendo por la margen derecha del río Sil en paralelo a la vía del tren. Ya en la comarca de Valdeorras, en tierra gallega, quedan a nuestra izquierda  las canteras de pizarra de las que el país es el primer exportador mundial. Contrastan los tonos grises de estas explotaciones a cielo abierto con sus altos montículos de restos a los que aún no se han encontrado soluciones de reutilización con los intensos verdes de los bosques de la Sierra del Eje. Para entrar a esta localidad que no llega a los seiscientos habitantes pasamos frente al cementerio situado en la parte más alta como es habitual en esta tierra definida por el culto que rinde a los muertos. Olvidables las pésimas condiciones higiénicas de las destartaladas estancias en las que nos alojamos en el único albergue del pueblo,  solo mitigadas por la amabilidad y la atención en el trato que recibimos del propietario de luengas barbas, gorra permanente y pasos bamboleantes en ajadas  babuchas de fieltro más que usadas. El miembro activo de Los amigos del Camino de invierno nos preparó con cariño unos filetes de pollo a la plancha y una rica ensalada para la cena que, regada con una jarra de áspero tinto de Mencía y dos chupitos de licor de hierbas o de licor café, alivió el cansancio y ayudó a superar la repulsión hacia la suciedad del dormitorio. Incluso a la mañana siguiente cumpliríamos con el rito de una fotografía para endosar su nómina de peregrinos. Bicigrinos, según nos había definido a nuestra llegada uno de los dos caminantes que también hicieron noche en el sucio albergue. Un tipo habitual entre el variopinto peregrinaje, exultante al final de la jornada, estrafalario en su chándal amarillo con el escudo de la Orden de Santiago, personaje locuaz y fanfarrón, caldeado con el cumplimiento de la etapa y con algún trago largo que se extendió más de lo necesario en el relato de sus proezas del día. Antes de la partida, después de nuestro posado para la asociación de Los amigos, el peregrino del chándal amarillo apareció con la cara desencajada y con aire compungido,  preguntó al hospedero por el centro de salud para ser atendido de una urgencia estomacal. Su compañero en el peregrinar había salido una hora antes. 

     En Sobradelo empezamos la rutina de la ruta, la llegada a la meta del día, la instalación en la habitación, la organización de las alforjas, el paseo por la zona, la programación mínima del día siguiente, la cena y el imprescindible retiro temprano cada cual a sus vivencias. Frente al monumental puente sobre el Sil insistió mi amigo en que nos hiciéramos un selfi a lo que accedí a pesar de mi rechazo a esta iconolatría narcisista. El puente, del que no tenía entonces información, me llamó la atención por la factura de arquitectura industrial y sus siete arcos de piedra roja. Después recopilaré información en la red en la que se afirma que “… en la Guerra de la Independencia contra los franceses, el abad de Casaio, Juan Ramón Quiroga, al frente del ejército de voluntarios de Valdeorras, mandó derribar el arco principal para evitar el paso de las tropas enemigas al otro lado del Sil. Se había construido entre los siglos XVI y XVII, tras ese incidente, tardó bastante tiempo en repararse, pero finalmente se hizo a finales del siglo XIX”. Asimismo, me llamó la atención la curiosa arquitectura racionalista de la iglesia de Santa María de Sobradelo, levantada sobre una antigua planta térmica y que según se expone en una placa informativa fue erigida con la subvención del Estado alemán de 1943 para la atención espiritual de los técnicos germanos desplazados allí durante la Segunda Guerra Mundial para la obtención de wolframio necesario para la industria armamentística por lo que según se cuenta el núcleo de población fue conocido como “ciudad de los alemanes.” La información no me convence, dudo de  la veracidad y la objetividad de la Historia y de las historias que nos conforman. Con posterioridad he leído que la Xunta subvencionó su reforma recientemente y que se  pretende incluirla como referencia para el peregrinaje. Al fin y al cabo, los caminos siempre son resultado de crisoles de culturas y tiempos sobrepuestos sobre el mismo itinerario, sobre espacios enriquecidos por diferentes creencias y percepciones del mundo ¿Por qué nos atraen tanto recorrer los caminos anteriores a la sociedad industrial, sea el Camino de Santiago o  cualquier otro que no coincida con su sistema de comunicación? ¿Por qué gusta seguir los trazados sobre el relieve que fueron surcados a pie, a lomos de animales o en carro? Caminos difíciles para el transporte de mercancías y para los desplazamientos rápidos. Para el transporte de turistas se impone el antiecológico transporte aéreo, para el transporte de la energía la contaminante navegación de los grandes petroleros, de los gaseros, de los contenedores para los productos de consumo masivo y sin embargo, cada vez resultan más sugerentes los desplazamientos lúdicos por los antiguos caminos. Quizá los centenares de miles de años de nomadismo como especie y los cinco mil años de civilización agrícola nos resultan muy cercanos y aún permanecen en el ADN del homo sapiens frente a los escasos tres siglos de civilización industrial. Quizás aún recordemos tantos pasos y tantas búsquedas bajo la oscuridad de los bosques, tantas búsquedas titubeantes por los accidentes del terreno sometidos al terror a lo desconocido, a la proyección del propio miedo a la muerte y avivemos en el subconsciente el culto a los dioses paganos a los que reservábamos lugares inaccesibles y cuevas oscuras. Restos del politeísmo de las primeras religiones con sus entidades protectoras de la naturaleza y sus dioses malignos frente a los monoteísmos indiferentes al medio natural o claramente utilitaristas: “…y llenad la tierra y sometedla; dominad en los peces del mar, en las aves del cielo y en todo animal que serpea sobre la tierra...” escribió alguien en nombre del Dios único. Porque buscamos encontrar  raíces y conexiones con la realidad física, con el terreno, con el aire libre, con los sonidos de los vientos y con los silencios de los páramos en un anhelo de un tiempo ajeno a la virtualidad del presente.

     Salimos de Sobradelo, subiendo por la rúa Real  por el segundo puente de origen medieval de un solo arco sobre el río Casaio, bajo una ligera llovizna que ni siquiera impedía la visión del valle que se nos ofrecía desde la carreta OU-981 de cómodo asfalto hasta O Barco de Valdeorras.  A la salida de Villamartín, antes de tomar un cruce para A Rúa, una conductora bajó del utilitario para una pregunta obvia ¿sois peregrinos?  Sonia R. se presentó como periodista y nos pidió permiso para hacernos una foto, accedimos por cortesía y después nos pidió hacernos una entrevista. Trabajaba para un medio local de la comarca de Valdeorras: Somos comarca. Se comprometió a mandarnos el enlace una vez que la hubiera editado y le dejé mi número de teléfono. Cuando pasaban los días sin recibirlo, le comentaba al compañero que no lo haría  como era propio del ser periodista. Pero me equivoqué. El último día, ya en Fisterra, recibimos el enlace, el texto escrito y la interviú grabada. Siempre se aprende a rectificar y a pensar mejor de los demás. Más allá del relativo interés de nuestras respuestas a sus preguntas improvisadas sobre la marcha, las preguntas de una profesional de la comunicación que aprovecha cualquier ocasión para la crónica del día a día, transcribo su respuesta a mi agradecimiento por haber cumplido y a mi deseo de que su medio siguiera creciendo porque “Las personas son las que nos hacen crecer y las que son como vosotros nos hacen grandes. Gracias”. 

     En el centro de la comarca, ya en A Rúa paramos para el desayuno. Frente al rico café con la cremosa leche gallega y al aceite de oliva, opté por la seguridad del té verde y de la no menos rica mantequilla para evitar nuevas alteraciones fisiológicas como así fue desde entonces. Pequeñas renuncias para obtener otros beneficios más duraderos. Desde la desviación de A Rúa hasta la aldea de Albaredos en el municipio de Quiroga. En la tercera jornada, superé con ritmos acompasados en series la subida de más de siete km. A partir de ese puerto volvieron a flaquearme las fuerzas pero el cuerpo va adquiriendo una capacidad de sacrificio y empieza a dar señales de resistencia de las que me creía incapaz. Bordeamos las laderas de la Sierra del Caudel hasta ver en el fondo del valle el cauce ya ensanchado del Sil, que por algo seguimos La Ribeira Sacra, la siguiente denominación de origen, la nueva comarca al paso. El nuevo paisaje me ayuda a superar la primera crisis de la mañana. A las doce y media cruzamos la primera aldeíta de la provincia de Lugo, Albaredos, silenciosa y desierta. En el horizonte los primeros viñedos en bancales. A la salida, en el lavadero público hicimos una parada breve de recuperación y solaz acompañados por el runrún de la fuente sobre el pilón bajo la estricta vigilancia de una diosa desconocida de inspiración hindú tallada en el tronco de un carvallo. El descenso, largo y con una pronunciada pendiente exigía atención y cuidado; después llegaría la nueva subida y la primera bajada para  retomar oxígeno hasta un nuevo descanso en un antiguo molino de aceite o muiño poco antes de Bendilló. Picamos unos frutos secos sentados en una de las piedras de amolar dando la espalda a un reducido monolito dedicado al industrial local que promovió su aceite, de un alto porcentaje de acidez y extracción sobre balsa de agua. La planta rectangular de una ermita en ruinas flanqueó el momento. Mas los pistachos no fueron suficientes para recuperar fuerzas y en el peralte siguiente volví a gustar del paseo con la bici a rastras hasta normalizar la respiración y conseguir aliento para continuar en el pedaleo. En la siguiente bajada hasta Soldón sufrí la primera caída de la ruta. Atenazado por el miedo, no conseguí mantener la rueda trasera enfilada al superar una zanja en las lascas y salté a besar el lado derecho de las pizarras sin más consecuencias. Desde Soldón un obligado tramo de bajada cómoda por carretera y un arcén ancho y seguro fue un regalito de la etapa hasta la meta del día: Quiroga.  El rico almuerzo en Casa Aroza, local de comida casera, abundante, de sabores tradicionales y un trato excelente por parte de la camarera, así como contar con un más que digno hospedaje por uno de los precios más módicos en el hostal Quíper de esta ciudad pequeña y cohesionada de Lugo, me hizo olvidar las duras condiciones de la pitanza y del alojamiento del día anterior. Alternancias de bienestares y displaceres del esfuerzo diario.  

    Si en El Bierzo, el carácter áspero de los leoneses es una seña de identidad más allá del tópico, como compruebas en las respuestas recibidas cuando hemos preguntado por alguna dirección o alguna bifurcación dudosa, en Galicia, cuando preguntas a cualquier paisano por la dirección adecuada si te has desviado del camino, este te va a ofrecer siempre una primera posible y otra también “porque puedes llegar tomando esa rotonda y después la segunda salida, o bien sigues hacia adelante y despides el puente a la izquierda o mejor antes os desviáis por la derecha…” Tú pones cara de estar comprendiendo el mensaje y la información que con la mejor voluntad te ofrecen pero no has entendido nada. Le das las gracias y procuras  organizar las múltiples opciones, entre ellas la de guiarte por la intuición, la de recurrir a un nuevo informante o la de volver al punto de la duda. A los gallegos mayores de las numerosas aldeas les gusta contar historias, fabulan incluso para informar de un recorrido, se sienten portadores de un conocimiento único respecto a su medio cercano en este tiempo de globalización de datos, de dependencia del GPS y de redes. En otra ocasión, un septuagenario del rural, de inequívoco aspecto celta que trabajaba su sembrado, nos precisó que el pueblo por el que preguntábamos estaba por carretera a mil ochocientos metros aproximadamente y que si cogíamos por el camino a dos mil cien metros, que él lo tenía comprobado. Magnificencia en la exactitud de la medida. Otro de los placeres de la ruta, el gusto por el valor de la palabra viva nacida de la inmediatez física con los otros.

    Aunque en ese día será Galicia la única comunidad autónoma en la que no llueva mientras que en el resto del país las lluvias abundarán, salimos de Quiroga con el piso mojado por una ligera llovizna caída antes del amanecer como pude ver desde el ventanal de la habitación del hostal en mi despertar temprano. La subida al pinar de Nocedo es larga y dura, su prolongada pendiente se hace aun más áspera porque una parte de estos pinares han ardido hace poco. El olor a madera quemada batalla en la pituitaria con el aroma de los nuevos pinos de repoblación. Los pulmones se quejan por falta de aire, cada célula requiere más oxígeno, se imponen paradas breves para recuperar el tono y el aliento. Un motivo cualquiera ayuda a la recuperación. Alvil me espera poco antes del final del puerto cuando mi agotamiento es evidente. Durante unos minutos observamos en silencio la labor de tala de troncos y despojamiento de ramas que realiza el brazo mecánico de una máquina de oruga, manejada con soltura por un solo hombre. 

Ermita de Los Remedios
    “Que el camino nos sea útil a todos en el esplendor de la naturaleza, aunque quemada, que resurge en cada estación, como resurge la paz en el corazón de los peregrinos afanados en sus búsquedas”. Nota del momento en el cuaderno de dedicatorias que dejan los peregrinos en el alféizar de la entrada a la pequeña Capela dos Remedios, modesta ermita, ejemplo de la religiosidad popular, de planta rectangular y tejado de pizarra a cuatro aguas que ni siquiera cuenta con espadaña, levantada en el alto de una loma en la que se amontonan los troncos quemados, a la que había llegado  con el ánimo avivado por la superación de otro escollo. La bajada serpenteante por el valle del Lor añadió optimismo al pedalear hasta Carballo de Lor y su enclave hermano sobre el río, Barxa de Lor. En Barxa volvimos a hacer un descanso que aproveché para hacer un apunte a lápiz del lugar. Uno de los  más acogedores en la riqueza de su cromatismo, en la conjunción del puente medieval sobre el río con sus dos molinos, sus manchas de olmos y fresnos. Una estampa del poblamiento disperso en esta bendita tierra de montes antiguos y valles encajonados. Ásperas pendientes, algunas que pueden rozar un desnivel del 30%, bajadas y subidas, impensables senderos y caminos  escondidos que llevan a recónditas aldeas, casas erigidas en lugares imposibles y reducidos porches abiertos al vértigo. Me dejo llevar en el placer de los trazados curvos, por continuar en los rodeos en espiral para superar cualquier collado, en la ascensión y en el descenso. Frente a la línea recta de la civilización industrial, el gusto posmoderno por la vuelta a lo sinuoso de la realidad… 

    A la una de la tarde entramos en Monforte, la segunda ciudad de la provincia lucense cercana a los veinte mil habitantes. Atrás quedaba el largo vadeo por la ribera del Saa con corredoiras inundadas entre bosques de abedules y de pinos. En la memoria inmediata los líquenes y las yedras vistiendo los troncos, los olores de la hojarasca en descomposición, el efluvio del humus regenerador del estiércol del vacuno, los ladridos de los perros encadenados a sus funciones de alarma, los troncos de las cepas a la espera del injerto. Cuando aparcábamos las bicis  ante la puerta de la Pensión Miño, un hombre de mediana edad con chaleco amarillo de la policía local, bajó con diligencia de un coche particular y se dirigió a nosotros preguntándonos con contundencia si éramos peregrinos. Con expresión aturrullada, en un gallego “muy de Lujo” nos conminó sin más a que fuésemos a la comisaría que estaba al final de la calle para conseguir el sello nuevo con una concha de la Policía. Respiramos aliviados, habíamos creído que venía a amonestarnos por algún motivo o por haber tomado una calle a contramano. En la tarde nos dirigimos a la comisaría indicada por el supuesto agente del orden para que nos sellaran la credencial compostelana. El uniformado de puerta se extrañó de nuestra intención y contuvo una sonrisa al oír la conminación del supuesto compañero. Nos hizo pasar a  una dependencia en la que un policía de paisano nos pidió el DNI y nos selló la dichosa hoja con indiferencia. Un sello común del C.N.P. sin más florituras. A esa hora, el presunto agente del orden seguiría riéndose de la ingenuidad de los dos ciclistas sexagenarios. 

   Dedicamos el resto del día a conocer la ciudad del Colegio de Nuestra Señora de la Antigua, conocido como el Escorial gallego, enorme edificio de planta herreriana levantado por los jesuitas y hoy regido por los escolapios. La fachada principal se abre a una gran explanada, plaza de Campo de la Compañía en la que los críos jugaban a la pelota y las mamás y las abuelas pasaban las horas al inesperado solecito de marzo. En los bancos del parque cercano al río Cabe y en el entorno del Puente Romano, que a pesar de su pomposa denominación fue construido en el siglo XVII, se palpaba cierto ambiente de ciudadanía  viva. Subimos después a pie hasta la mal llamada acrópolis monfortina por las callejuelas surgidas en torno a la antigua muralla para acercarnos hasta la torre del homenaje del castillo, la parte mejor conservada de la fortaleza que fue saqueada por las tropas napoleónicas. Se conservan en buen estado tanto el palacio de los Lemos, los señores que dominaron durante siglos la villa y el monasterio de San Vicente de los pinos, reconvertido en parador de turismo. Un ejemplo más de una restauración adecuada del patrimonio artístico pero en la que no se tiene en cuenta las necesidades de integración en la vida del municipio y de sus habitantes. De todos modos, la caminata merece la pena porque se aprecian unas vistas inmejorables de todo el valle del Cabe. Antes de salir para la frugal cena, tomo las notas del día en la mesita camilla de la habitación que me ha tocado en la pensión de doña Elpidia. Un paño de crochet cubre la enagua del reducido escritorio, una tulipa de botella acoge la bombilla de vela de la lámpara sobre el cabecero de brocado, en el espejo del baño un grabado a fuego modernista decora el ángulo izquierdo, el rollo de papel higiénico de repuesto cuelga de otro paño con calado hecho a mano, las puertas del armario lucen varias capas de barniz lustroso…una hostería modesta y digna propia de un tiempo de viajantes de comercio y de funcionarios de paso hacia plazas más prometedoras. En esta habitación, después de una noche de sueños inquietantes, tuve que desayunar en la mañana siguiente una triste manzana y unos frutos secos ante la imposibilidad de que el bar más cercano abriese a las siete y media aunque  intenté negociarlo con el camarero la noche anterior sin conseguirlo. 

     Diez horas después, pasadas las seis y cuarto de la tarde llegamos a Rodeiro. Setenta km de subidas y bajadas, de pasos por antiguas calzadas, de  arrastres de la bici y de las alforjas, de  caídas y de experiencias reconfortantes en la templanza del esfuerzo. El paso del ecuador del tiempo previsto fue una de las jornadas más extenuantes. Habíamos salido de Monforte cruzando a pie el Puente romano también conocido como Puente viejo por ser de un solo sentido. Tras dejar atrás A vide continuamos por un camino de lodos paralelo a un canal en el que fui al suelo al cruzar una zona inundada. La patinada me dejó dolorida la rodilla izquierda por el impacto contra una piedra, sin más daño que el del enfado con mi propia torpeza. No sería la última del día. Subimos sin demasiada dificultad hasta el alto de Moreda y en la fuente de Piñeiro, pude renovar el agua de la botella comprada en Monforte. Necesito agua y más agua cada vez para frenar la deshidratación en el esfuerzo. Aún es posible degustar el agua potable de las fuentes y de los manantiales en esta tierra de humedades  y verdes. Después de  hijuelas enfangadas bajo bosques de robles y de castaños continuamos hasta Diomondi en un tramo de rodada fluida por pistas de grava y de asfalto desgastado. Parada inexcusable para admirar su iglesia de estilo románico santiaguino y considerar los errores de la restauración de las archivoltas de la portada con materiales nuevos. En dos días inaugurarían un albergue ubicado en el edificio parroquial anejo al templo, según nos informó un paisano que contribuyó con su comentario a que Alvil decidiera continuar la bajada por la antigua calzada romana conocida por Codos de Belesar hacia el valle del mismo nombre surcado por el Miño.   Alá baixan os rapaces pero vostedes sodes patrós ̶  había sentenciado el paisano. Y como si fuésemos jóvenes incautos, por allí bajamos descartando la opción de la carretera. Una larga bajada no ciclable, es decir de imprescindible frenado constante por el desnivel  con una pendiente vertical a la derecha que hacía difícil contener el peso de la máquina, ni siquiera a pie. Un resbalón precipitado, una raspadura seca en los gemelos de la pierna izquierda para desembocar en crisis abierta, sin fuerzas y desfondado en el pueblo de Belesar. Una manzana y más nueces en otra parada imprescindible. Noté en mi compañero la duda sobre mi capacidad  la continuidad en la ruta. Yo mismo llegué a plantearme el abandono. Pero la luz espléndida se desparramaba generosa sobre los bancales de viñedos en un mediodía esplendoroso con una temperatura impropia de esta tierra y en esta fecha. Así lo había comentado un poco antes una señora desde la ventana de su casa sin enfoscar en la aldea de Galegos, esto es el cambio climático que dicen…Y decidimos continuar en la ascensión de cinco km hasta San Pedro de Líncora, con pausas en la respiración y series en el pedaleo, haciendo de  cada herradura del camino un escalón más de superación, parando casi al final del monte para refrescarme en una fuente de un recodo, aligerarme del maillot y empaparme de agua el pañuelo. Continuar, seguir, mantener el tipo hasta Chantada y disfrutar de un condumio breve con un par de cañas de Estrella, unas exquisitas tapas de tortilla de patatas y otra de queso del país  servidas por Rosa, que además hacía sonar a Mahalia Jackson en su local sin estridencias. Animados y optimistas, dejamos pronto atrás los soportales y las casonas de la villa. Una suave espuela para abordar la parte más dura que aún restaba de la jornada: la subida hasta la Ermita do Faro, el lugar desde el que se pueden ver las cuatro provincias gallegas. En el estribo de la subida, poco antes de la empinada cuesta, en Penasillás, un pueblito de unas pocas viviendas, paramos junto a su peto de ánimas. Uno más de los monumentos  populares en memoria de los idos que van más allá de la intención recaudatoria y de la propagación de los dogmas de la Contrarreforma. Fueron  erigidos a partir del siglo XVI en estas tierras que cimentan el permanente culto a los difuntos, tan presentes, tan suyos, tan nuestros. Postes de granito con remate triangular o en arco semicircular como en  este caso, coronados por una cruz y una  hornacina en la que se esculpían en bajo relieve las almas penantes del ardiente Purgatorio asomadas a una hendidura en el peto o bolsón en el que depositar las limosnas para conseguir su ascenso al Cielo y de paso colaborar con el mantenimiento del clero. No conseguimos que nos abrieran el albergue-bar O peto, situado frente al limosnero de piedra, aunque se oían voces en su interior. Nos hubiera venido bien para tomar una cola que aportara azúcar al previsible desgaste que nos esperaba, una necesidad de glucosa que sufriría irremediablemente minutos más adelante cuando el desnivel que llega a un 15 %, me haga perder el resuello tirando de la máquina y de mi desesperación para superar la Dorsal Gallega y pasar del último concello de Lugo al primero de Pontevedra, Rodeiro, meta del día con alojamiento reservado en el hostal y albergue Carpinteiras. Hacia la mitad de la subida, a partir del monolito de homenaje al poeta Uxio Novoneyra, una carreterilla asfaltada para la ubicación de un campo de aerogeneradores  fue un acicate para conseguir un ritmo adecuado en el pedaleo y acompasarlo con la respiración en series, mecanismos de resistencia y aprendizaje imprescindible para coronar una bifurcación y una decisión:   subir hasta la Ermita do Faro o iniciar la bajada hasta Rodeiro. Mi capacidad de resistencia ya no daba para más y con resignación asumida esperé al borde de un bosque de pinos, mientras Alvil hacía la subida y la vuelta para cumplir su objetivo de llegar hasta la capilla. En poco más de veinte minutos la temperatura había bajado ostensiblemente. A partir del cruce de la renuncia, con la aquiescencia del compañero, opté por la bajada por la carretera para no acabar agotado sin remedio. En el descanso de la  tarde camboteña decidimos reducir el tiempo de la ruta y alargar la próxima pedalada hasta Ponte Ulla con la intención de cerrar la penúltima en Negreira e intentar llegar a Finisterre con un día de antelación. A pesar de la extenuación, te superas y te arriesgas porque estás imbuido en la constancia del esfuerzo. En la remembranza de la jornada retuve con gusto el regalo de Diana en la primera hora de la mañana, la belleza de los saltos armónicos de una cría de corzo en un pradiño antes de llegar al Pazo de Reguengo cuando la bruma aún no había levantado. Una etapa cerrada con una copiosa cena en el único establecimiento abierto en el municipio, el pub-cervecería-cafetería Quirós poco antes de que cayese del todo la noche en sus calles solitarias con algunas farolas de luces tímidas.

    Será el día más suave en el esfuerzo, que empiezas a sobrellevar con más técnica y más equilibrio en el riesgo. Habíamos salido de Rodeiro con un leve nublado y una temperatura agradable. El compañero había reparado antes su segundo pinchazo a las puertas del hostal. Solo una cámara de repuesto para cuatro ruedas. Tendríamos suerte y no nos hizo falta. La estadística del incidente ya estaba cumplida. Pronto llegamos a Lalín para el desayuno en esta capital de la comarca de Deza, en la que nos comprometimos en el reto de no dormir en Silleda, precisamente en su día feriado y pedalear hasta Ponte Ulla. Continuamos la mayor parte del recorrido por la carretera nacional, pues a veces el Camino te lleva en un breve bucle y te devuelve al asfalto. No merece la pena entrar en un peralte, meter riñones y volver al mismo arcén con unos centenares de metros añadidos sin más objeto. Sí nos adentramos en un denso bosque de abedules para continuar la linde de una soberbia casa de recreo, de las pocas edificaciones civiles de estilo barroco gallego. Para ir buscando la bajada al valle del Ulla, hollamos una antigua calzada inundada casi en continua corredoira en la que tuvimos que echar pie a lodos. El compañero sufrió su primera caída y quedó con la muñeca dañada para el resto de la ruta. A partir de Bandeira entramos de nuevo en el Camino, quizás en su orografía más suave a pesar de las frecuentes “cuestecitas” ¿Ayudarán los diminutivos a coger fuerzas? Aquella mañana, la  naturaleza domeñada con cuidado por el minifundismo del pasado nos ofreció su cara más alegre, el optimismo del trabajo hecho con amor por la tierra. Pasamos por senderos limpios de maleza; esperamos unos minutos para que desde un tractor del servicio público  se desbrozara la hierba de los márgenes con cuidado para no dañar a los árboles jóvenes. Poco más allá otro trabajador conduce una aplanadora del piso. En un amplio prado pastan vacas lecheras de una granja intensiva. Se acumulan pirámides de estiércol cubiertas de grandes plásticos para su fermentación y aprovechamiento. El olor intenso y ácido del abono inunda el aire. Desde el volante de su trilladora, su joven conductora nos dedica al paso un saludo y una sonrisa que llenó de luz la jornada. A la una y media del mediodía cruzábamos el majestuoso puente medieval de tres ojos que conecta las dos riberas del Ulla. Después de una bajada muy pronunciada, señalizada como peligrosa para los ciclistas, cuyas cerradas curvas imponían tal pavor,  que la  hice con risas para ahuyentarlo y buscar al ciclista que no seré. Entramos en la primera parroquia de la provincia coruñesa. Es conocida como el Jardín de Santiago y en esta ocasión, la exuberancia de su vegetación da razón de realidad a la frase de promoción. Su ubicación en el seno del valle  limitado por dos altos puentes ferroviarios, el de Gundián, levantado en 1950, famoso entre los puentingueros, y el más reciente de 2008, fue una grata sorpresa por la belleza del entorno, por los numerosos caños de agua que bajan por las laderas y por la amabilidad de sus habitantes. Aunque tuvimos que subir a pulso las máquinas por una escalera de piedra de cuarenta y ocho altos peldaños para salvar la vuelta al asfalto y a la carretera nacional que me dejó una vez más al borde del desfallecimiento para llegar a la pensión O cruceiro, nos vimos compensados por el buen trato de las hospederas y por la relación entre la calidad y el precio de las habitaciones. A estas fechas de la ruta había aprendido a acompasar la respiración con el pedaleo en los ascensos, en periodos numéricos varios, en paciencia medida y en cadencias pero no conseguí superar la escalinata con comodidad y los treinta kilos a pulso. Olvidaremos el mal dormir que nos provocó a ambos el sonido de un televisor que no dejó de estorbar durante toda la noche en la habitación interpuesta entre las nuestras. Ni Alvil ni yo conseguimos que el huésped desvelado  la apagase a pesar de los golpes que cada uno dio en los tabiques respectivos. Cuando quedan dos etapas para culminar el viaje, la rutina de la ruta ha facilitado nuestra convivencia, en el tiempo en común y en el tiempo individual. Ya desayunado aviso al compañero unos minutos antes de la salida. A media mañana, el hará su primer desayuno y yo lo acompañaré con mi segunda ingesta antes del mediodía. Salvo en dos ocasiones, preferimos hacer la comida principal una vez instalados y aseados para disfrutar de lo que pueda enseñarnos la localidad de cierre, para pasear con calma y decidir donde repasar el programa de la siguiente jornada con un té o una estrella, .antes de una tapa y cumplir con el chupito de rigor para retirarnos temprano sobre las diez y media para el imprescindible descanso.   

     A pocos metros del puente medieval, en la calle principal, en el centro de un patio enlosado de tumbas y rodeado de nichos familiares, se levanta la iglesia de Santa María Magdalena, de planta románica, que conserva su ábside y sus canecillos en buenas condiciones y ofrece una lección de la evolución de estilos desde la fachada casi renacentista a la culminación de su espadaña del barroco santiaguino. Pero en la monumentalia para el recuerdo, queda nítida en la memoria la visita en la mañana a la igrexiña de San Martiño de Dornela, una aldea en el corazón de un coto donado por la reina Doña Urraca en el siglo XII al episcopado de Santiago. Me atrae el románico en la sencillez de sus líneas, en la humildad de sus gruesos muros, en el orgullo de quienes los levantaron impulsados por el miedo ancestral a la muerte y por la doctrina exigente de la sumisión, con la intención de aplacar la ira de un dios severo, oscuro  y omnipotente. Canteros pegados a la cotidianeidad del frío, del fuego alentador, del sexo jocoso, valientes hasta mofarse en las escenas de los capiteles de la institución promotora. Capaces de las dovelas más sólidas para  expresar la solemnidad de la celebración campesina, de los bautismos y de los entierros. En su patio, también al borde de la calleja principal del lugar, sobresalen margaritas entre los tréboles de la primavera recién llegada. Las ortigas restan seriedad a los epitafios al uso de estas modestas lápidas ¡Cuidado, no pises las tumbas! Omnipresencia de los difuntos familiares en sus lares comunales. Cementerios en las entradas, en los altos más visibles a los vecinos, desde las leira y los bosques. Y continúan publicándose en las fachadas de las iglesias las esquelas recientes y los recordatorios de las misas por los aniversarios. Tanta información en torno a los finados no puede entenderse fuera de este medio, de veredas estrechas y árboles de bosques centenarios cubiertos de líquenes y de yedra, de noches de soledades y de silencios con patacas y unto al fuego del lar. Mañana llegaré por segunda vez a Santiago en el sexto día de la pedalada.  

    En una hora cubrimos los veinte kilómetros que distan desde Ponte Ulla a Santiago por la carretera N-525 hasta cruzar el puente sobre la curva de Angrois en la que fallecieron ochenta personas en julio de 2013 en el más grave de los accidentes ferroviarios de este siglo en España. No fue un momento dulce del camino. Regresaba a la capital gallega como nunca hubiera imaginado, más fuerte y con el dolor enchiquerado en el burladero del recuerdo. Volvía después de seis días de gozar esa tierra en la que tanto creció y amó, a encontrarme en su Santiago, al lugar último de su juventud. A vivir el adiós de quien escribió estos versos premonitorios poco antes de su partida: 

 Mi Santiago

Lluvioso te hallo como siempre te imaginé.

Es como te veo, como te siento

Y… ¡Ay, cómo me mojas!

Siempre humedeces mis ideas,

haces de mi alma un triste trapo mojado,

haces que presienta negruras,

el miedo, la angustia.

El olor a tierra húmeda

Me recuerda a aquellos años de tierra quemada,

de sombras aciagas.

Y la luz, siempre dispuesta

a extinguirse en la siguiente esquina.

Como la vida que se fuga en los poros de estas piedras,

piedras que rezuman tiempo y muerte

porque ellas sí son inmortales,

saben que los muros de nuestras almas

están levantados con el mismo material

que ellas soportan cada día. (3)

      La luz indecisa de la mañana santiaguina, “siempre dispuesta a extinguirse en la siguiente esquina”, el silencio bajo los soportales de la ciudad vieja, los pasos lentos por el enlosado húmedo hasta la Plaza del Obradoiro, la explosión de belleza monumental del conjunto y la pregunta sempiterna en mi conciencia,  se sumaron en una sima de emociones contradictorias y sentimientos encontrados hasta las penúltimas lágrimas de un largo duelo. Durante la travesía a pie por los soportales, Alvil había guardado unos metros de distancia y un respetuoso silencio. En el centro de  la plaza, frente a la imponente fachada restaurada con tanto mimo, me preguntó entonces si podía darme un abrazo. Por supuesto, nos lo dimos en silencio. Nos dirigimos lentamente hacia la oficina de acogida del peregrino para cumplir el trámite de la credencial de la compostela. La Iglesia, como siempre, al día del diezmo, para el creyente y para el no creyente, actualizando su recaudación a través de un código QR que has de descargar previamente al paso a la cola de peregrinos cumplientes con el rito del documento. En el certificado irá tu nombre manuscrito en latín vulgar y con una grafía pseudogótica desarrollada con pericia amanuense por la administrativa que te atiende. Además te ofrece una certificación del kilometraje recorrido que se te extenderá por tres euros y un cilindro de cartón del Año Santo para conservar el diploma que por dos monedas más será tuyo. Y allí, en una de tantas propiedades de la institución más longeva de la Historia, más ausente que nunca, aguardé con mi papeleta número 23 en la mano a que me llegara el turno ¿por qué cumplía con el trámite? ¿por qué hacía la cola? Por respeto a la fe honda del compañero del viaje al que sí le importa el documento. A la salida del trámite, cuando los grupos de turistas se agolpaban frente al edificio,  un inoportuno holandés insistía en preguntarme sobre el Winter Road. En mi mal inglés debí mandarlo a la mierda, pero soporté su mala educación y su agresiva curiosidad a pesar del doloroso momento. Cuando salíamos de la ciudad hacia Negreira, al girar en una esquina frente al parque de la Alameda sufrí la caída más inexplicable. Un golpe seco contra el pavimento que me dejó doloridas la de la muñeca y la cadera izquierdas al parar el impacto. Ya metidos en los senderos de los alrededores estuve a punto de tener otro percance porque al recomponer la sujeción de las alforjas olvidé atar el pulpo de seguridad. Una vez más, el compañero se percató de mi despiste. Señales de aturdimiento que me enseñan a conocer mis límites y mis carencias. Camino de aprendizaje.  Poco a poco, el esfuerzo sostenido por las travesías del Concello de Amez, una zona privilegiada de la periferia de Santiago en la que abundan los chalés de alto nivel en los que parece que se ha instalado cierta burguesía, me fue devolviendo a la realidad del ruteo. En otro de los imprescindibles descansos breves acabamos hablando sobre las visiones de la Edad Media en la Península y de sus mistificaciones desde el presente y desde el próximo pasado. No solo de afecto se nutre la amistad, también crece con el diálogo y con la argumentación de las diferencias.

     En la penúltima noche de la ruta nos alojamos en el albergue San José de Negreira. La relación entre el servicio y el precio no permite publicitar para bien el establecimiento. Tengo la sensación de que hay demasiada dejadez en torno al hospedaje del Camino, al menos en este último tramo en el que se diversifica el tipo de peregrino. Se supone que al ser más jóvenes, en su mayor parte extranjeros e “iluminados hacia el fin del mundo” van a ser menos exigentes sobre las condiciones del alojamiento. El hospedero, que tiene mi misma edad,  te entrega la ropa de cama y te dirige a una habitación individual, destartalada y fría, con dos colchones de mala espuma y un baño anejo que se inunda con cualquiera de sus usos, sea la cisterna, la ducha o el grifo del lavabo. Afortunadamente, una ventana grande se abría a un bosque de chopos aún sin hojas, en cuyas ramas secas vería aparecer la luna y alumbrar la amanecida al lucero del alba. Fue el escenario más adecuado para la reconstrucción de los altibajos emocionales del día. Herida que va suturando con cauterios ácimos y perdurables en la aceptación íntima de su cicatrización. En la tarde de Negreira, paseamos por los jardines del Pazo do Cotón, cuyo nombre me llega por la expresión gaditana, refrendada en una letrilla de un tango con tono de exageración (Por la gloria de Cotón). Es una espectacular edificación de estilo barroco y una impresionante muralla con un arco de entrada a esta villa de origen medieval por el antiguo Camino Real a Finisterre. La excepcionalidad del pazo ubicado en el entramado urbano frente a la imagen típica del edificio aislado y la riqueza de su flora llaman la atención. Sin embargo, un ala de antiguas dependencias del mismo no están conservadas como debería y sin uso. Saldríamos a las ocho de la mañana con la luz de las nueve del día anterior. Fue la noche del cambio horario estacional y apuramos la iluminación solar en su orto y en su ocaso. Más luz para la larga jornada que nos aguardaba. Me predispuse a ella con todo el ánimo, aún  enardecido por la opípara cena de la noche anterior en El café imperial, en la que conseguí que mi austero compañero de viaje renunciase a su habitual frugalidad para apurar una botella de Alán de Val de 2019, un buen vino de Mencía de la D.O. de Valdeorras, profusamente explicado por la camarera que nos hizo distinguir los ribeiros tintos de otros caldos cercanos con delectación profesional. Una cena de dulce final con un delicioso postre de arroz con leche.

    En la  última jornada el paisaje cambia radicalmente. Hemos atravesado la Galicia más rural y de poblamiento disperso con modos de vida aún con rastros del minifundismo tradicional, aunque con mejores condiciones de vida que aquella que conocí siendo un joven casi imberbe. Hemos ladeado por los emparrados  viñedos de Orense y por los extensos campos de heno para las explotaciones intensivas de ganadería bovina de Pontevedra hasta Coruña, la provincia más urbanizada y con un nivel socioeconómico más alto. Ya con la vista puesta en el final de la ruta, iremos desdeñando partes del camino antiguo para aprovechar los arcenes de vías rápidas que nos permitan cubrir con comodidad los 72 km hasta Fisterra y soslayar en parte el cansancio acumulado. No obstante también tuvimos alguna ración de fuerte subida para no desacostumbrarnos del esfuerzo mantenido y de la dichosa épica del sacrificio, ¡Por la gloria de Cotón! Los bosques de repoblación de pinos para madera y de eucaliptos destinados a la producción de celulosa han sustituido a los carballos y a los abedules cubiertos de yedra de las anteriores etapas. Se yerguen  como símbolo de otros modos de aprovechamiento de los recursos, como se levantan en el horizonte de estas lindes de las Rías Altas los  nuevos bosques de aerogeneradores en su rotar de aspas de fibra de vidrio y carbono. Una paisaje en el que continúan los recientes mojones con el logrado logo del único Año Xacobeo extendido a dos por la pandemia marcando la ruta hasta el km O en la Costa da morte. Bien ha entendido la Xunta las posibilidades de este turismo ávido de experiencias de todo tipo al que se le pueden ofrecer varias alternativas para conformar las varias necesidades que se hayan creado. Uno caso claro de creación de demanda  a partir de la invención de la oferta. Cuando al mediodía posamos para una foto testimonial entre los dos postes de la bifurcación del camino con los sentidos enfrentados,  o a Fisterra o a Muxía, supimos que la meta estaba conseguida. Es de suponer que también en Muxía habrá un mojón con el km 0, las dos opciones eran posibles y excluyentes. Pero solo un faro se levanta en el  fin del mundo. Hasta Cee nos quedaba una larga bajada de once km por una carretera de piso muy cuidado que nos impulsó en nuestro afán de meta. Antes de llegar a la bifurcación de las dos señales ya habíamos avistado una mancha del océano desde un promontorio, pero la llegada a la ría de Corcubión por sus laderas bajo una luz pálida, logró que incluso los graznidos de las gaviotas me sonaran acompasados de alegría infantil. Continuamos por la otra banda de la ría hasta Corcubión, en la que hicimos una parada para conocer el exterior de la iglesia de San Marcos, obra de transición del románico al  gótico marinero, así conocido por la ubicación junto el mar y por la búsqueda de la ligereza. La proximidad del templo a una cantina del puerto, nos llevó a una segunda recesión para el mantenimiento del ritmo en el pedalear. Allí apuramos un par de cañas y una ración de croquetas de marisco mientras en la pantalla del televisor retransmitían una competición de un juego popular, la chave, al que había jugado alguna vez en un barrio suburbial de Coruña y del que no recordaba ni el nombre. Recuerdos muy remotos de un adolescente curioso y tímido en un corro de adultos de habla incomprensible y humor desconocido en el patio trasero de una tienda no autorizada de salazones, ribeiro y percebes a modo en la década de los setenta del pasado siglo. Un último refrigerio para seguir hasta Fisterra. Dejamos la playa de Sardiñeiro e incluso tuvimos que retomar parte de lo rodado para incorporarnos a la carreta AC-445 con un denso tráfico de tarde de domingo. Se hizo interminable y pesado, más por la precaución necesaria que por las subidas. Dejamos a nuestra izquierda la playa de Langosteira para entrar a Fisterra y dirigirnos al albergue reservado que aunque abría dos días más tarde nos había admitido a un precio más bajo por estar en temporada baja. Dejamos en la recepción los equipajes y con las bicis aligeradas nos dispusimos a la subida hasta el faro de Finisterre y hasta la Cruz de la Costa da morte. En la bajada, aún nos quedaron ganas para una última parada para conocer el atrio y la planta de la igrexa de Santa María das areas. Numerosos creyentes voluntarios se esforzaban en la limpieza del entorno y en el remozado del interior para los ritos del cercano Viernes Santo. Ese día se saca la talla de un ángel para anunciar la resurrección del Cristo de un templete minúsculo adosado a la loma enfrentada al templo que a mí me había parecido un morabito, según nos explicaron estos activos feligreses a la pregunta del compañero. Mis intuiciones sobre la liturgia católica y la religiosidad popular no son muy acertadas…

    Una última subida para cerrar el círculo que se había abierto en mí al llegar a la estación internodal de Santiago siete días antes. Una última subida realizada con menos esfuerzo del previsible. Un primer broche al triste paseo bajo los soportales de la ciudad vieja el día anterior. Una sutura favorecida por el apoyo amigo en esa mañana de luces furtivas sobre el platillo de la Plaza del Obradoiro. Un segundo cierre de la herida que solo podía ser sellado en la Costa da morte. A los pies de una cruz instalada en la roca en 1987, a unos centenares de metros de la punta del cabo, aprendí de la función terapéutica de los ritos para paliar el miedo a la nada de los hombres. Porque yo también sé, que los miedos de angustia del hombre los ahogan con  cuentos. He aprendido que los miedos acendrados en nuestros genes pueden ser superados desde la asunción de la condición maravillosa y única de nuestro ser humanos. Contamos con todas las herramientas y todos los instrumentos. Somos capaces de arriesgarnos, de luchar contra las limitaciones de la edad y de la pesadumbre del vivir. Donde unos dijeron que allí se acababa el mundo, otros intuyeron que el mundo no se acababa allí, que la esfera terrestre es una perfecta imagen de la infinitud del Universo.

     A la breve sombra del faro, asentados en las rocas del cabo periclitado como último peldaño al vacío, reunían sus ensoñaciones nuevos peregrinos de los mitos recidivos  en la posmodernidad. Un gaiteiro vestido de blanco con su instrumento de viento y tripas hacía sonar acordes luminosos sobre las aguas del océano silenciado de la muerte.

Kilómetro 0 del Camino de Santiago
 

                                                                           En Sevilla, a 30 de abril de 2022                                                                             

 NOTAS

1.- De Llamadme publicano. León Felipe  (1950)

2.- De Ucrónica Jacobea (1992)0

3.- De Deprisa, demasiado deprisa. Roberto R. Rodríguez (2002)